martes, 21 de febrero de 2017

Saul Bellow / El sentido de la vida y la literatura



Saul Bellow
El sentido de la vida y la literatura

IGNACIO VIDAL-FOLCH
29 AGO 2009

En un bar de Nueva York conocí a la editora (en el sentido anglosajón de la palabra: la correctora, consejera y persona de confianza literaria del autor) de Saul Bellow quien entonces vivía y estaba a punto de publicar Ravelstein. Le comenté que precisamente yo acababa de leer una versión al español de El legado de Humboldt, y que a pesar de las deficiencias de la traducción me había impresionado tanta inventiva, y el tono entre sorprendido y resignado con el que el narrador encaja desdicha tras desdicha. Oh, sí, Saul es genial, dijo ella. Le pregunté por sus hábitos de trabajo y me explicó: "Oh, su mente es fabulosa. Fíjate, la semana pasada le telefoneé y le dije: mira, Saul, estoy leyendo tu manuscrito y, perdona pero el personaje X, en mi opinión, queda algo borroso; quizá deberías insertar en la página 240 unas líneas sobre su infancia, sobre sus traumas...". Y Bellow respondió: "¿Ah, sí? ¿Tú crees? Vale, pues toma nota". Y acto seguido se puso a dictarme frases y frases improvisadas pero de una calidad literaria altísima, frases ingeniosas, profundas, bellas, emocionantes, que perfilaban con precisión a X, y como improvisaba a toda velocidad a mí no me daba tiempo de apuntarlas y tenía que pedirle: "¡Es buenísimo, pero más despacio, Saul, más despacio!".

El legado de Humboldt

Saul Bellow
Traducción de Vicente Campos
Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores
Madrid, 2009. 620 páginas. 26,50 euros
'El legado de Humboldt', que por fin llega en una versión correcta a los lectores españoles, es su obra maestra

Brindé por tan bonita anécdota. Aunque, teniendo en cuenta que aquella editora era la misma mujer que acababa de recomendarme un truco infalible para dejar de fumar que le había curado de tan enojoso hábito, y me lo decía mientras le daba ansiosas caladas a un Marlboro, colegí que la anécdota era falsa de toda falsedad, y que Bellow (al que Coetzee, en sus Mecanismos internos, califica como "uno de los gigantes, o tal vez el gigante de la literatura americana de la segunda mitad del siglo XX") no corregía así sus libros. Pero cierta o falsa, la anécdota cuadra con la impresión que produce la clase de talento y la clase de narrativa caudalosa de Bellow. Recientemente José María Guelbenzu publicó aquí en Babelia un certero comentario sobre su segunda mejor novela, Herzog. El legado de Humboldt, que por fin llega en una versión correcta a los lectores españoles, es su obra maestra y una maravilla que parece proceder de una fuente inagotable de ideas, talentos y habilidades, de manera que cuando concluye igual podría prolongarse otras cien páginas más, o ser sustancialmente más breve.
Charlie Citrine, el protagonista y narrador, es un escritor dos veces premiado con el Pulitzer y que incluso amasó una fortuna casual, con una obra de teatro en Broadway. Ese éxito le pareció imperdonable a su mentor y amigo, el poeta Humboldt von Fleischer, promesa rota de la literatura que antes de morir en la miseria le atormentó y calumnió en los círculos intelectuales neoyorquinos, pero que le dejó en su testamento un legado. Antes de llegar a la página 600, en la que Charlie finalmente puede recoger de manos de un anciano tío de Humboldt, en un asilo de ancianos de Manhattan, donde está recluido también un querido familiar suyo, ese legado (cuya naturaleza no defrauda la paciencia ni la expectación del lector) habrá tenido que zafarse de una legión de parásitos: el gánster Cantabile; su ex esposa Denise, que le quiere mucho y desea reducirle a la miseria; sus carísimos abogados, que pierden pleito tras pleito; un juez parcial; Renata, su atractiva amante, que tiene prisa por casarse con él hasta que deja parecer un buen partido; la madre de ésta, la temible "Señora"; la ciudad de Chicago; América entera.
Entre unas y otras escenas se insertan las meditaciones del envejecido Citrine -"siendo frío y realista, sólo me quedaba una década para compensar una vida entera en gran parte malgastada. No tenía tiempo que perder ni siquiera en remordimientos ni penitencias" (página 528)-, preocupado por el sentido de la vida y de la literatura en un mundo en el que el dinero es el único patrón, y más ansioso de trascendencia que de evitar la ruina hacia la que se encamina a marchas forzadas ("yo no pensaba en el dinero. Oh, Dios, ni de lejos; lo que yo quería era hacer el bien. Me moría por hacer algo bueno", página 8). Esas meditaciones, contrapuntos exigidos por la estructura y equilibrio argumental, no siempre está claro si tienen un carácter paródico o van en serio. Yo me saltaba bastantes.
Aunque el tema de El legado de Humboldt es la inoperancia de la literatura en el mundo de hoy, no hay aquí ni jeremiadas ni invectivas, sino una mirada empática, burlona y casi compasiva hacia todos esos personajes ávidos de dinero y respetabilidad, todos con cierta tendencia a la facundia, al monólogo que les explica, les hace entrañables y les lleva hasta esa frontera de sí mismos donde, si se les concediera una parrafada más, a lo mejor estallarían en un castillo de fuegos artificiales. Así Julius, el hermano de Citrine, un hiperactivo y exitoso hombre de negocios, antes de someterse a una operación a vida o muerte: "He pedido que me incineren. Necesito acción. Prefiero entrar en la atmósfera. Búscame en los partes meteorológicos".
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de agosto de 2009

Antonio Muñoz Molina / Días de Bellow


Saul Bellow

Días de Bellow
16 de agosto de 2016

Sin proponérmelo mucho me he encontrado leyendo de nuevo a Saul Bellow en las siestas de agosto, en las noches en que el calor y el trastorno de un viaje muy largo ahuyentan el sueño. No es que haya decidido volver a él por un motivo especial, sino que sus libros forman parte de mi paisaje más cercano, de modo que encuentro uno en el cajón de una mesa de noche que no he abierto en varios meses y empiezo a leerlo o lo abro al azar por la mitad y ya no me resigno a dejarlo, o encuentro en una librería una edición nueva y tentadora que me devuelve la ilusión del descubrimiento, o simplemente veo uno de sus títulos alineados en la estantería y la mano se va hacia el lomo del libro con esa naturalidad con que nos gusta tocar las cosas que nunca nos defraudan, un lápiz, una copa de vino, un cierto cuaderno. Penguin ha sacado una edición austera y exquisita de los libros de Bellow, lo cual es un buen pretexto para descartar aquellos volúmenes de portadas atroces de los años ochenta, los primeros que yo leí. Pero a la hora de la verdad no me decido a desprenderme de ellos, aunque el papel era de muy mala calidad y se ha puesto quebradizo y amarillo, y las ilustraciones de las portadas se han vuelto todavía más chillonas con el paso de los años. De modo que ahora tengo el Herzog feo y maltratado que leí por primera vez hará unos quince años junto al impecable que compré la semana pasada, y es como si a la materia inalterada de la novela se agregara mi vida de lector, la vida misma que ha ido transcurriendo mientras yo leía y releía este libro, familiarizándome más con él a medida que iba conociendo mejor el idioma en el que está escrito y los lugares en los que sucede, el habla y hasta la apariencia física de los tipos humanos que retrata.

El vértigo de inmediata y trastornada verdad que tiene el ir dando tumbos de un lado a otro de Moses Herzog procede en gran parte de la experiencia cruda de su autor
La novela se me multiplica igual que sus lecturas, volviendo simultáneo lo que me ha sucedido a lo largo de los años, haciendo visible la cualidad acumulativa del gusto de leer

Con algunas novelas le pasa a uno como con la mejor poesía, que no puede darlas nunca por leídas, que son nuevas cada vez y van haciéndose más hondas según la propia vida se va colmando de experiencia, o según el paso del tiempo nos va dejando un grado inevitable de sabiduría. Saul Bellow publicó Herzog cuando tenía 49 años. Yo era bastante más joven las primeras veces que leía la novela. Esta vez pienso, inopinadamente, que ya soy mayor que Bellow cuando la estaba escribiendo, y eso me produce una sensación equívoca. Herzog, como casi toda su literatura, es una confesión personal muy tenuemente disimulada, la crónica de una de sus múltiples rupturas matrimoniales, más dolorosa o más vergonzante para él porque su mujer había estado engañándolo con uno de sus mejores amigos. Familiares, amantes, esposas, abogados, se reconocían sin dificultad y muchas veces con extrema irritación en las novelas de Bellow. El vértigo de inmediata y trastornada verdad que tiene el ir dando tumbos de un lado a otro de Moses Herzog procede en gran parte de la experiencia cruda de su autor, de la desenvoltura y el descaro a los que se abandona un novelista cuando encuentra la manera de contar convertida en ficción una parte sombría y todavía palpitante de su propia vida, ahorrándose por igual la tentación del decoro y la del narcisismo, tan propias de la escritura de memorias.
Moses Herzog se parece a Saul Bellow tanto como cualquiera de los protagonistas de sus novelas y se alimenta como un parásito saludable de las desventuras conyugales, la memoria sentimental y las divagaciones filosóficas de su autor, pero eso no mengua su soberanía de héroe de la literatura, miembro del linaje espléndido de los divagadores errantes y más bien alucinados, ansiosos por sumergirse en el mundo real y por escaparse de él, braceando como don Quijote contra fantasmas y molinos de viento, persiguiendo quimeras. Como todos ellos, Herzog, un hombre trastornado que da en la rareza de escribir cartas de manera incesante, cartas imaginarias a los vivos y a los muertos, a personajes célebres y a gente desconocida, existe en virtud de un acto primordial de invención verbal que se nos impone desde la primera línea: If I am out of my mind, it's all right with me, thought Moses Herzog.
Traducir es siempre muy difícil, incluso cuando parece fácil. Abro la edición de Herzog recién publicada en España por Galaxia Gutenberg y encuentro el arranque que le ha dado Vicente Campos: Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, pensó Moses Herzog. El feo coloquialismo de la cabra probablemente no era necesario, pero a partir de ahí la traducción fluye con una briosa naturalidad que por fin hace justicia en español al estilo de Bellow, tan maltratado casi siempre en nuestro idioma. Traducir a Bellow es dificilísimo: en la misma frase puede ir de la divagación abstracta al habla callejera, incluir una alusión literaria o una referencia a hechos políticos del momento, a una comida, a un pormenor topográfico. Entre su lengua y su mundo hay una correspondencia exacta: son la lengua y el mundo de esos personajes judíos que viven enraizados en una cultura material a la vez muy americana y muy centroeuropea, entre el inglés y el yiddish,entre sus orígenes en los barrios de emigrantes y sus ambiciones intelectuales o de ascenso social. Philip Roth es bastante más fácil de traducir, porque las vidas que retrata ya son plenamente americanas. Herzog, yendo de un sitio a otro, redactando cartas mentales que no envía y ni siquiera llega a escribir, es un hombre sin sosiego, perdido entre el pasado que ya no existe y el presente en el que no acaba de encontrar su lugar. Si traducir es, sobre todo, leer con un grado máximo de atención, leer tan hondamente que se acaba escribiendo en el propio idioma lo leído en el otro, Vicente Campos ha sido un lector heroico de una novela indomable, un lector pionero que despeja a otros el camino hasta ahora tan ingrato de la lectura de Saul Bellow en español. Alguna vez se despista, y hace que un personaje madrugador desayune improbablemente "aros de cebolla y vino de Nueva Escocia", en vez del pan de cebolla (onion rolls) y el salmón ahumado (Nova Scotia) tan comunes en los restaurantes judíos de Nueva York, los viejos diners ahora casi perdidos, frecuentes todavía en los tiempos de Herzog.
Pero la prosa transmite el denso ritmo vital de la escritura de Bellow, y el libro en sí es una delicia para la mirada y para las manos, con su letra clara, su tapa dura, su papel digno, su portada espléndida, con una fotografía de figuras anónimas apresurándose por Grand Central Station: cualquiera de ellas podría ser Moses Herzog. Así que ahora la novela se me multiplica físicamente igual que sus lecturas, volviendo simultáneo lo que me ha sucedido a lo largo de los años, haciendo visible la cualidad acumulativa del gusto de leer, la riqueza de capas sedimentarias que un solo libro puede ir dejando en nosotros. Los días de Bellow son los de mi propia vida.-
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de agosto de 2008


Saul Bellow / El rey de la tragicomedia

Ganador del Premio Nobel de Literatura y de dos premios nacionales en Estados Unidos, Saul Bellow escribió tantas novelas cortas como largas. Carpe diem y Mueren más por desamor son una muestra de su maestría en épocas diferentes. El escritor, de origen judío, es uno de los que con mayor precisión explora la insuficiencia de lo contemporáneo para dar salida al exuberante potencial de generosidad que habita en algunos seres.





CARPE DIEM

Saul Bellow
Prólogo de Cynthia Ozick
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006
192 páginas. 16 euros

MUEREN MÁS POR DESAMOR

Saul Bellow
Prólogo de Martin Amis
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2007
473 páginas. 23,40 euros

La excelencia de Saul Bellow (1915-2005) se puede describir de muchos modos. Citaré tres. El primero lo oí en boca de alguien que desde entonces mereció todo mi respeto: "Es Woody Allen multiplicado por cien". Muy cierto: sin ser en absoluto un novelista de consumo -más bien lo contrario-, o ese tipo especial de autor que ha elevado a cotas superiores un subgénero, Bellow es, a su modo, el primer novelista pop, el rey de la tragicomedia. Una segunda definición de su obra, más acorde con la imposible alquimia académica, es citar al autor como una combinación evolucionada de Joyce y Hemingway, centrada en la épica del hombre corriente donde se subliman los registros del lenguaje coloquial en todos los estratos sociales y categorías intelectuales. En otras palabras: el hombre que come, que ríe, que folla y que intenta cubrir otras necesidades vulgares, pero también el hombre que habla, se devana los sesos y se preocupa de todos los asuntos: del torbellino social que le acecha, del espejismo cultural que se disuelve en banalidad, del mundo moderno que le destruye. En otras palabras (segunda parte): el hombre que se angustia; sobre todo, el hombre que yerra (el judío yerrante, para los amigos del retruécano) y seguirá equivocándose hasta verse sometido a un cerco que se estrecha hasta que le oprime y, al fin, y como por arte de magia, le traspasa como si no tuviera importancia nada de lo bueno, lo malo o aun lo peor que le suceda. Hay cierta metafísica en calificar de irreal la implacable telaraña, tan detallada, tan palpable, de ese mundo moderno.
Los modos anteriores de descripción llevan a un tercero. Bellow es el autor que con mayor precisión y más hábilmente explora la insuficiencia de lo contemporáneo para dar salida al exuberante potencial de generosidad que habita en algunos seres, y la terrible y divertida paradoja que hay en ello. Siempre tragicomedia, servida en su nivel más depurado, una prosa con la fuerza y el filo del acero que estas nuevas ediciones, con su cuidada traducción, nos brindan en su mejor forma.



En su artículo, El legado de Bellow, J. M. Coetzee centra la plenitud narrativa de nuestro autor en lo que llama su "mediodía", las novelas que van desde Las aventuras de Augie March (1953) a El legado de Humboldt (1975). Lleva razón en parte. Sin embargo, se me antoja que a ese mediodía le sigue una larga tarde de verano y, a continuación, en suave pendiente, una serena noche blanca. La clasificación según criterios temporales de logro es, al fin, insatisfactoria. De ahí que prefiera dividir una obra tan magnífica en novelas cortas y largas, sobre todo porque en Carpe diem (1956-mediodía) y Mueren más por desamor (1987-la tarde espléndida) tenemos dos ejemplos idóneos de cada manera.

Las novelas cortas de Bellow se disponen sobre disciplinadas unidades de acción, tiempo y espacio, se ganan enseguida la atención del lector, le transmiten la angustia de su protagonista y le sumergen con gran habilidad en la peripecia. Son directas, de construcción impecable y a la vista, y tienen, como es debido, un final prodigioso. Así ocurre con las que considero sus dos mayores creaciones en este terreno: Un recuerdo que dejo (1991-la hora de la cena) y Carpe diem (1956-puro mediodía). En esta última, su protagonista, Tommy Wilhelm, sufre un particular viacrucis en el populoso Broadway una jornada cualquiera. Actor fracasado, vendedor fracasado, marido fracasado, un cuarentón en crisis como la copa de un pino, Wilhelm vive pendiente de la tacañería razonada de su padre, de la vengativa sensatez de su ex mujer y de los enredos bursátiles en los que le involucra el seudochamán que tarde o temprano aparece en las novelas de Bellow y sus admiradores esperamos con impaciencia. En este caso, el sin par doctor Tamkin. Nada sale como debe porque el estado de ánimo de Wilhelm le somete una y otra vez a la tiranía del error. Sin embargo, y como muy bien insinúa Cynthia Ozick en su prólogo, ese calvario depresivo lleva a Wilhelm, al menos en la escena final, imborrable, a elevarse hacia un estado de conciencia superior, a rozar la verdadera comunión con la esencia humana.



Las novelas largas de Bellow son el mismo arte, pero modelado de forma distinta. Casi siempre narradas en primera persona, son un tobogán de digresiones, opiniones, anécdotas laterales, el engañoso caos que es la pesadilla de todo crítico o lector acartonados. Sin embargo, esas novelas que básicamente relatan el caos son, en su diseño, todo lo contrario. Uno se monta en una novela de Bellow y ya no baja en un vaivén que oscila entre las más hilarantes escenas y aquella completa seriedad del golpe de ataúd en tierra. Las ideas no son Ideas, forman parte de una narración que no aspira a transmitirnos edificación o controversia, sino que se utilizan para ir desovillando la complejidad de lo que cuenta un narrador sutilmente engañoso. Así estas extensas historias son aún más depuradas que las cortas, porque no muestran su andamiaje y desean abarcar con precisión las infinitas vibraciones de, una vez más, la vida moderna. Necesitan borrar pistas para lograr esa mayor amplitud, para ocupar la conciencia del lector en el tiempo de lectura.

Entre muchas otras, Mueren más por desamor es la historia del desastre sentimental de un botánico de renombre contada por un sobrino, profesor de literatura rusa, cuya incapacidad en ese terreno supera con creces la de su tío. Más que del estricto desamor (o del corazón roto al que hace referencia el título original) la trama de la novela nos habla, como en aquella película de Cassavetes, de "corrientes de amor" que de un modo u otro se tornan dañinas por buenas que sean sus intenciones. Corrientes de amor que acaban pareciendo un vertido de industria química a todos aquellos, cada vez menos, que se bañan en el río de la inocencia del certero, aunque ineficaz, saber ilustrado, del Humanismo.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007

Coetzee / El legado de Bellow

Saul Bellow

El legado de Bellow

J.M. COETZEE
14 AGO 2004

La imagen del patriarca de las letras estadounidenses y premio Nobel de 1976 Saul Bellow, no deja de crecer. Por eso, más allá de sus grandes títulos como Herzog, resulta interesante adentrarse en las primeras obras de este autor de origen judío. Una oportunidad que se ofrece en Estados Unidos a través de un volumen que reúne sus tres primeros libros. Sobre esos iniciales pálpitos literarios, la influencia en su obra posterior y lo que significan hoy escribe el Nobel de 2003.

lunes, 20 de febrero de 2017

Saul Bellow / El biógrafo eterno

Saul Bellow

El biógrafo eterno

La posteridad de Saul Bellow no está asentada. Aún provoca casi la misma controversia que lo rodeaba cuando estaba vivo


El escritor Saul Bellow. / CORDON PRESS

Parece mentira, pero ya hace 100 años que nació Saul Bellow. Está tan cerca todavía que nos cuesta situarlo en un pasado lejano. Murió en 2005, y solo unos años antes, a los 85, había publicado una última novela, Ravelstein, en la que seguían muy presentes sus mejores facultades, ese descaro algo temerario contenido en un término yidis que a él le gustaba mucho, Chutzpah. La posteridad de Bellow, por ahora, está siendo cualquier cosa menos asentada. Después de muerto sigue provocando casi la misma controversia que lo rodeaba cuando estaba vivo. En 2010 se publicaron sus cartas, una celebración jugosa del amor por la literatura y por la amistad y los amores de un hombre que disfrutó siempre de la vida y se casó cinco veces. Bellow se definió cómicamente a sí mismo como un serial marrier, pero también era, para beneficio nuestro, un escritor en serie, un autor infatigable de novelas, cartas, artículos, cuentos cortos, diatribas. Salió el año pasado un libro de memorias poco halagador para él de su hijo mayor, Gregory, y este año, con el aliciente del centenario, se ha publicado ya un volumen muy completo de sus ensayos, y acaba de aparecer el primer tomo de una nueva biografía que se promete inmensa, The Life of Saul Bellow: To Fame and Fortune, de Zachary Leader.

Antonio Muñoz Molina / Ancianos despidiéndose


Ancianos despidiéndose

En estos viejos tremendos hay una celebración incondicional del mundo, no la amargura de estar cerca de dejarlo

"No hay mejor despedida que una obra maestra"

ANTONIO MUÑOZ MOLINA
5 JUN 2015 - 10:44 COT







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John Huston, en el rodaje de Jaguar vive en 1988. J. AMESTOY

Hay una parte de desvergüenza y de temeridad en la maestría sin apariencia de esfuerzo del artista muy viejo, o el que no siéndolo todavía mira de cerca a la muerte. John Huston dirigió The Dead en una silla de ruedas, respirando por una mascarilla el oxígeno que apenas llegaba a sus pulmones enfermos. The Dead es una novela corta que trata del paso del tiempo y del modo en que se borra el recuerdo de los que se llevó una muerte prematura, pero fue escrita, asombrosamente, por un joven de veinticinco años. James Joyce la escribió con la lucidez adivinatoria que tiene a veces la juventud, como la que tuvo Scott Fitzgerald para escribir The Great Gatsby apenas a los 28. Estremece la sabiduría en alguien tan joven, pero más aún la inventiva fervorosa y la entrega apasionada en un viejo; y las dos, cuando suceden, muestran algo que de otro modo no se habría podido descubrir, un hallazgo que no es del todo de este mundo, porque traspasa y parece desmentir la inexperiencia del que todavía ha vivido apenas, la fragilidad y el cansancio del anciano.

Sonia San Román / ¿De qué me quejo?


Sonia San Román

¿DE QUÉ ME QUEJO?


¿De qué me quejo
si estoy aquí metida
porque quiero estar dentro?
Porque quiero que la marea
del mundo en que morimos
me arrastre con vosotros,
compañeros de fatigas,
hermanos de sangre con colesterol..
Quiero encontraros cada tarde
empujando el carro de Eroski,
con los niños dentro
saltando y rompiendo
el cartón de huevos,
mientras habláis por el móvil
con vuestra cuñada
para organizar el cumpleaños
del abuelo.
No me siento sola
entre vuestro ruido.
Vuestro barullo
me acompaña a cada rato,
vuestros problemas,
vuestros sinsabores,
vuestras deudas con el banco,
vuestras agonías.
Quizás porque son las mías
y os observo y sonrío
y compro la misma camiseta
que vosotras, a 2,90,-€, en Zara
y me tomo la misma caña,
con patatas fritas, que vosotros
y, a veces, hasta nos ponemos
la zancadilla
y nos odiamos como lobos.
Pero, ¡qué sé yo!,
os necesito, manada,
aunque la marea nos lleve,
como a las ballenas,
directos al suicidio colectivo.








Sonia San Román (Logroño 1976) publicó en 2004 el libro De tripas, corazón (Ed. del 4 de agosto) del que surgió, al año siguiente, Planeta de poliuretano (Asociación cultural) a modo de edición revisada y ampliada.En 2008 publica (Editorial Eclipsados) y en 2014 Anillos de Saturno con Baile del Sol. Como editora ha coordinado los libros Strigoi, 25 poemas vampíricos. Un homenaje a Bram StokerHay caminos, antología-homenaje a José Hierro (Ed. del 4 de agosto, 2012) y Yo tenía tres modos de pensar (ciudades, ríos y rock and roll). Antología poética de Benjamín Prado (Ed. del 4 de agosto, 2013). También ha participado en numerosas antologías poéticas u obras colectivas como (Ed. Homoscriptum, México 2005), 23 Pandoras (Baile del sol, 2009), Planetario, siete poetas desde el Planeta Clandestino (Ediciones del 4 de agosto, 2009), Beatitud, visiones de la Generación Beat (Ediciones Baladí, 2011) o Mujeres en su tinta (Ed. Atemporia y Universidad Nacional Autónoma de México).