domingo, 22 de abril de 2018

Cuba y las putas del socialismo / Cortesanas de la utopía

Bellísima habanera
El Malecón, La Habana, Cuba
1 de noviembre de 2015
Foto de Triunfo Arciniegas

Cuba y las putas del socialismo

Cortesanas de la utopía

El castrismo prohibió la prostitución por ser algo propio del capitalismo, pero ésta simplemente transformó su formato. Primero, sobrevivió a cambio de poder e influencias: después, el dinero volvió a la ecuación. La penuria hizo el resto.


YOANI SÁNCHEZ
11 MAR 2017 - 18:00 COT

Cortesanas de la utopía
EULOGIA MERLE

Una prostituta envejecida es como un libro con páginas ajadas que describe la vida de una nación. Un manual de supervivencia para acercarse a los vaivenes de la realidad, aprender su parte más carnal y por momentos sórdida. Muchas de las cortesanas de la utopía en Cuba ya son octogenarias. Pasaron de acariciar el pecho de sus ídolos barbudos a que la artritis las azote en las largas filas para comprar el pan.
Hace más de medio siglo en esta isla se decretó el fin del intercambio de sexo por dinero. Nadie, nunca más, vendería su cuerpo por un poco de comida, por una posición social o un mejor empleo. Las putas eran cosa del pasado capitalista y en el país que se encaminaba a la utopía no había espacio para tal debilidad. Tenían que transformarse en milicianas, en trabajadoras destacadas e intachables madres del homre nuevo.
Pero la prostitución, ¡ay!, siguió existiendo. Como la lotería que se sumergió en la ilegalidad tras ser proscrita y los chistes contra el Máximo Líder que se protegieron en los susurros, el oficio más viejo del mundo se rodeó de sombras. Los clientes ya no eran nacionales con unos pocos pesos para gastarlos en el burdel más cercano, ni marineros deseosos de recuperar en el trópico los largos días de continencia en altamar.
En lugar de eso, la meta de las cortesanas socialistas era terminar en el lecho con un guerrillero bajado de la Sierra Maestra, capturar a algún jerarca del Partido Comunista o liarse con un ministro que le proveyera de carro, viaje al extranjero o casa. El dinero en efectivo no participaba en la operación. Ella daba caricias y él devolvía poder. Eran los años de la poligamia revolucionaria, en que un comandante que se respetara necesitaba tantas queridas como medallas.
El proxeneta se transformó. Proliferaron los jefes de protocolo que conectaban a estas dedicadas compañeras con los visitantes extranjeros invitados por la Plaza de la Revolución. Con ropa ajustada amenizaban las fiestas donde guerrilleros latinoamericanos intercambiaban copas con etarras, líderes sindicales y diplomáticos de Europa del Este. Ellas reían y flirteaban. La Revolución es puro amor, pensaban ellos.
La caída de la Unión Soviética ocasionó un cataclismo en aquellas camas donde se intercambiaban sudor e influencias, semen y privilegios. Con el fin del subsidio llegado desde el Kremlin y las reformas económicas que el oficialismo se vio obligado a hacer, el dinero recuperó su capacidad de convertirse en bienes, servicios y caricias. La nueva generación de prostitutas había leído a Carlos Marx, declamado a Nicolás Guillén y echado flores al mar tras la desaparición de Camilo Cienfuegos. Eran, al decir de Fidel Castro, las más cultas del mundo.
La meta de las cortesanas socialistas era terminar con un guerrillero bajado de la Sierra Maestra
El turismo internacional entró a mediados de los años noventa con sus bebidas enlatadas, sus hoteles prohibidos para nacionales y sus damas de compañía rebautizadas como jineteras. La propaganda oficial había vociferado por todo el mundo que Cuba fue antes de enero de 1959 “el burdel de los americanos”, pero chocó entonces con la evidencia de que la isla se erigía como el prostíbulo de europeos y canadienses.
Eran los años del remate, de los precios ridículos. Un jabón, un frasco de champú o un par de zapatos bastaban para pagar los favores de estas jóvenes que habían sido formadas para habitar el futuro y terminaban en la cama con un hombre que les triplicaba la edad y del que ni siquiera sabían pronunciar el nombre. El sueño que acariciaban muchas de ellas se resumía en un contrato de matrimonio, la emigración y una nueva vida lejos de Cuba.
Hoy, muchas de aquellas gráciles cortesanas —que inundaron con vestimenta colorida las afueras de las discotecas— se han transformado en madres o abuelas que pasean a su prole por un parque en Milán, Berlín o Toronto. Con sus pensiones compran apartamentos en la isla y regresan dispuestas a pagar por un amante joven, que suspire ante el pasaporte con la nueva nacionalidad que ellas adquirieron con el sudor de su pelvis.
El deshielo entre Washington y La Habana ha potenciado también el mercado carnal
Son las sobrevivientes airosas de una dura batalla, pero otras solo lograron una enfermedad venérea, largas noches en los calabozos y el trato de groseros clientes que regateaban hasta el último beso.
La respuesta oficial contra las jineterasse concentró en la represión. Detenciones, condenas a prisión y deportaciones forzadas hacia su provincia de origen, fueron algunos de los rigores que debieron sortear estas trabajadoras del sexo. El chulo cobró importancia en la misma medida en que la calle se volvió un riesgo. Ahora, muchas aguardan en una habitación, ellos consiguen al cliente, cobran el dinero y administran sus vidas.
Floreció también la prostitución masculina. Los conocidos pingueros no resultaban tan mortificados por la policía en un país donde la tradición machista no estigmatiza igual a la mercancía que viene empaquetada en cuerpo de mancebo. Ellos logran burlar la vigilancia y llenan cada espacio del territorio nacional donde el acento delata a un visitante. Pueblan el muro del Malecón, muestran sus endurecidos bíceps en las playas más turísticas y la mayoría ofrece un servicio unisex que duplica sus posibilidades y amplía sus ingresos.
Porque el dinero, ¡ay!, siguió comprando cuerpos. Mucho más en un momento en que una nueva clase emerge a tropezones entre los despojos económicos. Los nuevos ricos no llevan uniforme militar, sino que regentan restaurantes privados o administran una empresa mixta. De la mano de ellos el cliente nacional se ha vuelto a colar en la foto de la prostitución cubana.
El incremento de las desigualdades sociales y el boom turístico que ha vivido la isla desde el comienzo del deshielo diplomático entre La Habana y Washington han potenciado también el mercado carnal. En 2016 el país alcanzó la cifra récord de cuatro millones de visitantes internacionales. Los más solicitados vuelven a ser los clientes llegados del país del Norte, esos yumas que la propaganda oficial creyó haber extirpado de los burdeles.
En el reciente Simposio Internacional Violencia de Género, Prostitución, Turismo Sexual y Trata de Personas realizado en enero pasado en La Habana, un investigador del Ministerio del Interior reveló cifras alarmantes. De un grupo de 82 prostitutas que estudió la mayoría eran “mestizas, seguidas por blancas y negras, provenientes de familias disfuncionales y permisivas, que viven en condiciones de hacinamiento”.
Estas mujeres se lanzan a los brazos de los turistas porque “no pueden cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y calzado”. Una de cada tres se inició en el oficio antes de los 18 años y “cobran entre 50 y 200 dólares”, en dependencia del servicio que brinden.
No buscan lujos, sino migajas. Son las nietas de aquellas cortesanas que jadeaban entre consignas y privilegios.
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.



Yoani Sánchez / ‘Che’ Guevara, el mito desteñido

Che Guevara
Fotografía de Alberto Korda
5 de marzo de 1960.



‘Che’ Guevara, el mito desteñido

El revolucionario argentino no está superando bien el juicio de la Historia. Sigue siendo un buen negocio para los nostálgicos, pero ya no es admisible su idea del “odio como factor de lucha” y el modelo de gerrillero que propuso ha fracasado


YOANI SÁNCHEZ
13 ENE 2018 - 18:00 COT





‘Che’ Guevara, el mito desteñido
NICOLÁS AZNÁREZ
Hace casi cuatro décadas, cuando aprendía el abecedario, me tocó decir mi primera consigna política, la misma que repiten todavía cada mañana miles de niños cubanos: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. Con la diferencia de que hoy la figura del guerrillero está muy cuestionada en muchas partes del mundo, menos en Cuba.


El hombre que posó para tantos fotógrafos, que quedó inmortalizado en un retrato con boina y mirada perdida, no está superando bien el juicio de la Historia. En estos tiempos, en que la violencia y la lucha armada son cada vez más reprobadas públicamente, emergen los detalles de sus desmanes y las víctimas de aquellos años comienzan, finalmente, a ser escuchadas.
Ernesto Guevara, el argentino que ha cautivado a cineastas, escritores y periodistas, no atraviesa un buen momento. Poco importa si su rostro sigue reproduciéndose en infinidad de camisetas, banderas o ceniceros en todo el planeta, porque su mito se destiñe en la medida en que se conoce más al personaje que realmente fue. La verdad sale a flote mientras él se hunde.


El golpe más duro contra su imagen ha sido la deriva prosoviética de Castro tras su muerte
A este deterioro contribuye también la mercantilización sin medida que se ha apoderado de esa imagen con barba rala y ceño prominente. La voracidad material de sus herederos, el inescrupuloso uso que han hecho sus propios compañeros de batalla de su nombre y la frivolidad de los consumidores de reliquias ideológicas agregan ácido corrosivo a su leyenda.
El Che se ha convertido en un negocio, en un buen negocio para los nostálgicos que escriben libros sobre esas utopías que tanto faltan hoy. Son textos para endiosar a un hombre que hubiera perseguido a buena parte de sus actuales admiradores por llevar un piercing en la nariz, pelo largo o un residuo de marihuana en el bolsillo.
Como ironía de la vida, el culto guevariano se extiende entre gente que nunca hubiera podido encajar en el estricto molde que el argentino diseñó para el “hombre nuevo”. Ese individuo debía moverse por “el odio como factor de lucha” y saber convertirse en una “selectiva y fría máquina de matar” llegado el momento, según advirtió en su último mensaje público en 1967.
¿En qué pueden parecerse el Che y esos pacifistas, ecologistas o antisistemas que hoy lo veneran? ¿Cómo encajan quienes dicen querer mayores espacios de libertad para el ciudadano con un hombre que ayudó a someter a toda una sociedad a los designios de unos pocos? ¿En qué punto se conecta ese idealismo con un señor que quiso cambiar América Latina desde la mirilla de un fusil?
La temprana muerte de Guevara y el no haber envejecido en el poder no son elementos suficientes para sostener su leyenda. Los biógrafos complacientes que retocaron cada pasaje de su vida han contribuido a su endiosamiento, y también sus viejos compañeros de ruta necesitados de un “mártir” para el panteón de los revolucionarios, de un John Lennon sin guitarra o de un Jesús sin corona de espinas.
En octubre de 2016 la imagen adusta de Che Guevara que había señoreado por más de 30 años en la plaza principal de la Universidad Nacional de Bogotá, en Colombia, desapareció del muro del auditorio León de Greiff. El borrado de aquel rostro provocó una agria controversia entre los estudiantes y poco después el grupo de simpatizantes del argentino terminó por volver a pintar el mural.
El encontronazo puso en evidencia algo más que las diferencias ideológicas de los estudiantes: mostró el choque de dos tiempos. De un lado, un momento en que Guevara era visto como un libertador latinoamericano que, subido en su moto o empuñando su arma, representaba una figura quijotesca dispuesta a enfrentar los molinos imperialistas. Del otro, una época en que se ha llegado a comprobar el fracaso del modelo que el guerrillero quiso imponer.
No hay mentís más rotundo al hombre que en la Sierra Maestra alcanzó los grados de comandante que el rancio totalitarismo en que derivó la Revolución Cubana. Ningún golpe contra su imagen ha sido tan duro como la deriva prosoviética que tomó Fidel Castro tras la muerte del Che y las posteriores “concesiones” al mercado que debió hacer cuando el subsidio del Kremlin se acabó abruptamente.


'La cara oculta del Che' dice que se le conocía como ‘el carnicerito de La Cabaña’ e iba a los fusilamientos
El pasado año, justo cuando se cumplía medio siglo de la muerte de Guevara en Bolivia, la Fundación Internacional Bases, de corte liberal, comenzó una campaña de recolección de firmas en la plataforma Change.org para eliminar todos los monumentos y otros homenajes al Che en la ciudad de Rosario, donde nació. La ONG argentina lo llamó heredero del “legado asesino del comunismo”. Más de 20.000 personas han firmado la demanda.
A finales de diciembre pasado la polémica llegó hasta Francia cuando el Ayuntamiento parisiense, gobernado por la alcaldesa socialista de origen español Ana Hidalgo, albergó la exposición Le Che à Paris. Varios intelectuales y académicos firmaron una carta de protesta escrita por el periodista y exiliado cubano Jacobo Machover en la que exigían la retirada inmediata de la muestra.
El autor del libro La cara oculta del Che contó en su misiva varias de las facetas más escamoteadas en las historia oficial. Guevara “asistía a los fusilamientos” llevados a cabo tras juicios sumarios en el primer año de la Revolución y “los cubanos, que le temían, lo llamaron el carnicerito de La Cabaña”. En 1964, desde la tribuna de Naciones Unidas se vanaglorió de sus actos: “Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”.
Hidalgo respondió con un mensaje en la red social Twitter que calentó aún más los ánimos y en el que aseguró que “la capital rinde homenaje a una figura de la revolución convertida en icono militante y romántico”. La alcaldesa parisiense cerró su trino con un emoticono en forma de puño cerrado, a la vieja usanza revolucionaria.
Con su gesto, Hidalgo se sumó a una de las más elaboradas campañas publicitarias surgida del laboratorio castrista, una en la que se distorsiona el pasado y se ensalza a Guevara, mientras se esconde la extensa crueldad que cabía en su persona.
Para varias generaciones de cubanos que hemos repetido desde muy temprana edad el compromiso de ser “como el Che”, todas estas polémicas vienen a ser como una sacudida. Las bofetadas que nos sacan del estado hipnótico que traen la ignorancia y el adoctrinamiento cuando se conjugan.
Sin embargo, el golpe más demoledor que he presenciado a la figura del llamado “guerrillero heroico” vino de un compatriota. En medio de una fiesta habanera un joven universitario se percató de que el invitado alemán estaba vestido con una de esas camisetas con la famosa instantánea que tomó el fotógrafo Alberto Korda.
“Igual te podrías poner una camiseta con el rostro de Charles Manson”, dijo el estudiante al turista, y la frase quedó flotando en el aire mientras la música parecía detenerse. Risas nerviosas y silencio. Nadie defendió a Che Guevara.
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.





Yoani Sànchez / La justicia revolucionaria

La ventana
La Habana Vieja, 3 de noviembre de 2015
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Yoani Sánchez
LA JUSTICIA REVOLUCIONARIA

La distancia entre el Capitolio habanero y la Ciudad Deportiva sigue siendo la misma y, sin embargo, parece haber cambiado. Con los precios topados que impuso el Gobierno local a los recorridos de los taxis privados, ese trayecto se ha vuelto inmenso y difícil de sortear. Donde antes se necesitaban entre 5 y 15 minutos de espera, ahora hace falta aguardar hasta una hora para subir a un almendrón.
A estas alturas, quienes se frotaban las manos por la rebaja en el transporte por cuenta propia deben haber caído en la cuenta de que la mano del Estado ha quebrado un frágil entramado donde regía la oferta y la demanda. Los boteros recortan sus viajes en señal de protesta y muchos se mantienen en sus casas sopesando si vale la pena pasar tantas horas frente a un timón para obtener ganancias cada vez más reducidas.
Los damnificados con esta disminución somos todos. El nuevo rico que gestiona un restaurante, la doctora que debe trasladarse hasta un hospital, el anciano que va a un turno médico o el estudiante que cuenta los centavos para llegar a fin de mes. No ha sido un golpe a una clase social que puede pagar entre 10 y 20 pesos cubanos por un recorrido, sino un mazazo a todos los que en alguna ocasión, aunque de manera esporádica, usan este tipo de transporte.
La propaganda oficial la emprende contra los trabajadores del sector privado, pero guarda silencio ante el Estado expoliador que paga una miseria
Como muchas medidas restrictivas de este proceso “revolucionario”, ésta también se ha rodeado de un tufillo de falsa justicia, de una aureola de pretendido igualitarismo. La propaganda oficial la emprende ahora contra los trabajadores del sector privado que cobran por un viaje la mitad de un salario diario, pero guarda silencio ante el Estado expoliador que paga tal miseria.
Los reportajes televisivos abordan a los pasajeros para captar el momento en que dicen que “aquello era un abuso que no podía seguir” o que “ahora sí que los precios están más cercanos a los bolsillos”. Pero callan sobre esos anaqueles de las tiendas estatales donde un litro de aceite se lleva el sueldo de dos jornadas y un kilogramo de pollo puede significar una semana de dura tarea.
¿Toparán los precios también en esos mercados? ¿La emprenderá el Consejo de la Administración de La Habana contra esa red de comercio minorista donde un padre debe abonar una quincena salarial para comprarle a su hijo un par de zapatos? La justicia revolucionaria es tuerta en estos casos, solo ve en la dirección que le conviene.

sábado, 21 de abril de 2018

Willy Ronis / Uno de los grandes cronistas de la vida parisiense


Foto de Willy Ronis


WILLY RONIS, UNO DE LOS GRANDES CRONISTAS DE LA VIDA PARISIENSE DEL SIGLO XX


Willy Ronis, uno de los grandes cronistas de la vida parisiense del siglo XX.

Reflexiones en QuitarFotos por Iván Barreiro.

“Jamás he buscado lo insólito, lo nunca visto, lo extraordinario, sino más bien lo más típico de nuestra vida cotidiana.”

Willy Ronis nace en París en 1910. De padre fotógrafo y madre maestra de piano, desde muy joven está rodeado de un universo musical que lo envolverá a lo largo de su carrera e inmerso en el ambiente del estudio fotográfico.

Willy Ronis / Fotógrafo francés


Willy Ronis
Fotógrafo francés

Willy Ronis es considerado como uno de los padres de la corriente humanista de posguerra, pero no es sólo eso, sino que fue un hombre con una gran sensibilidad artística, que supo captar en todo momento la realidad cambiante de su época y trasladarla a sus fotografías.

Yoani Sánchez / Adiós a los Castro


Adiós a los Castro

El sueño de la normalización en Cuba ha durado poco. Ante el dilema de conservar todo el poder o ceder una parte, para evitar una fractura dramática, Raúl no se diferenció mucho de su hermano y eligió el control absoluto


YOANI SÁNCHEZ
20 ABR 2018 - 17:00 COT

Uno impulsivo y otro pragmático, uno carismático y el otro carente de cualquier magnetismo, los hermanos Fidel y Raúl Castro han dejado su apellido marcado a sangre y fuego en la historia cubana de los últimos sesenta años. Esta semana el relevo generacional llama a la puerta del poderoso clan familiar que planea salir del foco central pero no alejarse demasiado del poder.
Hubo un tiempo en que los niños cubanos calculábamos la edad que tendríamos cuando llegara el nuevo siglo. Imaginábamos convertirnos en adultos en un milenio teñido con el rojo de la bandera comunista, donde no circulaban el dinero ni la miseria. Sin embargo, el muro de Berlín cayó, la ilusión estalló en mil pedazos y nuestra aritmética personal pasó a contar los años que íbamos a tener cuando cayera el castrismo.
Ese día ha llegado, pero no como pensábamos. En lugar de un épico derrocamiento con la gente en las calles enarbolando banderas, al régimen cubano le ha tocado irse destiñendo como una vieja fotografía: sin gracia ni romance. Ese proceso comenzó hace doce años cuando Fidel Castro enfermó y transmitió el mando del país, por vía sanguínea, a su hermano menor.
A Raúl Castro le tocó lidiar con la compleja herencia recibida. Una nación en números rojos, con una creciente apatía ciudadana, un éxodo que desmentía el supuesto paraíso socialista que narraba la propaganda oficial, un entramado de prohibiciones que hacían la vida cotidiana asfixiante y una deficiente institucionalidad que languidecía bajo los caprichos del Comandante en Jefe.


El menor de los Castro tendrá que construir su legitimidad sobre los resultados de su gestión

“Sin prisa pero sin pausa” fue el lema elegido por el raulismo para tratar de arreglar algunos de aquellos entuertos. El General llegó a ganarse el irónico calificativo de “revolucionario paulatino” porque ante la mayoría de los acuciantes problemas se mostró más con el estilo de un cauteloso y rancio conservador que con el ímpetu de un antiguo guerrillero.
Lo primero que hizo fue desmantelar el fidelismo, ese sistema personalista que su hermano edificó a su imagen y semejanza: caprichoso, violento, numantino y vocinglero. Sin dejar de apretar la mano represiva, el hermano segundón puso fin a varias “prohibiciones absurdas”, como las llamó entonces, que hacían más visibles y rígidos los barrotes de la jaula nacional.
Orientado en la dirección correcta, pero con una velocidad de quelonio y una profundidad epidérmica, Castro II autorizó la compraventa de viviendas, paralizada por décadas; permitió que los nacionales pudieran contratar una línea de telefonía celular, hasta entonces un privilegio del que solo disfrutaban los extranjeros; y lanzó una reforma migratoria en la isla-cárcel.
De su mano se impulsó el sector privado, bajo el eufemismo de trabajo por cuenta propia; el país se abrió a la inversión extranjera y se entregaron en usufructo miles de hectáreas de tierra que llevaban años improductivas. Incluso se redujeron los actos ideológicos públicos, se sepultaron las campañas políticas masivas a las que su hermano fue adicto y se impulsó un proceso de contraloría para tratar de atajar el despilfarro, la corrupción y la ineficiencia en las empresas estatales.
En esos años, entre julio de 2006 y enero de 2013, Raúl Castro gastó todo su capital político, agotó un programa de Gobierno que tenía límites muy claros: mantener el sistema socialista, evitar a toda costa que aumentaran las desigualdades sociales y taponar cualquier intento de pluralidad política.
Cuando el raulismo empezaba a languidecer, llegó el 17 de diciembre de 2014 la noticia del deshielo diplomático entre la Casa Blanca y la Plaza de la Revolución. Por casi tres años el mundo creyó que el “problema Cuba” estaba resuelto cuando vio a Chanel desfilar en el paseo del Prado, a Madonna bailar en un restaurante habanero y a la familia Kardashian pasear en un viejo auto por la Isla.
Pero el sueño de la normalización duró poco. Raúl Castro tuvo miedo de perder el control y no correspondió a las medidas tomadas por Barack Obama con la necesaria contraparte desde la Isla. Tras la visita oficial del presidente estadounidense los medios oficialistas arreciaron las críticas contra Washington, y la luna de miel terminó. Un divorcio que se sentenció con la llegada a la presidencia de Donald Trump.
Temeroso del animal de mil cabezas que había desatado con sus reformas —el capitalismo—, Castro echó atrás o paralizó varias de las flexibilizaciones que le habían valido el calificativo de “reformista”. Desde agosto del pasado año la mayoría de las licencias para el sector privado están paralizadas, las prohibiciones de viaje decretadas contra los opositores han aumentado en los últimos meses y el discurso oficial ha enfilado sus críticas contra los emprendedores locales.


El sucesor hereda un país en crisis y una sociedad desanimada; a él le toca acabar con la dualidad monetaria y profundizar las reformas económicas

El octogenario gobernante no pudo resolver dos de los mayores problemas: unificar las dos monedas que circulan en la isla y aumentar los salarios ínfimos que recibe la mayoría de la población. Tampoco logró frenar el éxodo de cubanos, ni aplicar políticas que elevaran de manera efectiva la natalidad, un problema serio para una nación que se espera sea el noveno país más envejecido del mundo en 2050. Tampoco alcanzó a sanear el sector estatal corroído por la corrupción y la falta de eficiencia.
Sin embargo, el mayor fracaso del General en los diez años de sus dos mandatos fue su incapacidad de impulsar las necesarias reformas políticas para que el relevo generacional reciba una casa más ordenada. Ante el dilema de conservar todo el poder o ceder una parte, para evitar una fractura dramática en el futuro, el menor de los Castro no se diferenció mucho de su hermano y eligió el control absoluto.
Sabe que, aunque ha planificado metódicamente la sucesión y elegido a un heredero dócil y manejable como el primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel, al sistema personalista que heredó de su hermano no le sienta nada bien la división de responsabilidades.
Mientras mantiene el control sobre el Partido Comunista, al que la Constitución consagra como fuerza dirigente del país, Castro podrá vigilar a este tecnócrata crecido a su sombra y consciente de que cualquier intento de autonomía podría significar su caída. Pero el viejo guerrillero sabe también que el final de su vida está cerca y que los benjamines se vuelven impredecibles cuando el mentor ya no respira.
El sucesor hereda un país en crisis y una sociedad desanimada, un contexto internacional desfavorable, cuyas señales más claras son el cambio de rumbo ideológico en América Latina y el rechazo casi unánime a su aliado venezolano, Nicolás Maduro. Le toca acabar con la dualidad monetaria, profundizar las reformas económicas para convencer a los inversionistas y ampliar el sector privado.
A diferencia de sus antecesores, no participó en la gesta bélica de la Sierra Maestra ni en el asalto al cuartel Moncada. Tendrá que construir su legitimidad sobre los resultados de su gestión y la realización de una reforma política real y amplia. El mito terminó y la generación histórica, que se impuso con el terror y el carisma, tiene los días contados.
La era Castro concluye y aquellos niños de antaño estamos en la madurez de nuestras vidas. Muchos quedaron en el camino sin conocer otro sistema. Por estos días volvemos a retomar las aritméticas personales: ¿qué edad tendremos cuando Cuba sea realmente libre?
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.