lunes, 24 de mayo de 2010

Roberto Saladrigas / El hombre que hizo hablar a Juan Rulfo

Juan Rulfo

Roberto Saladrigas

El hombre que hizo hablar a Juan Rulfo

Robert Saladrigas rescata las conversaciones que mantuvo con las cabezas más visibles del 'boom' latinoamericano




Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa (sentados), con Roger Caillois y Ángel Rama (de pie a la derecha), en un encuentro literario en Viña de Mar (1969). / SARA FACIO









No era fácil hacer hablar a Juan Rulfo. Y también resultaba difícil arrancarle palabras a Juan Carlos Onetti. Se sabe también de la alergia que siente Gabriel García Márquez cuando se le acerca un periodista, aunque este sea de su propia especie. Pues Robert Saladrigas los hizo hablar, hasta por los codos. Fue a principios de los años setenta del siglo pasado, cuando acababa de fundarse el boom de la literatura latinoamericana y él, que ya era un narrador, hacía de reportero literario para la revista Destino. Muchos años después la editorial Alfabia le pidió a Robert Saladrigas que rescatara aquellas entrevistas. Y aquí están, editadas en libro, veintiuna de las conversaciones que publicó este barcelonés de 1940, premiado muchas veces por su obra literaria, en catalán y castellano, entre la que figuran las novelas La mar no está mai sola y Memorial de Claudi M. Bruch. Crítico literario de la literatura extranjera publicada en España, Saladrigas fue director del suplemento literario de La Vanguardia. En esta conversación cuenta cómo hizo hablar a aquellos grandes mudos. Además de Rulfo, Onetti y García Márquez, aparecen otros más locuaces, como Mario Vargas Llosa, Nivaria Tejera, Jorge Luis Borges, Jorge Amado, José Donoso, Pablo Neruda, Manuel Puig, Jorge Edwards o Severo Sarduy…
PREGUNTA. ¿Cómo consiguió que Rulfo hablara tanto?
RESPUESTA. Fue una entrevista absolutamente deliciosa. Hablamos durante una larga tarde, en una de sus etapas de desintoxicación alcohólica durante la cual solo bebía café y no paraba de fumar. Hubo un instante, mientras hablaba de la muerte en México, en el que yo no supe si lo que me contaba era algo real o se lo estaba inventando. Comparaba el concepto de la muerte en México con el que tienen en Estados Unidos. Él decía que en México se celebraba la muerte y que los yanquis, cuando veían pasar un entierro por la calle, se daban la vuelta, miraban un escaparate y no querían saber nada.
P. Usted se fija en las manos, en los gestos de sus entrevistados. Y al tiempo reproduce lo que le dijeron. ¿Grabó?
R. No, pero me fijé mucho. Conocía bien la obra, anotaba sus características físicas y con todo eso componía el retrato.
P. Pero también reproduce cómo hablaban, sus acentos respectivos…
R. Cuando a uno le gusta un autor es importante fijarse en su acento. Soy partidario de conocer la obra de un autor y después conocer sus documentos biográficos. En esas comunicaciones íntimas hay elementos que aclaran mucho más la obra literaria de cada uno de ellos… Fue una experiencia que me enseñó mucho en aquel momento de mi vida.
P. En todos esos escritores se encuentra una actitud política común, muy prorrevolucionaria… ¿Qué reflexión se hace sobre lo que significaba literariamente aquel momento político?
R. Fue el momento de su literatura… Para Europa fue la llegada de los latinoamericanos. Ellos tenían algo que nosotros aprendimos a valorar porque carecíamos de ella. Tenían la selva muy a mano y las historias que contaban a nosotros nos sonaban a mágicas. Para ellos eran reales.
P. Comala, por ejemplo, la geografía de Pedro Páramo…
R. Cuando Rulfo me cuenta el origen de Comala me dice que aquel era su pueblo, del que se marchó, y que cuando volvió estaba deshabitado y que de aquella calle surgieron fantasmas. Me sonaba a magia. Para él era pura realidad. Descubrimos que nosotros no podríamos hacer lo mismo en Europa por más que quisiéramos… Europa no tiene leyenda, aquí impera el racionalismo, nunca impera la leyenda. Y es que no tenemos selva, tenemos bosques, que es distinto.
P. Los junta un momento político, aunque hubiera actitudes distintas. Ahora sería difícil lograr un ramillete así…
R. Creo que había muchas divergencias. Imagínate, entre Onetti y Borges, entre Rulfo y Puig… Muchos de ellos tenían como punto en común el exilio, la idea de que entendían mucho mejor a su país desde lejos. Entonces, todo lo que llegaba de Latinoamérica nos impresionaba y seducía, nos fascinaba. Ahora lo que nos llega de América no nos interesa en absoluto…
P. Y eso es malo…
R. Hemos pasado de un extremo a otro y es muy duro… Había un interés por América y por la literatura iberoamericana. Iba unido; no podías disociar Paradiso, por ejemplo, de Cuba. Paradiso era Cuba. Y Cuba en aquel momento representaba la revolución… Lo que decían de la democracia era tremendo, lo que decía Rulfo, por ejemplo… No confiaban en la salida democrática de América, en absoluto, y además empezaban a estar un poco decepcionados de la revolución cubana, pese a que todavía eso no se decía en voz alta.
P. El propio Rulfo decía que aquello no iba a terminar como había empezado. “La Revolución cubana no es ya lo que fue ni lo que prometió ser. En cambio [decía, refiriéndose a la época de Allende, era 1971], Chile está viviendo ahora la experiencia más bonita de Latinoamérica”.
R. Exacto, y hablaba desde México, estaba muy cerca de nosotros… Pero gente como Vargas Llosa, por ejemplo, no decían eso mismo en voz alta. Lo hacía gente como Rulfo, un hombre ya muy mayor que lo veía desde otra perspectiva. Y lo que dice de Chile hay que verlo desde la perspectiva de entonces; desde ahora, claro, se entendería peor.
P. En su libro aparecen ya los rasgos dramáticos de Donoso, Sarduy y Puig, seres que reflejaban una angustia que no se compadecía con su espectáculo exterior.
R. Muy cierto. Fíjate que, además, en el caso de Donoso hoy es casi inconcebible el éxito de un libro como El obsceno pájaro de la noche. No lo leería nadie. Y en aquel momento nos fascinaba. Pero visto en perspectiva, en efecto, el aspecto de algunos de los que has mencionado resultaba patético, alegres y tan tristes.
P. ¿Cómo le fue con Pablo Neruda y con Jorge Luis Borges?
R. La entrevista a Neruda la hice en París, cuando él estaba ya enfermo y se abandonó. La de Borges fue en Madrid. Se sentía atacado y quiso explicarse. Le dije que me gustaban más sus relatos que su poesía; eso le hizo gracia, y se abrió… Le pregunté si escribía mucho. Me dijo: “De vez en cuando escribo una paginita”.
P. Aparece Sarduy, pero no está Cabrera Infante…
R. Sarduy no tenía nada de alegre, era trágico… Y con Cabrera Infante me crucé en un Premio Biblioteca Breve, en una comida bastante multitudinaria. Nunca más nos cruzamos y lamenté mucho no haber podido entrevistarle.
P. Hizo hablar a Onetti, que era tan búho…
R. ¡Búho y buhonero, ja ja! Era un personaje muy de Santa María. Con aquella mirada de ojos saltones, se quedaba en silencio, reflexionaba sobre una respuesta mientras te miraba. Y no sabías qué buscaba en ti. Un tipo apasionante. La expresión de su rostro era la de Buster Keaton.
P. El más joven de los que viven es Vargas Llosa. Tenía 34 años. ¿Cómo lo vio entonces?
R. Detecté en él un enorme talento literario. El gran intuitivo de la literatura latinoamericana es García Márquez, él tiene instinto para la prosa poética, pero Mario es el gran novelista, el gran narrador de esta generación de escritores latinoamericanos.
P. Solo hay dos mujeres en su lista…
R. La argentina Luisa Mercedes Levinson, la madre de la narradora Luisa Valenzuela. Levinson era un personaje impresionante, autora de unos relatos realmente muy buenos. Y Nivaria Tejera, cubana, que vive afortunadamente. Una vanguardista desubicada por la revolución y por la propia literatura. Muy buena desde el punto de vista experimental.
P. Superó usted la resistencia de varios tímidos. Como Gabo…
R. Eso es un mito. Fue muy fácil. Él vivía en un apartamento en Sarrià, escribía El otoño del patriarca con un tablero sobre dos caballetes, con su mono de mecánico. Fue una conversación infinita.
Voces del “boom”. Robert Saladrigas. Alfabia. Barcelona, 2012. 240 páginas. 18 euros.




sábado, 22 de mayo de 2010

La voz de Juan Rulfo

Juan Rulfo

LA VOZ DE JUAN RULFO
BIOGRAFÍA 


Talpa

Selección de la obra “El llano en llamas”
I Parte
Voz del autor
18 de septiembre de 1953
Colección Letras Mexicanas



Talpa

Selección de la obra “El llano en llamas”
II Parte
Voz del autor
18 de septiembre de 1953
Colección Letras Mexicanas



Luvinia

Selección de la obra “El llano en llamas”
Voz del autor
18 de septiembre de 1953
Colección Letras Mexicanas



¡Díles que no me maten!

Selección de la obra “El llano en llamas”
Voz del autor
18 de septiembre de 1953
Colección Letras Mexicanas




viernes, 21 de mayo de 2010

Juan Rulfo / Biografía no autorizada




Juan Rulfo. Biografía no autorizada

Reina Roffé

Fórcola Ediciones. Madrid, 2012. 292 páginas, 22'50 euros

Por Luis Antonio DE VILLENA |El Cultural,15/06/2012




La argentina Reina Roffé publica su tercer libro sobre Juan Rulfo desde 1973, cuando aún vivía el biografiado. Sin duda esta biografía “no autorizada” es lo mejor que se podía hacer en este terreno sobre Rulfo, porque la autora no busca sólo erudición (que hay mucha) sino un tono literario o perspectiva literaria, que haga amena la lectura, que lo es, si uno tiene algún interés por ese narrador exiguo, mágico y mentiroso ( otros agregarían y depresivo) que se llamó Juan Rulfo (1917-1986).


Juan Rulfo (su nombre inicial fue Juan Pérez, Rulfo era un apellido que adoptó de su lado materno) nació en tierras de Jalisco (México) en plena Revolución. Pertenecía a una familia criolla que había tenido bienes, pero que esa Revolución y la contrarrevolución “cristera” asoló o depauperó. El padre de Rulfo murió asesinado y la madre optó por enviar al chico a un internado u orfanato, que como el escritor maduro dijo una vez, me sirvió “para aprender a deprimirme”. Parte del “misterio Rulfo” (llámemoslo así) tiene que ver con una infancia y primera mocedad desdichadas, que logran un muchacho muy amante de la lectura, pero introvertido, tímido y un tanto patológicamente silencioso. Rulfo nunca fue a la Universidad, resultó un claro autodidacta, que durante muchos años trabajó en lo que iba saliendo, como ser vendedor de llantas de automóviles... Todos dicen que nació en Apulco, pero él solía decir que en el cercano pueblo de San Gabriel y fue registrado en Sayula. A Juan le gustaba en todo liar un poco y su biografía juvenil se presta admirablemente para ello. Como fuere, de todos esos pueblos y de la lucha “cristera” en Jalisco, saldrá el clima de sus dos casi únicos libros que terminaron haciéndole famosísimo. Como alguien dijo (no recuerdo si mezclando también a Salinger) unos son famosos por lo que escriben y otros por lo que no escriben.

Tal es el caso de Rulfo que, pese a ello, siempre aceptó vivir como un escritor ( y al fin muy homenajeado), es decir, como alguien que si en ese momento no escribía, podría volver a hacerlo en cualquier instante. Hora que nunca llegó. Juan Rulfo -los amigos lo llamaban “Juanito” y decían que en la intimidad podía ser muy hablador- será siempre el autor de dos libros narrativos excelentes: el libro de cuentos (algunos se publicaron en revistas ya en los 40)El llano en llamas (1953) y la novela, medio mágica, Pedro Páramo de 1955. Claro está que en ese momento los libros tuvieron un éxito relativo que, a partir de los mediados años 60, se fue extendiendo e incrementando con nuevas ediciones y múltiples traducciones hasta devenir clásicos, lo que al tímido Rulfo debió halagar tanto como fastidiar, pues según decía su suma aspiración era la tranquilidad. Rulfo escribió algún fragmento más: Un pedazo de noche (1959), el fragmento de una novela futura, algún guión de cine como El gallo de oro (llevado al cine con otro título por Arturo Ripstein) y póstumamente la colección de cartas de noviazgo con su luego mujer, Clara, que era una muchachita cuando la conoció. (Dicen que, ya en los 70, el poco faldero Rulfo, tuvo alguna relación con otra mocita argentina que, al parecer, podría vivir ahora en Madrid.) Pero Rulfo, a quien Reina Roffé termina llamando “el hijo inconsolable del desaliento”, fue siempre el secreto de su bloqueo como escritor, lo excepcional de sus dos libros (pioneros del “boom”), su afición temprana a la fotografía -otra de sus habilidades que se conoció tarde- su afán por inventar y tergiversar (alguien le pidió escribir lo que hablaba entre amigos, se negó.) y su relación cordial, a ráfagas, con amigos tempranos como Juan José Arreola -algo competidor desde lo distinto- o el académico Antonio Alatorre, y su falta de simpatía (mutua) con Octavio Paz, seres caracteriológicamente en las antípodas...

Reservado, huidizo, alcohólico muchos años hasta curarse de la adicción, que quedó en cigarrillos y coca-cola, el personaje más parecido a Rulfo (nada amante de fastos ni de trepadores) en la novela latinoamericana, es el uruguayo Juan Carlos Onetti. Se profesaron simpatía aunque coincidieron poco. Rulfo murió de cáncer en su casa del D.F. a pricipios de enero de 1986. Había renacido un mito. Pero hay muchas más cosas y Reina Roffé las narra muy bien. 



Toda la vida con Pedro Páramo

“Toda la vida anduve con Pedro Páramo”, decía el gran Rulfo cuando se le preguntaba cuánto tiempo había tardado en escribirla. Fueron, efectivamente, décadas, porque el escritor fue puliendo y esencializando el relato hasta casi el paroxismo. Se publicó en 1955, se editaron 2.000 ejemplares, mil de los cuales los compró el escritor para regalar a los amigos. Varios años tardaron los otros mil en agotarse. No le importaba. “Una vez escrita, la obra para mí es como si estuviera muerta”, decía.



http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/31204/Juan_Rulfo_Biografia_no_autorizada
BIOGRAFÍA DE JUAN RULFO


domingo, 2 de mayo de 2010

Carlos Boyero / Música



Música


CARLOS BOYERO
2 MAY 2010

Hace unos días me convocaron ante la gran pantalla de un cine para ver el primer capítulo de una serie concebida para la televisión, en una pantalla adecuada a las condiciones de tu casa y de tu economía. Voy a ese preestreno con la misma ilusión que me acercaría a la segunda parte de El Padrino, después de haber constatado el genio de Coppola en la primera. Se titula Treme, la produce HBO y lleva la firma de un tipo llamado David Simon. O sea, palabras mayores. ¿Qué quién es este hombre? El creador de la serie The wire, la mejor película que he visto en esta década. Cine complejo y grandioso, que además dura 60 horas, sumando las cinco temporadas, un antídoto infalible contra el aburrimiento, la soledad o la desventura.
Carole King, en la preciosa canción Music, sabía que el verano había terminado, pero la música seguía sonando en su cabeza y no permitiría que el frío la deprimiera. En Treme, un infierno llamado Katrina se ha ensañado con la vitalidad de Nueva Orleans. Tres meses después de la ruina, algunos de sus habitantes más pintorescos sobreviven a la desolación acompañados por esa música que resuena en su cabeza, en sus dedos, en su boca, en sus pies, en entierros y garitos, en la alegría y en el dolor. Todo huele a calidad extrema, ritmo, atmósfera y gracia en Treme. La estrena esta noche el canal TNT. No quiero imaginármela doblada. Esas voces y ese universo sólo admiten la versión original.
Intento hacer los deberes en la noche del viernes. En Cuatro hablan de hackers buenos y malignos. Tiene buena pinta, pero mi reino no es de ese mundo, ya que aún me las ingenio para sobrevivir sin ordenador. En Antena 3, un torero habla de un famoso apoderado que intentó saciar su libido con él y que se lo puede haber montado con jovez nos que aspiran a la gloria. En Sálvame, una de sus ardorosas colaboradoras llora inconsolable al haber sido manipulada por una ofídica colega. Cuando retorno a la cloaca, la dama está bailando.
Necesito algo bueno para el alma. Comienzo Historias de Roma, de Enric González, de esa ciudad que define como viva y muerta, esforzada e indolente, teatral e indescifrable. Las paladeo de un tirón. Hasta el amanecer. Son divertidas, lúcidas, admirables. Creo dormirme con una sonrisa. Salvado por la buena literatura.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de mayo de 2010

David Simon / "La televisión acabó siendo una gran pipa de 'crack' para mí"


David Simon

DAVID SIMON | PRODUCTOR Y GUIONISTA DE TELEVISIÓN

"La televisión acabó siendo una gran pipa de 'crack' para mí"


CARMEN PÉREZ-LANZAC
2 MAY 2010

La de David Simon es la historia de cómo un redactor de sucesos se convirtió en el productor de televisión más admirado. Quien ha visto sus series The wire o Generation kill, que retratan la corrupción y la guerra de Irak con autenticidad, queda marcado como espectador. Simon, de 50 años, es grandullón y habla con seguridad desbordante. Estamos en un hotel de Nueva Orleans, donde se desarrolla su nuevo trabajo, Treme (TNT la estrena mañana). Tiene gesto de dolor: le molesta una vértebra. Se traga un ibuprofeno y se recuesta en el sofá con un whisky en la mano. Fuera, diluvia. Muy propio, teniendo en cuenta que la serie se sitúa tres meses tras el Katrina.
Pregunta. ¿Qué le llevó a ser periodista?



"The wire' retrata la América de hoy, pero es mi retrato. No es la realidad. A lo sumo se podría considerar un editorial"



Respuesta. Nada me llevó, me lancé de cabeza. Mi padre tenía amigos que trabajaban en periódicos. Eran todos unos personajes.
P. ¿Le atraían los periódicos?
R. Me encantaban. En mi casa se compraban al menos cuatro revistas. Mis padres, mis hermanos y yo discutíamos de todo por norma. Nos tomábamos como un deporte el ser capaces de desarrollar una argumentación. Una forma muy socrática de educarnos.
P. ¿Recuerda la primera vez que sintió el placer de retratar a alguien o contar una historia, lo que describe como "robar vidas"?
R. Al principio me gustaban los periódicos como entidad. Luego, en el instituto, me fascinó su proceso de elaboración: maquetar, imprimir... En la Universidad aprendí a diferenciar una buena de una mala historia, no se me había ocurrido antes (risas). La primera vez que sentí ese enamoramiento fue entonces. Tenía un profesor que nos mandaba sus propios libros de lectura obligatoria, me parecía una mierda. Decidí entrevistar a todos los profesores que hacían lo mismo. Contestaban unas chorradas increíbles y tuve mucho éxito entre los estudiantes. Cuando entré en el Baltimore Sun me encargaron los sucesos. Y con los días empiezas a ver crímenes a diario y nada mejora. Empiezas a preguntarte ¿por qué? Ése es el periodismo adulto.
P. ¿Por qué empezó en homicidios?
R. La broma del novato. Al principio consiste en llamar a la policía: ¿qué ha sucedido? ¿Quién es la víctima? La mayoría asciende antes de preguntarse por qué. Lo gracioso en mi caso es que nunca ascendí.
P. ¿Por qué?
R. Me encantaba discutir. Para mí, debatir apasionadamente no es una afronta. Cuando nada es incontestable, el periodismo mejora. Cuando el Sun era un sitio sano, se discutía por todo. Cuando a la gente le empezó a dar miedo, dejó de serlo.
Hay un hecho trascendental en la carrera de Simon. A los 28 años, siendo redactor de sucesos, pidió permiso para integrarse en el grupo de homicios de la Policía de Baltimore. El comisario jefe se lo dio. En pleno divorcio, Simon se entregó a la tarea. De aquella experiencia nació el libro Homicide. Y tras su éxito, la televisión llamó a su puerta. En plena crisis de fe hacia la dirección del Sun,aceptó. "Aún no me explico por qué aquel tipo me dio permiso -para entrar en la brigada-", dice. "Murió antes de que se publicara el libro". Tenía un tumor cerebral. "¿Qué otra explicación necesitas?".
P. ¿Cómo es posible que aceptara un despido incentivado con 35 años?
R. Nos lo ofrecieron a los que llevábamos 12 años y yo entré a los 22. Estaba terminando mi segundo libro, The corner, y tenía una oferta para adaptar Homicide a la tele y otra del Washington Post. Mi intención no era dedicarme a la televisión, sino aprender a hacer guiones. Pensé que lo haría mientras acababa el libro y que me iría al Post.
P. ¿Y qué pasó?
R. Que la televisión acabó siendo una pipa de crack con muchas posibilidades.
P. Los periodistas de prensa escrita se suelen considerar por encima de los de tele o Internet.
R. Efectivamente. Pero la iglesia de la que me siento un apóstata se ha llenado de usureros y putas. Lo que yo valoraba del periodismo estaba desapareciendo del Sun cuando me fui. Si no, no lo habría hecho. Pero nos compró un grupo para los que Baltimore no era un lugar que cubrir, sino un sitio desde el que ascender. Su cobertura era falsa o exagerada y dejó de divertirme.
P. ¿Desde la televisión se puede sensibilizar, lograr cambios?
R. Nunca me ha importado lograr cambios. Políticamente estoy muy a la izquierda de los demócratas. En EE UU, los intereses económicos han comprado el sistema. Que un país con tanta riqueza no pueda ofrecer cobertura sanitaria básica a todos sus ciudadanos es terrible.
P. ¿No siente la necesidad de aportar su grano de arena para cambiar las cosas?
R. Como periodista, nunca escribí con esa idea. Lo hacía pensando que era la mejor historia que podía hacer. Lo que suceda con ella está fuera de mi alcance. No me van las cruzadas. Sales al mundo, ves algo y lo cuentas. No hay ninguna ley que diga que eso no puede hacerse también en televisión.
P. Usted lo ha hecho.
R. Pero es ficción y sé que hago trampa. Tu responsabilidad como periodista es informarte y añadir puntos de vista. En ficción no hay otro punto de vista. La gente me dice "¡The wire es superreal!". Es un retrato de la América de hoy, pero es mi retrato. A lo sumo se podría considerar un editorial.
P. Sus series han subido el nivel de exigencia de muchos espectadores.
R. Bueno, es que la tele es un terreno desperdiciado. Pero ahora hay más calidad, aunque también más basura.
P. ¿Creará escuela?
R. Hay más gente experimentando con el estilo. El director Paul Greengrass también usa la autenticidad como herramienta.
P. Y eso os diferencia porque...
R. El motivo por el que uno cuenta algo sin inventar chorradas es dotarlo de profundidad, pero sigue siendo ficción. Hay una gran frase de Picasso, y no me estoy comparando con él, que dice: "El arte es la mentira que nos ayuda a ver la verdad". El periodismo puede contar la verdad, y cuando elige hacerlo es muy poderoso. El arte a veces tiene que mentir para poder contar la verdad con la intensidad necesaria para hacernos sentir algo respecto a esa verdad.
P. Tras retratar el fraude y describir el comienzo de la guerra de Irak, ahora vuelve la vista a Nueva Orleans tras el Katrina.
R. The wire iba sobre cómo el poder y el dinero se relacionan con una ciudad. Treme trata sobre la cultura. Cuando ya no se recuerde a EE UU por nuestra ideología, alguien entrará en un bar en Katmandú y podrá oír a Michael Jackson, a John Coltrane o a Otis Redding. El origen de eso son los músicos que empezaron aquí con Louis Armstrong. Esa es nuestra exportación al mundo. Y ese legado peligró con el Katrina. No la música, pero sí su punto de origen, Treme, el barrio más europeo, latino y tercermundista de EE UU pudo haber desaparecido.
P. ¿Así que es optimista?
R. La cultura ha vuelto. Pero sigue siendo una ciudad disfuncional.
R. En el 9th Ward, la zona más devastada, dos de cada tres casas siguen vacías.
P. EE UU no hizo nada bien tras el Katrina. Por eso es tan admirable lo que la gente ha logrado por sí misma. The wire es una tragedia en la que los individuos no pueden transformar las instituciones a las que pertenecen. Éstas prefieren hacer una carnicería con los suyos antes que cambiar; ésa era mi crítica al capitalismo posmoderno. La Nueva Orleans institucional no es diferente. ¡Ya ni siquiera hay sistema de educación público! La corrupción es endémica, esta ciudad es un desastre. Pero nada demuestra mejor el poder de los individuos que los músicos y toda esta gente que ha rehecho la ciudad.
P. ¿Cree que Treme ayudará en algo a Nueva Orleans?
R. Quizá traiga más turismo, no sé. De nuevo me estás preguntando si quiero lograr cambios... Sólo estoy contando una historia. En este caso, sobre la cultura americana. ¿Qué hay más importante que poner a bailar al planeta? Si alguna vez se nos recuerda por algo, será por eso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de mayo de 2010