miércoles, 21 de febrero de 2018

De donde son los cantantes / La impúdica vida de Jonhny Hallyday



La impúdica vida de Johnny Hallyday

Llega 'A toda tralla', la primera biografía española del gigante que dominó el pop francés durante más de medio siglo





El cantante francés Johnny Hallyday, en septiembre de 1960. ROGER VIOLLET/CORDON PRESS
En la madrugada del 5 de diciembre, el donostiarra Felipe Cabrerizo ponía punto final a su biografía de Johnny Hallyday. Antes de apagar el ordenador, echó una mirada a las últimas noticias de France Presse. Le golpearon las tres palabras que iban a despertar al país vecino: “Johnny est mort”. Le despedirían un millón de parisinos, tras una ceremonia a la que acudieron los tres últimos presidentes de la V República. Se le ofreció un lugar en el Panteón de hombres ilustres, entre pensadores y héroes de la resistencia, pero había elegido ser enterrado en San Bartolomé, una isla de ultramar, siguiendo tal vez el ejemplo de Jacques Brel, que reposa en su rincón de Polinesia. De su voluntad de imbricarse en la gran tradición de la chanson francesa hablaremos luego.


Johnny Hallyday - Que Je T'aime

Cabrerizo iniciaba una carrera frenética para poner su recién terminado tomo (Johnny Hallyday. A toda tralla, Expediciones Solares) en los puntos de venta, antes de que se extinguieran los ecos del fallecimiento. En lo que llevamos de siglo, no se ha visto tal conmoción social por la muerte de un cantante, pero estamos ante un fenómeno exclusivamente francés (o francófono, seamos exactos). Johnny cuenta con una enorme bibliografía pero, piensa Cabrerizo, el suyo es el primer libro en otra lengua.
Ciertamente, no encontrarán una figura equivalente en todo el planeta. Un vocalista que no componía, que navegó por todas las modas, que presumía de tipo duro pero triunfó a lo grande con baladas. Excepto por patinazos puntuales, estuvo en la cresta de la ola desde 1960. Su magnetismo creció en vez de disminuir: en las últimas décadas, ofrecía tandas de conciertos en el Palacio de Bercy (19.000 espectadores), el Parque de los Príncipes (50.000) y recintos aún mayores.
Entraba en juego más que la música, evidentemente. Se palpaba la identificación de buena parte de Francia con este divo grandullón que tuvo una infancia de folletín, alejado de sus padres, (mal) educado en el circuito de las variedades, tocado por el rayo del rock & roll gracias a una película de Elvis. Y no olviden la coyuntura: surge en la segunda mitad de los llamados 30 Años Gloriosos, cuando el desarrollo económico borra la pesadilla de las guerras coloniales, el terrorismo en la metrópoli, la amenaza del golpismo militar.
El baby boom se tradujo en una explosión de la cultura juvenil, que en Francia engendró el yeyé. Aunque encuadrado en el movimiento Salut les Copains, Johnny se situaba por encima de aquella tropa gracias a la gravedad de su repertorio y su agilidad para asimilar tendencias: en 1961 ya grababa en Londres con los mejores mercenarios locales, al año siguiente estaba en Nashvile, trabajando en el legendario estudio de Owen Bradley.
Atención: Johnny reforzaba su credibilidad tocando la túnica de estrellas foráneas. Cierto que fichó como telonero a Jimi Hendrix cuando el guitarrista acababa de aterrizar en Londres, puede que sea verdad que “intimó” con la novia de Keith Richards, asegura que el Bob Dylan de 1966 se alojó unos días en su casa de París “pero no me dirigía la palabra cuando nos cruzábamos por los pasillos”. Uno ya se volvía incrédulo cuando aseguraba que Otis Redding quiso grabar con él y se siente un poco de vergüenza ajena cuando alardeaba de topetazos alcohólicos con Janis Joplin o Jim Morrison.
La verdad: Johnny iba de turista por la contracultura. Cuando ocurrieron los disturbios de Mayo del 68, acudió de espectador en su Rolls Royce blanco; espantado ante la violencia, salió pitando hacia la Costa Azul. Más adelante, ya no tendría que fingir. Patrick Eudeline, famoso crítico musical, logró una audiencia informal con su adorado Johnny: le preguntó quién era el artista vivo que más le impresionaba. Se le cayeron los palos del sombrajo cuando le respondió que…Elton John.
No, Hallyday no ejercía de hipster: lo suyo era pillar ideas impactantes, aptas para ser recicladas. Para su estreno de 1998 en el Estadio de France (90.000 personas), quiere representar una famosa escena de Apocalypse now, aquel enjambre de helicópteros en formación de ataque mientras suena la “Cabalgata de las valquirias”; solo le permiten un aparato, que finge depositarle en la cubierta del estadio. En realidad, se trata de un extra; las imágenes de Hallyday descolgándose habían sido previamente grabadas.
El modus operandi de Johnny era comercialmente impecable: cuando se acabó el filón de hacer versiones de hits foráneos, contrató a compositores eficaces -Michel Berger, Jean-Jacques Goldman, Pascal Obispo- que proporcionaban densidad emocional a su personaje. A continuación, montaba espectáculos apabullantes, que enlataba en CD y DVD. Todo se consumía con voracidad.
Franceses de varias generaciones simpatizaban con ese chico de la calle, hecho a sí mismo, insumiso ante las convenciones morales. Para compensar, debía enfatizar sus desdichas. La suya fue una vida al desnudo, prevista para que los medios amplificaran sus amores y divorcios, las broncas callejeras y las estancias en Urgencias, los accidentes automovilísticos y los problemas con la cocaína, las peleas con Hacienda y los conflictos con David (el hijo que tuvo con Sylvie Vartan).
A pesar de semejante carga, los cineastas intuyeron su plasticidad. Hizo memorables papeles en películas de Claude Lelouch. Jean-Luc Godard, Patrice Laconte, Costa-Gavras. Y todo sin renegar de la imagen de rocker, aunque su música derivara hacia el pop convencional. En los últimos tiempos, se acostumbró a despedir sus shows con clásicos imperecederos de la chanson, como “Non, je ne regrette rien” o “Et maintenant”. Por si alguien no se había dado cuenta, recordaba que era hijo de la Piaf, sobrino de Becaud, alumno de Aznavour. Francés hasta la médula.

César Vallejo / Heces


César Vallejo
HECES

Esta tarde llueve, como nunca; y no 
tengo ganas de vivir, corazón. 

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser? 
Viste de gracia y pena; viste de mujer. 

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo 
las cavernas crueles de mi ingratitud; 
mi bloque de hielo sobre su amapola, 
más fuerte que su "No seas así!" 

Mis violentas flores negras; y la bárbara 
y enorme pedrada; y el trecho glacial. 
Y pondrá el silencio de su dignidad 
con óleos quemantes el punto final. 

Por eso esta tarde, como nunca, voy 
con este búho, con este corazón. 

Y otras pasan; y viéndome tan triste, 
toman un poquito de ti 
en la abrupta arruga de mi hondo dolor. 

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no 
tengo ganas de vivir, corazón!


César Vallejo / Los heraldos negros
César Vallejo / París, octubre 1936
César Vallejo / Piedra negra sobre piedra blanca




Denise Levertov / La vida alrededor de nosotros



Denise Levertov
LA VIDA A NUESTRO ALREDEDOR
Versión de Sandra Toro






Para David Mitchell y David Hass

El álamo y el roble, toda la noche
despiertos. Y con
todos los climas de todos los días del año.
Hay una conciencia
indefinida.
El crepúsculo de ayer, casi finales
de agosto, duró, variando lentamente,
hasta el amanecer. Los sonidos del hombre
se silenciaron detrás de las cortinas.
Ningún ser humano vio la noche en este jardín
deslizando su azul en la mañana.
Sólo los árboles ciegos,
sin neuronas, la vivieron
y la conocieron por completo.


Denise Levertov
Poems 1968-1972
New Directions Publishing Corporation, 1987




martes, 20 de febrero de 2018

La gran tomadura de pelo literaria de Romain Gary


La gran tomadura de pelo literaria de Romain Gary


La obra del escritor francés, que firmó parte de sus libros con pseudónimo, se revitaliza con nuevas ediciones y adaptaciones cinematográficas



GUILLERMO ALTARES
Madrid 17 FEB 2018 - 18:02 COT

La única verdad en la vida de Romain Gary es su obra. Y ya es mucho. Este escritor francés de origen ruso (1914-1980) ha logrado no pasar de moda, pese a que el mundo intelectual francés nunca se tomó demasiado en serio a este novelista, diplomático, héroe de la liberación, marido de la actriz Jean Seberg, guionista de Hollywood, director de cine, aventurero y responsable de una de las mayores tomaduras de pelo literarias de la historia. Resulta imposible saber quién fue el verdadero Romain Gary, pero está claro que, casi 40 años después de su muerte, es un autor mucho más leído que la mayoría de sus contemporáneos.
En España saldrá a la venta la semana que viene una nueva edición de su novela Lady L (Galaxia Gutenberg, traducción Gema Moral Bartolomé), mientras que en Francia se estrenó recientemente una película basada en su autobiografía, La promesa del alba, con Charlotte Gainsbourg. Una nueva traducción al inglés del libro que publicó poco antes de suicidarse, Las cometas, le ha convertido en el protagonista de largos artículos en la prensa estadounidense, desde The New York Times hasta The New Yorker. Su aventura vital ha sido el objeto de biografías del profesor de Princeton David Bellos y de la académica francesa Dominique Bona, de recreaciones literarias por parte de Nancy Milford y Laurent Seksik. Esta semana, Perro blanco, una de sus obras más conocidas, se encontraba entre los más vendidos en Amazon Francia.
Pero, sobre todo, su mito se basa en que fue capaz de burlarse de casi todo el establishment literario francés cuando se escondió detrás del seudónimo de Émile Ajar para publicar una serie de novelas de enorme éxito. De hecho, es el único escritor que ha ganado dos veces el premio Goncourt, algo que en teoría está prohibido: con su nombre por Las raíces del cielo, una profética novela ecologista sobre la caza de elefantes, y como Ajar por La vida por delante, la historia de Madame Rosa, una superviviente del Holocausto, que se ocupaba de cuidar a hijos de prostitutas en el barrio popular parisino de Belleville. Este libro, narrado en primera persona por un adolescente árabe llamado Momo en un francés insólito, se convirtió rápidamente en un descomunal éxito literario y su versión cinematográfica, con Simone Signoret, ganó el Oscar al mejor filme de habla no inglesa. Hasta su muerte, no se descubrió el engaño.
Romain Gary
París,1974. 







ADIÓS AL ‘NOUVEAU ROMAN’


Cuando se suicidó, el 2 de diciembre de 1980, Gary había dejado al cuidado de su editor, Gallimard, un manuscrito en el que explicaba la invención de su seudónimo, un pequeño libro delicioso titulado Vida y muerte de Émile Ajar. En él, explica que cuando algunos insistieron en que Gary y Ajar eran la misma persona, no les creyeron. “No querían saber nada: Gary era incapaz de escribir algo así. Era un autor clasificado, catalogado, amortizado”, explica. Sin embargo, cuatro décadas después la visión de su obra ha cambiado mucho.
“El resurgimiento de Gary como un maestro de la literatura tiene que ver con la revaluación de la historia de la ficción francesa de la posguerra”, explica su biógrafo Bellos. “La obra muy intelectual de los maestros del nouveau roman, como Robbe Grillet, no ha resistido la prueba del tiempo. Gary, que nunca fue del gusto de los árbitros literarios parisienses, con los años se ha convertido en un escritor serio e innovador, que trató temas que siguen siendo cruciales, como lo que nos convierte en seres humanos, el papel del humor en la vida, el legado del Holocausto o que puso el foco sobre los marginados”. Vida y muerte de Émile Ajar acaba con una frase muy célebre: “Me lo he pasado muy bien. Adiós y gracias”. Sus lectores podemos decir lo mismo.

“Romain Gary siempre fue un escritor popular en Francia y sus grandes libros siempre han estado disponibles”, explica por correo electrónico su biógrafo David Bellos, traductor, profesor de literatura francesa en Princeton (EEUU) y autor de biografías de Georges Perec y Balzac. El título de su libro resulta toda una declaración de principios: Romain Gary. Una historia inverosímil (A tall story). “Fue un gran narrador y la espectacular creación de su segunda identidad, Émile Ajar, nunca ha dejado de fascinar y entretener. En cambio, pese a que fue un autor muy leído y conocido en los cincuenta y sesenta en EEUU, la revelación del engaño de Ajar tras su suicidio le convirtió en un personaje tóxico para muchas editoriales. Sin embargo, ahora las cosas están cambiando y sus libros están volviendo a traducirse”.
La vida de Gary es una gran novela de aventuras, tan increíble como la que describe en La promesa del alba. Gran parte de lo que cuenta en ese libro no es cierto, aunque sus biógrafos sostienen que sus andanzas reales son igualmente interesantes. Nació como Roman Kacew en una familia judía de Vilna cuando la ciudad formaba parte del Imperio ruso. Tras la I Guerra Mundial, la ciudad pasó a Polonia, donde creció hasta 1928, cuando su madre –francófila convencida— se instaló en Niza con él después de que su padre les abandonase. La obsesión de su madre fue que su hijo triunfase en el país de adopción y murió antes de verlo convertido en un escritor de éxito desde sus primeros libros, en un compañero de la Liberación, miembro de la Legión de Honor, en un héroe de la aviación amigo de Charles de Gaulle y de André Malraux, en un personaje crucial de la vida pública francesa desde los cincuenta hasta su muerte. Fue enterrado con todos los honores de un héroe de la patria.
Los grandes libros de Gary (y Ajar) están disponibles en castellano, en diferentes editoriales, desde La vida ante sí hasta La promesa del alba; Próxima estación, final de trayecto; Europa; El bosque del odio o La angustia del rey Salomón. Profundamente políglota, hablaba ruso, polaco, yidis y escribía en francés y en inglés. De hecho, se traducía a sí mismo entre las dos lenguas. Lady L, que como casi todas sus novelas fue llevada al cine casi inmediatamente, en este caso con Peter Ustinov como director y Sophia Loren y Paul Newman como protagonistas, es una clásica novela de Gary: divertida, con un personaje femenino muy fuerte y libre, que mezcla la historia con la imaginación.
“Tengo la impresión de haber sido vivido por mi vida”, declaró en una entrevista que se publicó póstumamente. “Cuando entraba en contacto de los medios de comunicación, convivía constantemente con un personaje llamado Romain Gary, que no tenía nada que ver conmigo”, agrega. Pese a que Gary sufrió enormes periodos de depresión, era un hombre con mucho sentido del humor, que llenó sus novelas y su vida de risas. En La promesa del alba cuenta que en una época de su infancia se dedicó al malabarismo y que llegó a ser muy bueno, pero nunca fue capaz de mantener en el aire más de seis pelotas a la vez. Utiliza esto como metáfora de la literatura y la creación al señalar que “incluso los más grandes de entre nosotros, como Malraux, siempre se dan cuenta de que la última bola está fuera de su alcance y toda su obra está marcada por esta angustiosa certeza”. Gary, sin embargo, fue capaz de poner en el aire muchas más bolas de las que nunca creyó.

Anónimo / Canción rumana




Anónimo
CANCIÓN RUMANA

La vaca se ha vuelto estéril
y la niña está preñada.
La niña pare, y la vaca,
y la vaca no da nada.





Por qué se llevan mal las actrices de ‘Sexo en Nueva York’


Por qué se llevan mal las actrices de ‘Sexo en Nueva York’

Las protagonistas de la famosa serie de Carrie Bradshaw nunca fueron amigas


Irene Crespo
Madrid, 18 de febrero de 2018

“Quizá nuestras amigas son nuestras almas gemelas y podemos dejar que los hombres sean solo gente con la que divertirnos”, la frase era de Carrie Bradshaw en un capítulo de Sexo en Nueva York después del enésimo desengaño amoroso de su protagonista.

lunes, 19 de febrero de 2018

Mauricio Vargas / El espejo venezolano


Mauricio Vargas

El espejo venezolano

Aquí las cosas no van de maravilla, pero mirarse en el espejo vecino deja ver que pueden empeorar.

14 de enero de 2018

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, salió esta semana a decir que miles de colombianos pasan a diario hacia su país para ser atendidos por el sistema público de salud, porque en Colombia no funcionan esos servicios. El presidente Juan Manuel Santos le ripostó duro, con razón, pues hace falta mucha cachaza para negar, como Maduro pretende, que la economía de Venezuela, incluidos servicios como la salud, ha colapsado. Y no es que en Colombia el asunto de la salud vaya de maravilla, pero de seguro marcha mucho mejor, como casi todo lo demás.
La inflación en Venezuela, que era del 320 % hace unos meses, ya supera el 2.000 %. El desempleo sobrepasó en 2017 el 21 % y la pobreza, que decreció en los cinco primeros años de Hugo Chávez gracias a la bonanza petrolera, lleva ya medio decenio al alza: hace poco menos de un año, un estudio reveló que 82 % de los hogares viven por debajo de la línea de pobreza, con más del 50 % en niveles de pobreza extrema. La tasa de homicidios, que era de 20 por cada 100.000 habitantes, llegó a 70. Millones de venezolanos no solo viven con hambre, sino muertos de miedo. Por eso, y porque mientras esto ocurre un puñado de privilegiados del chavismo que han saqueado las arcas públicas se pasean en jets privados, con Rolex de 50.000 dólares y cuentas de millones y millones en los paraísos fiscales, el cinismo de Maduro raya en lo criminal.



En Colombia, las cosas no van de maravilla. Pero la inflación ronda el 4 %, el desempleo está por debajo del 10 %, la pobreza bajó en 15 años de 50 a menos de 30% (lo que sigue siendo alto, pero la tendencia es positiva) y la tasa de homicidios tuvo exactamente la evolución inversa en 20 años: bajó de 70 por cada 100.000 habitantes a poco más de 20, que aún es mucho. En cuanto a la corrupción, aquí los saqueadores del tesoro público no se quedan atrás, pero, aun si uno suma todos los escándalos conocidos, no hay manera de llegar a la forma como se esfumaron de Venezuela 500.000 millones de dólares de la bonanza petrolera.

Esta comparación no es para que los colombianos saquemos pecho, pues aquí hay mucho lío que resolver y algunos –como el de la corrupción– tienden a agravarse, pero sí para que nos miremos en el espejo venezolano y nos sirva de advertencia, ahora que llegan las elecciones presidenciales y, entre las opciones del tarjetón, hay algunas con un innegable tufo chavista. No es exagerado decir que Gustavo Petro, el presidenciable del Movimiento Progresistas, es afín a esa línea programática. Lo mismo se puede predicar del candidato que vayan a lanzar las Farc y de las aspirantes Piedad Córdoba y Clara López.

En lo personal, estoy convencido de que el exalcalde de Medellín Sergio Fajardo está muy lejos, lejísimos, de esa línea ideológica. Pero no así sus socios del Polo Democrático, un partido liderado por políticos de formación marxista como el senador Jorge Robledo. Para vacunarse contra esos temores, en uno de los pocos puntos claros de su etéreo programa, Fajardo ha dicho que no piensa tocar la propiedad privada. Suena bien, pero vale recordar que eso mismo decía Hugo Chávez en la campaña electoral que lo llevó al poder en 1998.

No digo que lo anterior haga buenas, por sí solas, a las demás opciones, como Iván Duque, Germán Vargas, Marta Lucía Ramírez o Juan Carlos Pinzón –quien, a pesar de no marcar mucho en las encuestas, ha hecho una campaña seria–. No votaré en las presidenciales por uno de ellos solo porque no sea chavista: para convencerme hará falta mucho más en materia de propuestas concretas y compromisos, incluido el de la anticorrupción. Pero, hecha esta aclaración, a la hora de pensar en el voto resulta de gran utilidad mirarse en el espejo de Venezuela y aprender las lecciones que se derivan de semejante tragedia.


Mauricio Vargas / Y cómo es él




Mauricio Vargas

Y cómo es él

Aquí algunos criterios para escoger al candidato por una reflexión seria y no por amores ni odios.

21 de enero de 2018

A cuatro meses de la primera vuelta de las presidenciales, no he decidido aún por quién votar. Y, como muchos lectores me han escrito que andan en las mismas, quiero contribuir a la decisión con una reflexión basada en criterios claros y no en meros impulsos de amor y odio, como los que suelen determinar el voto de muchos. Definí cuatro características por evaluar en cada candidato: su capacidad de liderazgo, sus propuestas, su experiencia y capacidad de gestión, y las buenas o malas compañías con que anda.