lunes, 16 de noviembre de 2015

Andrea Camilleri / Amor


Andrea Camilleri
Biografía
AMOR
Traducción de Elena de Grau Aznar


Michela Prestìa era hija de una familia a la que le faltaba de todo. La madre fregaba las escaleras del ayuntamiento y el padre, que era trabajador temporario en el campo, se había quedado ciego al estallarle una bomba de mano abandonada durante la guerra. La muchacha, a medida que crecía, se hacía cada vez más hermosa, y los vestiditos agujereados que llevaba, poco más que harapos pero limpísimos, no conseguían esconder toda la gracia que Dios le había dado. Morena, los ojos siempre brillantes con una especie de alegría de vivir a pesar de la necesidad, había aprendido sola a leer y a escribir. Soñaba con ser dependienta en uno de aquellos grandes negocios que la fascinaban. A los quince años, ya una mujer hecha y derecha, se escapó de casa para ir detrás de un vendedor ambulante que recorría los pueblos con una furgoneta vendiendo utensilios de cocina, vasos, platos y cubiertos. Un año después volvió a casa y sus padres hicieron como si nada hubiera ocurrido. Tenían una boca más que alimentar. Durante los cinco años siguientes muchos hombres de Vigàta, solteros o casados, la tomaron y la abandonaron o fueron abandonados, pero siempre sin tragedias ni peleas. La vitalidad de Michela conseguía justificar, convertir en natural cada cambio de pareja. A los veintidós años se trasladó a una casa del anciano doctor Pisciotta, quien la hizo su mantenida y la colmó de regalos y de dinero. La buena vida de Michela duró sólo tres años: el doctor murió en sus brazos y la viuda utilizó a los abogados, que se llevaron todo lo que le había regalado el médico y la dejaron con una mano atrás y otra adelante. Apenas seis meses después, Michela conoció al contador Saverio Moscato. Al principio parecía una historia como las otras, pero en el pueblo pronto se dieron cuenta de que las cosas eran muy diferentes.
Saverio Moscato, empleado en la fábrica de cemento, era un trein- tañero de buena presencia, hijo de un ingeniero y de una profesora de latín. Muy apegado a la familia, no dudó en dejarla en cuanto los padres, al enterarse del asunto, le llamaron la atención por tener relaciones con una muchacha que era el escándalo del pueblo. Sin decir esta boca es mía, Saverio alquiló una casa junto al puerto y se instaló allí con Michela. Vivían bien, pues el contador no disponía sólo del sueldo, ya que un tío suyo le había dejado tierras y negocios. Pero, sobre todo, lo que sorprendía a la gente era que Michela, que con los otros siempre había mantenido una actitud de libertad e independencia, ahora sólo tenía ojos para su Saverio, estaba pendiente de sus palabras, hacía siempre lo que él quería, no se rebelaba. Y en cuanto a Saverio, sucedía lo mismo: estaba atento a todos los deseos de Michela, incluidos los que sólo manifestaba con una mirada. Cuando salían de casa para ir de paseo o al cine, caminaban tan abrazados como si estuvieran despidiéndose para siempre. Y se besaban en cuanto podían y también cuando no podían.
—No hay vuelta de hoja —comentó el agrimensor Smecca, que había sido amante de Michela durante un breve tiempo—. Están enamorados. Y el caso es que me gusta. Espero que dure. Michela se lo merece; es una buena chica.


Saverio Moscato, que había procurado por todos los medios no alejarse de Vigàta a fin de no dejar sola a Michela, tuvo que trasladarse a Milán por asuntos de su trabajo en la fábrica de cemento y permanecer allí diez días. Antes de salir del pueblo, fue desesperado a ver a Pietro Sanfilippo, el único amigo que tenía.
—Al fin y al cabo —lo consoló el amigo—, diez días no son una eternidad.
—Para mí y para Michela, sí.
—¿Por qué no te la llevas?
—No quiere venir. Nunca ha salido de Sicilia. Dice que una gran ciu- dad como Milán la asustaría si no estuviera siempre a mi lado. ¿Qué hago? Debo asistir a reuniones, tengo citas de trabajo...


Durante la estada de Saverio en Milán, Michela no salió de casa; nadie la vio por la calle. Pero lo más curioso fue que cuando el contador volvió, la chica no apareció más a su lado. Quizá los días que había estado alejada de su amor habían hecho que enfermara de melancolía.
Un mes después del regreso de Saverio Moscato, la madre de Mi- chela se presentó ante el comisario Montalbano. Pero no la movía la preocupación de madre.
—Mi hija Michela no me ha dado la mensualidad que me pasa.
—¿Le daba dinero?
—Sí. Todos los meses. Doscientas o trescientas mil liras, según. Siempre fue una buena hija.
—¿Y qué quiere de mí?
—Fui a su casa y encontré al contador. Me dijo que Michela ya no vivía allí, que cuando volvió de Milán no la encontró en casa. Hasta me enseñó las habitaciones. Nada, de Michela ni siquiera quedaba un vestido. Ni una bombacha, dicho sea con perdón.
—¿Y qué le dijo el contador? ¿Cómo explicó la desaparición?
—Él tampoco se la explicaba. Dijo que Michela, siendo como era, se habría escapado con otro hombre. Pero no lo creo.
—¿Por qué?
—Porque estaba enamorada del contador.
—¿Y qué quiere que haga yo?
—No sé... Hablar con el contador. Quizás a usted le diga lo que sucedió de verdad.


Montalbano esperó a encontrarse con el contador por casualidad; no quería que las preguntas que iba a hacerle parecieran oficiales. Un día, después de comer, lo vio sentado solo, tomando una menta, en el café Castiglione.
—Buenos días. Soy el comisario Montalbano.
—Sé quién es.
—Quisiera tener una charla con usted.
—Siéntese. ¿Quiere tomar algo?
—Me tomaría un helado.
El contador pidió el helado.
—Dígame, comisario.
—Créame si le digo que me siento algo cohibido, señor Moscato. El otro día fue a verme la madre de Michela Prestìa. Dice que su hija ha desaparecido.
—Es cierto.
—¿Quiere explicármelo mejor?
—¿A título de qué?
—Usted vive, o vivía, con Michela Prestìa, ¿no?
—¡No hablaba de mí! Preguntaba a título de qué se interesa usted por el asunto.
—Bueno, como la madre fue...
—Me parece que Michela es mayor de edad. Es libre de hacer lo que le pase por la cabeza. Se ha marchado y ya está.
—Perdone, pero querría saber más.
—Fui a Milán y ella no quiso ir conmigo. Aseguraba que una gran ciudad como Milán le daba miedo, le producía desasosiego. Ahora creo que se trataba de una excusa para quedarse sola y preparar la fuga. Durante los primeros siete días que permanecí fuera, nos llamábamos por la mañana y por la noche. La mañana del octavo día me contestó de mal humor, dijo que..., que ya no aguantaba estar sin mí. Aquella misma noche, cuando la llamé por teléfono, no contestó. No me preocupé, pensé que se habría tomado un somnífero. A la mañana siguiente sucedió lo mismo y me intranquilicé. Le pedí a mi amigo Sanfilippo que fuera a echar un vistazo. Me llamó poco después y me dijo que la casa estaba cerrada, que había tocado el timbre durante un rato sin obtener respuesta. Pensé que había sucedido algo, una desgracia. Entonces llamé a mi padre, al que antes de partir le había dejado un juego de llaves. Abrió la puerta. Nada; no sólo no había huella alguna de Michela, sino que faltaban sus cosas, todo. Hasta el lápiz de labios.
—Y usted ¿qué hizo?
—¿Quiere saberlo? Me eché a llorar.


¿Por qué cuando hablaba de la fuga de la mujer amada y de su llan- to desesperado sus ojos no delataban tristeza, sino que brillaban con una sosegada satisfacción? Cierto que intentaba poner cara de circunstancias, pero no lo conseguía del todo: de las cenizas que se esforzaba por introducir en la mirada emergía, a traición, una llamita de júbilo.


—Comisario —dijo Sanfilippo—, ¿qué quiere que le diga? Estoy desconcertado. Mire, para darle una idea: cuando Saverio volvió de Milán, pedí tres días de permiso. Puede preguntarlo en la oficina, si no me cree. Pensé que estaría desesperado por la huida de Michela, quería estar a su lado en todo momento, tenía miedo de que hiciera alguna tontería. Estaba demasiado enamorado. Fui a la estación y bajé del tren fresco como una lechuga. Esperaba lágrimas, lamentos... En cambio...
—¿En cambio?
—Mientras veníamos en coche de Montelusa a Vigàta, se puso a cantar en voz baja. Siempre le ha gustado la ópera lírica. Tiene una bonita voz y canturreaba Tu che a Dio spiegasti l'ali. Me quedé helado; hasta pensé que se debía a la impresión. Por la noche fuimos, a cenar juntos y comió tranquilo y sereno. A la mañana siguiente volví a la oficina.
—¿Hablaron de Michela?
—¡En absoluto! Era como si esa mujer nunca hubiera existido en su vida.
—¿Se enteró de si se habían peleado, qué sé yo, de alguna discusión…?
—¡Pero no! ¡Se amaban, siempre estaban de acuerdo!
—¿Se tenían celos?
Pietro Sanfilippo no contestó enseguida; tuvo que pensar un poco la respuesta.
—Ella no. Él sí, pero a su manera.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que no estaba celoso del presente, sino del pasado de Michela.
—Mala cosa.
—Oh, sí. Son los celos peores, no tienen remedio. Una tarde que estaba de muy mal humor, salió con una frase que recuerdo perfectamente: "Todos han obtenido todo de Michela; ya no hay nada que pueda darme que sea nuevo, virgen". Quise replicarle que si las cosas estaban así, había escogido a la mujer equivocada, con demasiado pasado. Pero consideré que era mejor el silencio.
—Usted, señor Sanfilippo, era amigo de Saverio antes de que conociera a Michela, ¿verdad?
—Cierto, tenemos la misma edad, nos conocemos desde chicos.
—Piénselo bien. Si consideramos el periodo de Michela como un paréntesis, ¿observa algún cambio en su amigo entre el antes y el después?
Pietro Sanfilippo lo meditó.
—Saverio no ha sido nunca un tipo abierto, inclinado a manifestar lo que siente. Es callado, dado con frecuencia a la melancolía. Las únicas ve- ces que lo he visto feliz ha sido cuando estaba con Michela. Ahora es más cerrado, me evita. El sábado y el domingo los pasa en el campo.
—¿Tiene una casa en el campo?
—Sí, por Belmonte, en el distrito de Trapani; se la dejó su tío. Antes no quería poner el pie allí. Y ahora, ¿me despeja una duda?
—Si puedo...
—¿Por qué se interesa tanto en la desaparición de Michela?
—Su madre vino a verme.
—¿Ésa? A ésa le importa un comino. ¡Sólo le interesa el dinero que le pasaba Michela!
—¿Y no le parece un buen motivo?
—Comisario, no soy tonto. Hace más preguntas sobre Saverio que sobre Michela.
—¿Quiere que sea sincero? Tengo una sospecha.
—¿Qué?
—Tengo la curiosa impresión que su amigo Saverio se lo esperaba. Y quizás hasta conocía al hombre con el que Michela se ha fugado.
Pietro Sanfilippo mordió el anzuelo. Montalbano se felicitó; había improvisado una respuesta convincente. ¿Podía decirle que lo que le in- quietaba y lo confundía era una brillante llamita en el fondo de un ojo?


No deseaba mezclar a ninguno de sus hombres, porque no quería hacer el ridículo ante ellos. Se embarcó solo en el interrogatorio de los inquilinos del edificio donde vivía el contador. Todos los aspectos de aquella investigación, si se podía llamar así, eran débiles, no existían como tales aspectos, y el punto de partida para las preguntas era tan inconsistente como un hilo, como una telaraña. Si Saverio Moscato le había contado la verdad, Michela contestó a la llamada de la mañana pero no a la de la no che. Por lo tanto, si se marchó lo hizo durante el día. Y alguien pudo haber notado algo. El edificio tenía seis plantas y cuatro departamentos por piso. El comisario, muy minucioso, empezó por el último. Nadie había visto ni oído nada. El contador vivía en el segundo piso, departamento 8. Sin albergar ninguna esperanza, llamó al timbre del departamento 5. En la tarjeta se leía "Maria Costanzo, Vda. de Diliberto". Le abrió la puerta la misma señora, una viejecita bien acicalada, de ojos vivos y penetrantes.
—¿Qué desea?
—Soy el comisario Montalbano.
—¿Qué enano?
Era sorda como una tapia.
—¿Hay alguien en casa? —se desgañitó el comisario.
—¿Por qué grita tanto? —dijo la viejecita indignada—. ¡No soy tan sorda!
Atraído por las voces, del interior del departamento  apareció un hombre que ya habría cumplido los cuarenta.
—Hable conmigo, soy su hijo.
—¿Puedo entrar?
El cuarentón lo llevó a una salita y la viejecita tomó asiento en un sillón, frente a Montalbano.
—No vivo aquí, sólo he venido a visitar a mi madre —aclaró el hombre haciendo un gesto con las manos.
—Como ya sabrán, la señorita Michela Prestìa, que convivía en el departamento 8 con el contador Saverio Moscato se ha marchado sin dar explicaciones, mientras el señor Moscato se encontraba en Milán entre el 7  y el 16 de mayo.
La viejecita dio señales de impaciencia.
—¿Qué está diciendo, Pasqualí? —preguntó al hijo.
—Espera —contestó Pasquale Diliberto con voz normal. Evidentemente su madre estaba acostumbrada a leerle los labios.
—Quisiera saber si durante ese período de tiempo su señora madre ha oído, ha visto algo que...
—Ya he hablado con mamá. No sabe nada de la desaparición de Michela.
—Pues sí —protestó la viejecita—. Lo he visto. Ya te lo he dicho. Pero tú dices que no.
—¿Qué ha visto, señora?
—Comisario —intervino el cuarentón—, le advierto que mi madre no sólo es sorda, sino que no está muy bien de la cabeza.
—¿Que no estoy bien de la cabeza? —replicó la señora Maria Costanzo, viuda de Diliberto, levantándose indignada—. ¡Mal hijo, me ofendes delante de los extraños!
Se marchó de la salita dando un portazo.
—Cuéntemelo usted.
—El día 13 de mayo es el cumpleaños de mi madre. Por la noche vine con mi mujer y cenamos juntos, cortamos la torta y bebimos unas copas de vino espumoso. A las once volvimos a casa. Ahora mi madre asegura que, quizá por haber comido demasiado pastel, pues es muy golosa, no podía conciliar el sueño. Hacia las tres de la madrugada recordó que no había sacado la basura. Abrió la puerta, y la lámpara del rellano estaba encendida. Dice que delante del departamento 8, que está justo enfrente, vio a un hombre con una maleta grande. Asegura que se parecía al contador. Y yo le dije: "Pero, mamá, ¿te das cuenta? ¡El contador volvió de Milán tres días después!"


—Señor comisario —explicó Angelo Liotta, director de la fábrica de cemento—, he hecho todas las comprobaciones que me ha pedido. El contador ha presentado debidamente los billetes de viaje y los comprobantes del hotel.
Salió el domingo del aeropuerto de Palermo a las dieciocho y treinta en un vuelo directo a Milán. Pasó la noche en el hotel Excelsior, donde permaneció hasta la mañana del 17. Ese día regresó en el vuelo que partía de Linate a las siete y treinta. Participó en todas las reuniones y acudió a todas las citas que tenía concertadas en Milán. Si desea formularme más preguntas, estoy a su entera disposición.
—Es suficiente, se lo agradezco.
—Espero que un empleado como Moscato, al que aprecio por su laboriosidad, no se encuentre envuelto en ningún asunto feo.
—También yo lo espero —dijo Montalbano al despedirse.
En cuanto el director hubo salido, el comisario tomó el sobre con to- dos los comprobantes del viaje que el otro le había dejado encima del escritorio y, sin abrirlo siquiera, lo guardó en un cajón.
Con ese gesto se estaba despidiendo de una investigación que nunca había existido.


Seis meses después recibió una llamada telefónica. Al principio no reconoció al que estaba al otro lado del hilo.
—Perdone, ¿cómo ha dicho?
—Angelo Liotta. ¿Recuerda? Soy el director de la fábrica de cemento. Usted me llamó para saber...
—Ah, sí. Lo recuerdo muy bien. Dígame.
—Como ahora estamos cerrando la contabilidad, querría que me de volviera los recibos que le dejé.
¿De qué estaba hablando? Entonces se acordó del sobre que no había abierto.
—Se los enviaré hoy mismo.
Sacó el sobre para no olvidarse, lo puso encima de la mesa del des- pacho, lo miró y, sin saber por qué, lo abrió. Examinó uno por uno los recibos y los volvió a guardar en el sobre. Se apoyó en el respaldo del sillón y cerró los ojos durante unos minutos, reflexionando. Luego volvió a sacar los recibos, los ordenó encima de la mesa, uno al lado del otro. El primero de la izquierda, con fecha del 4 de mayo, era el recibo de un lleno de gasolina; el último pedazo de papel de la derecha era un boleto de tren, con fecha del 17 de mayo, para "el trayecto Palermo—Montelusa. No cuadraba, no cuadraba. Al parecer, Moscato había salido en coche de Vigàta para ir al aeropuerto; luego, al final del viaje, había vuelto a Vigàta en tren. Su amigo Pietro Sanfilippo fue testigo de su llegada. La pregunta era muy sencilla: ¿quién había llevado el coche del contador a Vigàta mientras estaba en Milán?


—¿Señor Sanfilippo? Soy Montalbano. Necesito una información. Cuando el señor Moscato fue al aeropuerto a tomar el avión de Milán, ¿lle- vó el coche?
—Comisario, ¿todavía piensa en esa historia? ¿Sabe que de vez en cuando llega alguien al pueblo que dice que ha visto a Michela en Milán, en París, hasta en Londres? De cualquier manera, no sólo no lo acompañé, sino que creo que se equivoca. Si volvió en tren, ¿por qué tenía que llevarse el coche? Michela tampoco pudo acompañarlo porque no sabía conducir.
—¿Cómo está su amigo?
—¿Saverio? Hace un montón de tiempo que no lo veo. Presentó la renuncia en la fábrica de cemento y dejó la casa.
—¿Sabe adónde ha ido?
—Sí. Vive en el campo, en su casa de la provincia de Trapani, en Belmonte. Quería ir a verlo pero me ha dado a entender que...
El comisario no necesitó escuchar más. Belmonte, acababa de decir Sanfilippo. El recibo de la gasolina, arriba, a la izquierda, llevaba escrito: "Estación de servicio Pagano—Belmonte (TR)".


Se detuvo en la estación de servicio a preguntar qué camino debía tomar para llegar a la casa de Moscato. Se lo indicaron. Era una casita modesta pero bonita, de una planta, completamente aislada. El hombre que salió a su encuentro se parecía a aquel Saverio Moscato que había conocido. Al comisario le costó reconocerlo, vestido de cualquier manera y con la barba larga. Y en sus ojos, que Montalbano miró fijamente, la llamita se había apagado por completo, sólo había negras cenizas. Lo invitó a entrar en el comedor, muy modesto.
—Estoy aquí de paso —se excusó Montalbano.
Pero no siguió porque Moscato parecía haberse olvidado de su presencia. Se estaba contemplando las manos. El comisario vio la parte de atrás de la casa a través de la ventana: un jardín de rosas, flores, plantas, que contrastaba de manera extraña con el resto del terreno, abandonado. Salió al jardín. En el centro había una gran piedra blanca rodeada por una cerca. A su alrededor, infinidad de rosas. Montalbano cruzó el pequeño recinto y tocó la piedra con una mano. El contador también había salido, Montalbano lo oyó acercarse a sus espaldas.
—La enterró aquí, ¿verdad?
Lo preguntó en voz baja, sin alzar el tono. Y la respuesta que esperaba, que temía, también le llegó en voz baja.
—Sí.


—El viernes, después de comer, Michela quiso que viniéramos aquí, a Belmonte.
—¿Había venido antes?
—Una vez, y le gustó. Yo era incapaz de negarle nada. Decidimos pasar aquí el sábado. El domingo por la mañana me proponía acompañarla a Vigàta, y por la tarde tomaría el tren de Palermo. Pasamos un día maravilloso, como nunca. Por la noche, después de la cena, nos fuimos pronto a la cama e hicimos el amor. Hablamos, fumamos un cigarrillo.
—¿De qué hablaron?
—Éste es el quid de la cuestión, comisario. Michela sacó un tema a colación.
—¿Qué tema?
—Es difícil de decir. Yo le reprochaba... No, reprochar no es la palabra: me quejaba, eso, de que ella, por la vida que había llevado, ya no pudiera darme algo que nunca hubiera dado a los demás.
—¡Pero usted estaba en las mismas condiciones para ella!
Saverio Moscato lo miró un segundo, sorprendido, cenizas en las pupilas.
—¡¿Yo?! Antes de Michela nunca había estado con una mujer.
Sin saber por qué, el comisario se sintió turbado.
—En un momento dado fue al cuarto de baño, permaneció allí cinco minutos y volvió. Sonreía cuando se echó a mi lado. Me abrazó con fuerza, me dijo que me daría una cosa que los demás nunca habían tenido y que ya nunca podrían tener. Le pregunté de qué se trataba, pero quiso que volviéramos a hacer el amor. Después me dijo lo que me estaba entregando: su muerte. Se había envenenado.
—Y usted ¿qué hizo?
—Nada, comisario. Mantuve sus manos entre las mías. Ella no apartó los ojos de los míos. Fue una cosa rápida. No creo que sufriera mucho.
—No se haga ilusiones. Y sobre todo no rebaje lo que Michela hizo por usted. Con el veneno se sufre, ¡Y mucho!
—Aquella misma noche cavé una fosa y la puse donde está ahora. Salí hacia Milán. Me sentía desesperado y feliz, ¿comprende? Un día, el trabajo acabó pronto, todavía no habían dado las cinco. Llegué en avión a Palermo y fui a Vigàta con el coche que había dejado en el estacionamiento del aeropuerto de Punta Ràisi. Hice el trayecto despacio. Quería llegar al pueblo bien entrada la noche, pues no podía correr el riesgo de que me vieran. Llené una maleta con sus vestidos, sus cosas, y la traje aquí. La guardo arriba, en el dormitorio. Cuando me disponía a volver a salir hacia Punta Ràisi, el coche no se puso en marcha. Lo oculté entre aquellos árboles y tomé un taxi de Trapani que me llevó al aeropuerto, con el tiempo justo para tomar el avión de Milán. Cuando acabé el trabajo, volví en tren. Los primeros días me encontraba inmerso en la felicidad por lo que Miche la había tenido el valor de entregarme. Me trasladé aquí, para recrearme solo con ella. Pero después...
—¿Después? —apremió el comisario.
—Después, una noche, me desperté de pronto y ya no sentí a Michela a mi lado. Cuando había cerrado los ojos me pareció oída respirar mientras dormía. La llamé, la busqué por toda la casa. No estaba. Entonces comprendí que su gran regalo había resultado muy caro, demasiado.
Se echó a llorar, sin sollozos. Lágrimas mudas descendían por su rostro.

Montalbano contemplaba una lagartija que, encima de la piedra blanca de la tumba, disfrutaba inmóvil del sol.




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