martes, 23 de diciembre de 2008

Efraín Huerta / Ternura

La luz de la tarde
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Efraín Huerta
TERNURA

Lo que más breve sea:
la paloma, la flor,
la luna en las pupilas;
lo que tenga la nota más süave:
el ala con la rosa,
los ojos de la estrella;
lo tierno, lo sencillo,
lo que al mirarse tiembla,
lo que se toca y salva
como salvan los ángeles,
como salva el verano
a las almas impuras;
lo que nos da ventura e igualdad
y hace que nuestra vida
tenga el mismo sabor
del cielo y la montaña.
Eso que si se besa purifica.
Eso, amiga: tus manos.








lunes, 22 de diciembre de 2008

domingo, 21 de diciembre de 2008

Mátija Béckovic / Puñal


Mátija Béckovic

PUÑAL

Traducción del serbio: Liliana Popovic
Revisión: Liliana Heer

Según una historia famosa
Del lejano norte
Los cazadores de lobos
Un puñal con doble filo
Mojan en sangre fresca
Clavan el mango en el hielo
Y lo dejan en el desierto nevado

El lobo hambriento
Siente la sangre desde lejos
Especialmente en el aire puro y punzante
Bajo las estrellas altas y heladas
Y rápido encuentra el anzuelo sangriento

Lamiendo la sanguaza congelada
Se corta la lengua
Y su sangre caliente
Chupa de la hoja fría.

Y no puede parar
Hasta que se desplome
Hinchado de su propia sangre.

Si así son los lobos
Los mas difíciles de cazar
Cómo serían los hombres
Y todos los pueblos
En particular el nuestro
Si con su propia sangre
No se puede saciar
Prefiere desaparecer
A darse cuenta
Que el puñal sangriento
Terminará
Siendo
El único
Monumento
Y la cruz
Arriba de nosotros.






viernes, 19 de diciembre de 2008

jueves, 18 de diciembre de 2008

Joan Margarit / Amada Regina


Joan Margarit
Amada Regina

En todas las ciudades buscó
siempre
un hotel que llevara el nombre de ella.
El Regina de Roma y su fachada
severa y gris, fascista, de granito.
El Regina de Londres, frente a un parque
tristísimo al crepúsculo. El Regina
con las piedras negruzcas de Bruselas.
El cálido Regina de París,
junto al «quai» solitario de barcazas.
El Regina y su zócalo de moho
lamido por las aguas oscuras de Venecia.
Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
el último Regina, en el bullicio
del centro, en Barcelona,
le acogió con sus gélidos espejos
y con su delicada marquesina
de hierro y de cristal en la calle Bergara.
Regina amada, hoteles y mujer:
algunos negros bultos en la noche,
la caldera encendida y los neones
de tu nombre, violentos de tanta soledad.
Ciudades que están llenas de imprevistos

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Silvia Tomasa Rivera / El sabor del miedo

Fotografía de Tom Hoops
Silvia Tomasa Rivera
EL SABOR DEL MIEDO

Porque traigo 
            en el pecho
amor del bueno, 
me muevo por donde 
                       va la noche.

Camino sin temor 
sobre piedras calizas 
que arden a la luz de la luna. 
Voy decidido rumbo 
           a la última choza 
de la serranía. 
Allá vive mi amada.
 
Esta tarde,  
mientras bailaba con ella, 
en el frente del río, 
le pedí que fuera mi mujer. 
Ella dijo que sí, 
poniendo su mirada sobre 
                                 mi pecho, 
sin levantar la vista. 

Ahora me espera su familia 
hasta el amanecer, 
con venado y tesgüino; 
y a mí me sobra fuerza 
para echarme en la espalda 
una manada de jabalíes 
hasta su puerta.

Este es amor del bueno, 
no hay nadie que se oponga. 

Ella es mujer, yo soy hombre 
y ya bailamos juntos el Yumari 
en el frente del río. 

II 

Plena de humedad 
la noche 
se apodera del campo. 

Mientras yo camino 
con una lámpara 
en la frente 
opacando la luz 
de cada estrella. 

He renunciado por amor 
al vuelo, 
ahora mis alas 
penden de tu corazón. 
Ahí palpitan. 


III 

Dormí, 
sin darme cuenta, 
junto a la madriguera 
de una serpiente. 

Desperté cuando salió 
del nido y la sentí 
deslizarse sobre 
                    mi cuerpo. 
A la velocidad del instinto, 
acaricié en el aire 
su lomo caliente.    

Ella me atravesó 
como a un tronco seco 
                  y se alejó voraz 
entre los matorrales.

Aún siento su calor 
en mis manos 
como el de una mujer 
              desnuda 
en el frío de la noche. 

IV 

Un viento fuerte, 
un ventarrón de altura 
no permite 
que llegue hasta tu casa. 

Al viento en contra mía, 
voy a cortarlo 
con una cruz de humo, 
con el puro machete 
si es preciso. 

Voy a desviar su ruta 
con el poder que tengo 
y mi palabra 
de hombre de la tierra. 

Desde este instante 
todo propósito del mal 
queda sellado. 

El viento desciende 
       vertiginosamente; 
para el amanecer 
habrá perdido fuerza 
y no podrá tumbar 
a las mujeres 
que recogen el trigo 
en la planicie.



Cuando caí 
                en el agua 
tuve una visión 
que no puede ser cierta. 

Tú me esperabas 
con el sabor del miedo, 
pero algo me dice 
que estás destinada 
a otro. 

Otro te poseerá 
frente a la hornilla 
caliente de su choza. 

Mientras yo, acaricio 
el mango del machete 
y abandono el venado 
a los pies de tus padres. 

VI 

Entre gritos 
y aullidos de coyote 
se anuncia mi llegada. 
Presiento que van a matarme. 

No hay lucero ni estrellas 
en el cielo. 
Sólo el relámpago 
y el trueno 
mantienen las miradas 
al acecho. 

VII 

ólo un rayo de luna 
ilumina el sendero 
que en este momento 
se bifurca. 

Y yo, parado en esta 
horqueta de la tierra 
no sé por cuál decidirme. 

Uno me lleva al corazón 
de mi amada, 
otro, a la carrera veloz 
que empieza con el alba. 
¿Cuál será mi destino 
si llego vivo hasta el 
                         amanecer? 

El amor o el vuelo. 
¿Cuál será la carrera 
que le gane a la muerte?
         
VIII 

En el camino trillado 
está la verdad, 
          en cada estrella 
que observo 
          desde mi resguardo, 
tumbado sobre la malva fresca. 

Estoy hasta el tope 
en la profundidad de la noche. 
Mi simiente de hombre 
no corre peligro. 

Vine aquí porque el sitio 
                                 es seguro. 
Ni los perros de presa 
habrán de olfatearme. 
Simulacro de muerte 
ejerzo yo. 

Si me alcanza la ley, 
                         caigo rendido 
ante el colmillo de la serpiente.





Lea, además
BIOGRAFÍA DE SILVIA TOMASA RIVERA






martes, 16 de diciembre de 2008

Cristina Peri Rossi / Los hijos de Babel


Katrina Wagner Grekof 

Cristina Peri Rossi
LOS HIJOS DE BABEL

Dios está dormido
y en sueños balbucea.
Somos las palabras de ese Dios
confuso
que en eterna soledad
habla para sí mismo.





sábado, 6 de diciembre de 2008

James Salter / En escorzo


James Salter, en escorzo


Por Jorge Ordaz

Letras Libres, Septiembre 2003 


Hay cosas que parecen insignificantes en su momento y que luego resultan serlo. Hay otras cosas que son como una pistola en una mesilla de noche, no sólo serias sino inesperadamente fatales. En la vida uno se encuentra con ambos tipos de cosas; distinguirlas al principio no es fácil pero, con el tiempo, uno acaba aprendiendo. Esto podría estar pensando el joven cuya figura se recorta en la bahía de Manila un día de 1946. La capital filipina está arrasada, en ruinas, y en la superficie de las aguas del puerto, del color de la herrumbre, flotan aún mástiles y chimeneas de barcos hundidos. La desolación impone su vacío. Este joven pensativo se llama James Salter, tiene 21 años y es oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Todavía no sabe que algún día habrá de convertirse en escritor, pero lo intuye. Antes, sin embargo, habrá pasado por rutinas irrelevantes, misiones especiales y situaciones comprometidas. Habrá reído con sus amigos de escuadrón y llorado con ellos por el compañero desparecido. Se habrá emborrachado y sentido el zarpazo del miedo durante un vuelo nocturno en el norte de África. Habrá participado en la guerra de Corea. Allí conocerá la estimulación y el entumecimiento del combate; la soledad del piloto en la carlinga y el rostro insensible de la muerte. También el tedio y el horror. Luego, terminada la guerra, tendrá más destinos: Hawai, Alemania, Nueva Jersey; y un buen día de 1957 pedirá la baja y pasará a la vida civil en un giro incierto.

     En su fascinante libro de memorias Burning the Days (1997), Salter cuenta que, en cierta ocasión, durante una cena, una mujer le preguntó qué demonios había encontrado en la vida militar. No supo responderle; fue incapaz de sintetizar en unas pocas palabras todo lo que había visto y vivido en sus años de uniforme: el aprendizaje y la disciplina de West Point; los destinos lejanos de Oriente; la sacudida eléctrica al divisar en el aire un reactor mig-15; el idealismo; la camaradería; los grandes días de la juventud en que se negocian los sueños.

     Para entonces, sin embargo, el aguijón de la escritura ya había hecho su efecto. Un año antes de su retiro Salter había publicado su primera novela, The Hunters, en la que recrea experiencias de su vida militar. De la novela —publicada en España con el título de Pilotos de caza(El Aleph, 2003)— se hizo en 1958 una versión cinematográfica un tanto convencional pero no desdeñable, dirigida por Dick Powell e interpretada por Robert Mitchum y May Britt, que en España se tituló Entre dos pasiones. Curiosamente ni de la novela ni de la película habla Salter en su libro de memorias. De lo que sí nos habla es del ambiente del París de los años sesenta, donde vivió varios años antes de regresar definitivamente a su país; del círculo de expatriados americanos que allí tuvo ocasión de frecuentar —James Jones, William Styron, James Baldwin...— y de su afición al cine, que le llevó a escribir diversos guiones y a dirigir en 1969 una película, Three, basada en un relato de su mentor y amigo Irwin Shaw. La película, con Charlotte Rampling de principal protagonista, no pasó desapercibida en Cannes y obtuvo críticas halagüeñas en su estreno, pero no funcionó en taquilla.

     No todos los escritores pueden presumir de una vida llena de acción y emociones fuertes; pero pocos habrían sido capaces de sacar provecho de ella como lo ha sabido hacer James Salter, sin jactancia y con pasmosa eficacia. Novelas como Juego y distracción o Años luz y libros de relatos como Anochecer se nutren de jirones de recuerdos y se hallan poblados de personajes apenas entrevistos y con más zonas de sombra que destellos; tal vez porque, como dice el propio Salter, escribir de alguien con detalle es destruirlo, agotarlo.

     James Salter ha sido calificado por algunos críticos de "escritor de escritores", dudosa categoría que suele utilizarse para distinguir a aquellos autores por lo general poco conocidos del público y de escasas ventas, pero de gran prestigio entre sus colegas. No es de extrañar que quienes más elogios vierten hacia esta clase de escritores sean autores que gozan de asentada fama, sustanciosos ingresos y —nadie es perfecto— parco reconocimiento crítico. En el fondo, sin embargo, pocos de ellos intercambiarían sus respectivos estatus. Y hacen bien, porque cada escritor es como es y escribe lo que escribe, y cuando quiere aparentar lo que no es, o lo que no sabe, acaba en la mayoría de los casos en rotundo fracaso. A pesar de todo, la literatura necesita de ambas clases de cultivadores, porque la república de las letras es suficientemente amplia y acogedora como para que quepan en ella todos los tipos de escritura. No creo, sin embargo, que Salter deba de ser considerado un escritor de escritores. Cierto que su magistral prosa, nítida y certera como un escalpelo, es un ejemplo a tener en cuenta; aunque, como toda prosa con una personalidad muy definida, no admite imitaciones. En cualquier caso, su peculiar narrativa es lo bastante sugerente como para que pueda llegar y satisfacer a un gran público; o al menos esto sería lo deseable. ~