sábado, 16 de febrero de 2008

Eduardo García Aquilar / Vargas Llosa / El transeúnte de Saint-Germain

Mario Vargas Llosa


VARGAS LLOSA 

EL TRANSEÚNTE DE SAINT-GERMAIN


Por Eduardo García Aguilar
París, 16 de febrero de 2008

Hace unas horas, cuando estaba en la barra de un café de Saint Germain de Prés tomando una cerveza Leff, cerca de mis librerías preferidas, vi cruzar por la calle de enfrente, en este viernes primaveral, a Mario Vargas Llosa, una verdadera institución latinoamericana. Iba solo y cruzaba con lentitud el bulevard, muy elegante, con un soberbio saco azul claro y un pantalón beige, sin duda recién comprados para la temporada, impecable de pies a cabeza entre finísimas ropas de marca, pero sin corbata, y con un aura inconfundible de alegría, confort y plenitud.
Traía el cabello blanco níveo que brillaba bajo el sol y cargaba una pesada bolsa roja llena de libros en la mano izquierda que lo hacía trastabillar. Caminaba con cierta torpeza, como suelen hacerlo los escritores que han pasado la vida sentados frente a la máquina y que de tanto estar en esa posición parecen cargar la historia de todas las sillas del mundo. Se le veía feliz en este fin de abril fresco y soleado, en que todos se agitan de felicidad ante la ida del invierno y la cercanía de la larga temporada veraniega. Las chicas se deshacen de sus abrigos y salen con su ropas ligeras y ceñidas cada vez más sexys, perfumadas y coquetas, colgadas de sus celulares, y todos, jóvenes y viejos, se agitan en las calles mirando vitrinas con ilusión o hablando radiantes en los cafés, como si salieran al fin de la hibernación. ¿Como no venir a caminar un viernes 28 de abril entre calles y terrazas que vieron pasar a todas las generaciones literarias de Francia y el extranjero y de paso visitar las estanterías para ver las novedades?
Vargas Llosa se veía en su hábitat perfecto al detenerse un momento a respirar el aire perfumado de flores recientes y retoños de hojas, en esa esquina que frecuenta desde 1958, cuando a los 21 años ya estaba en Paris buscando entrevistarse con Jean Paul Sartre y Albert Camus, los futuros Premio Nobel franceses de moda en aquellos lejanos tiempos de mediados del siglo XX. Aquí, salvo algún profesor francés muy informado, un estudiante o turista latinoamericano, nadie lo reconoce en la calle y puede caminar tranquilo como en sus viejos tiempos, pero convertido ya en un venerable y sólido anciano mucho más que próspero, cubierto por todas las condecoraciones, los elogios y los honores posibles.
De repente me di cuenta, al verlo cruzar rumbo al café de Flore, frente a la iglesia casi milenaria de Saint Germain, en la pequeña plaza Beauvoir-Sartre, que el autor de La ciudad y los perros, La casa verde y Pantaleón y las visitadoras tiene ya 70 años de edad. Que ese eterno joven nacido en 1936 que nutrió de historias y de éxitos a varias generaciones y siempre estuvo en la primera plana de los debates, cruzaba la séptima década por las calles del barrio latino, no lejos de su casa del Jardin de Luxemburgo, que es, según dicen, uno de sus refugios secretos para huir de la celebridad en España, donde los diarios sacan su foto día a día y cada semana se informa que recibió un nuevo premio de 50.000 dólares en Berlín, Jerusalén, Londres, Cali, Buenos Aires o Nueva York, o un doctorado honoris causa en Tasmania o Yakutia. Todo eso lo merece, pues ha sido el más aplicado de los autores del boom : excelente novelista, muy ameno para todos, ensayista de rigor, experto en Flaubert o las novelas de caballería, articulista y panfletario de miedo, siempre hace la tarea como se debe sin ninguna falla, sin importar las horas que le tome el trabajo.
Vargas Llosa es una verdadera institución en Francia, y los franceses y su mayor editorial, la prestigiosa y altiva Gallimard, lo quieren y lo miman incluso más que a los suyos. Termino la cerveza pensando en todas esas cosas, como en la primera vez que lo vi en el Festival de Teatro de Manizales a inicios de los años 70 del siglo pasado, cuando unos maoístas lo atacaron con vociferaciones en la Universidad y tuvo que ser defendido por un jovencísimo Juan Gustavo Cobo Borda o en un coctel del congreso internacional del PEN club en 2003 en el palacio de Bellas Artes de México, en medio de una muchedumbre de señoras ricas que le sonreían a él, tan fatigado y harto por los viajes. Vargas Llosa, al que todos los adolescentes queríamos imitar y seguir ; el mismo que le pegó trompadas a García Márquez en México, terminando con una amistad apasionada y condenando al ostracismo el mamotreto de su tesis sobre el colombiano, llamada Historia de un Deicidio.
En todo eso pensaba y al terminar la Leff me dirigí por la misma ruta hasta la librería. Allí, en el lugar de las novedades, Gallimard expone un libro que acaba de salir en honor de su 70 cumpleaños y los 40 de haber publicado en francés La Ciudad y los Perros. En el prólogo, Antoine Gallimard celebra la frescura de sus siete décadas y dice que esa casa editorial no podía dejar pasar la fecha, por lo que el volumen está lleno de fotos de la infancia, adolescencia y juventud de este hombre que ama y es amado por Francia. El peruano, el inca, el muchacho que en los 60 trabajaba en la Agence France Presse y abordaba con timidez a Albert Camus a la salida de un teatro. Un gran escritor, una leyenda que ha vivido por y para la literatura e incluso se ha dado el lujo de querer ser presidente y fracasar, por fortuna, en el intento.

(Paris, abril 1986)
BLOG LITERARIO DESDE PARÍS



viernes, 15 de febrero de 2008

Julio Cortázar / El hechizo sigue vivo


El hechizo de Cortázar sigue vivo

García Márquez, Fuentes y Saramago rinden homenaje al escritor en el 20º aniversario de su muerte

JUAN JESÚS AZNÁREZ México 15 FEB 2004
El décimo aniversario de la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara (México)coincidió con el homenaje rendido ayer en su paraninfo a Julio Cortázar en el 20º aniversario de su muerte. La casa de estudios mexicana reunió, en una sucesión de coloquios, a viejos amigos o admiradores del argentino universal. Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez rememoraron los episodios vividos junto al autor de Rayuela y glosaron su colosal obra. El portugués José Saramago y el argentino Tomás Eloy Martínez abordaron también el legado de uno los autores más importantes del siglo XX en un acto en el que estuvo Aurora Bernárdez, viuda del escritor, fallecido en París el 12 de febrero de 1984.

Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes tenían 36 años menos durante aquel viaje ferroviario de París a Praga en que el argentino Julio Cortázar los embelesó con una cátedra sobre la incorporación del piano en la orquesta de jazz, el misterio de los trenes en las novelas de Agatha Christie o la apoteosis sinfónica de Charlie Parker y Louis Armstrong. El talento revolucionario del gaucho de la leyenda, que lo sabía todo y había nacido para no aceptar las cosas tal como le eran dadas, deleitó hasta el alba la travesía del convoy latinoamericano hacia el rostro humano del socialismo. Lo recordaban ayer en Guadalajara aquellos dos pasajeros que le escucharon en el año 1968 con la boca abierta.
Muchos años después de aquella expedición, mientras el autor de Rayuela (1963) descansaba en el cementerio de París, el mexicano habría de recordarle como la versión risueña de Dorian Gray o el Erasmo de otro renacimiento. "Cortázar vivió un conflicto al que pocos escaparon en nuestro tiempo: el conflicto entre el afuera y el adentro de todas las realidades, incluyendo la política", dijo Fuentes. Y mucho antes de aquella operación de rescate de la primavera de Praga, Gabo ya había leído Bestiario (1951), el primer libro de cuentos de Cortázar, en un hotel de Lance de Barranquilla. Terminó la última página con el suspiro de la primera: cuando fuera mayor, quería escribir como el argentino.
Los dos ilustres latinoamericanos fueron amigos y admiradores del pensador, cuya memoria honraron ayer en la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, instituida para constatar que la muerte del genio fue sólo invención de quienes no creen en los Cronopios. "Carlos, no creas lo que dicen los periódicos", le dijo a Fuentes García Márquez cuando aquél, terriblemente apesadumbrado, le comunicó la muerte del amigo. El argentino Tomás Eloy Martínez, el nicaragüense Sergio Ramírez, el portugués José Saramago; Saúl Yurkievich, albacea de su obra literaria; su viuda, Aurora Bernárdez; el ex presidente colombiano Belisario Betancur, y 30 editores, estudiosos, traductores y leales acompañaron, en el Paraninfo Enrique León, el vigésimo aniversario de la desaparición de un autor intenso, arrebatado, aventurero y, paradójicamente, contrario a los fastos.
También lo veneraron en España, Argentina, Bélgica, México, Chile, Polonia y Brasil. García Márquez y Fuentes hubieran necesitado de varias jornadas para rememorar sus vivencias con aquel grandullón refinado y erudito, nacido en Bruselas de padres argentinos el 26 de agosto de 1914, cuyas manos grandes y expresivas tanto asombraron al Nobel colombiano. Lo recordó ayer en la tarima de un parque sandinista, en Managua, hipnotizando con un cuento sobre las desventuras del boxeador Mantequilla Nápoles: "La muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo". El mundo de Cortázar maravilló en el coloquio.
El colombiano supo que Cortázar, "el ser humano más impresionante que he tenido la oportunidad de conocer", fecundaba la narrativa tradicional en el café Old Navy, del bulevar parisiense Saint Germain, y montó guardia durante semanas para encontrarle. Pero antes, durante más de una hora, en el año 1956, lo observó escribiendo sin pausas, hasta el anochecer. No se atrevió a interrumpirlo. Después habían de establecer una amistad duradera y cómplice. "Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba, además, otro menos frecuente: la devoción", dijo García Márquez.
También lo quiso Carlos Fuentes, que editaba, en 1955, la Revista Mexicana de Literatura. Le enviaron el manuscrito de una novela de Cortázar que, finalmente, éste retiró porque no creyó en ella. "¿Cuántas páginas magistrales quemó, desfiguró, mandó a un cesto o a un archivo ciego?", se preguntó siempre el autor de La región más transparente(1958), su primera novela, que Cortázar elogió en una inolvidable carta al mexicano. El cruce epistolar continuó y Fuentes depositó ese intercambio de reflexiones en la Biblioteca de la Universidad de Princeton (EE UU), con instrucciones de no se publiquen hasta 50 años después de su muerte.
Fuentes habría de conocer a Cortázar personalmente en el año 1960. Preguntó por él a un hombre lampiño y de juvenil aspecto que le atendió en una casa de Buenos Aires. "Pibe, quiero ver a tu papá". "Soy yo", le contestó, grave, Cortázar. Le acompañaba su esposa, Aurora Bernárdez. "No he conocido ojos más largos que los de Cortázar. Un gato sagrado. Con razón, pensé, está viendo lo que nosotros no vemos", dijo ayer. El latinoamericano en Europa que sabía más de Europa que los europeos tenía esos ojos largos para mirar la realidad paralela y latente, y la contigüidad, y "la inminencia de formas que esperan ser convocadas por una palabra, un trazo de pincel, una melodía tarareada, un sueño".
Políticamente, Fuentes, García Márquez y el Cronopio Mayor coincidieron en mucho, según propia confesión, pero no en todo, y sus visiones sobre las revoluciones latinoamericanas o la Europa bajo el imperio soviético no eran idénticas. Pero las diferencias fueron siempre respetuosas y no mellaron una fraternidad sin mezquindades, festiva y calavera a veces. Algunas anécdotas son reveladoras y no hubo tiempo para desarrollarlas en Guadalajara. Invitados por Milán Kundera a un concierto en Praga, Gabo y Cortázar fueron arteros al pedir a Carlos Fuentes que les representara en un parlamento sobre América Latina ante obreros metalúrgicos y estudiantes trotskistas. "Che, Carlos, a ti no te cuesta hablar en público; hacelo por Latinoamérica...", le animó el hombre del tango malevo.
La delegación de funciones acabaría compensando a Fuentes, porque fue testigo del inesperado hilo musical que durante horas amenizaba los tajos fabriles checos: un disco de Lola Beltrán cantando Cucurrucucú, paloma. El trío tuvo un perfil retozón en algunas sobremesas parisienses, según consta en una grabación, todavía no difundida. En ella, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes atacan varias rancheras y Cortázar se arranca con el tango.
José Saramago abordó en Guadalajara uno de los cuentos de Cortázar, No se culpe a nadie, que el Nobel portugués encontró perturbador y relaciona con Franz Kafka. Saramago piensa que el jersey de aquel hombre del que nadie se ocupa en el cuento es el caparazón del coleóptero en que se transformó Gregorio Sansa en La metamorfosis."Y si no es cierto, y si no tiene nada que ver una cosa con la otra, me da gusto reflexionar sobre una y otra porque en el fondo ése es el objetivo de la literatura".
Tomás Eloy Martínez leyó Rayuela cuando era ya objeto de culto, cuando su compatriota de corazón había instalado "el sabor de la libertad y la utopía en una América Latina sumida en la opresión y la oscuridad", cuando avizoró antes que nadie los cambios de vientos en la literatura y la política, y cuando escribió con una audacia que ni siquiera pudo superar la audaz argentina Macedonia Fernández. "Los lectores pasan y Cortázar sigue escribiendo mejor cada día, así como Gardel canta cada día mejor. Pronto va a cumplir 90 años, como lo ha recordado José Saramago, pero todavía es un adolescente que, como los dioses, está destinado a no morir", dijo.
La obra fundacional del augusto homenajeado no muere, porque se mueve de una generación a otra y porque es cantera inagotable de percepciones e imaginarios, según reiteraron los ponentes del foro de Guadalajara, invitados a un concierto de jazz, con piezas recogidas en Rayuela: Body and soul, de Coleman Hawkins, o Good bait, de Dizzy Gillespie. El prócer difunto escribía casi improvisando, como si tocara jazz, y aquella soltura fascinó a los escritores jóvenes, que empezaron a escribir cuentos con mucho jazz y marihuana, soltando comas por aquí y por allá, según observó el fallecido Augusto Monterroso. No advirtieron que "detrás de la soltura y la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas".