martes, 24 de noviembre de 2015

Por qué vemos Juego de tronos?


¿Por qué vemos Game of Thrones?
Por Daniel Krauze

Los finales felices y los triunfos limpios del bien sobre el mal son cosa de Hollywood y su maquinaria fantástica. La literatura siempre se ha cocido aparte: el cónsul acaba en un barranco, Ana Karenina sobre las vías del tren y Gatsby con un tiro en la espalda. Por desgracia, las novelas rara vez generan debates masivos. Ahora, las series de televisión ocupan un lugar principal dentro de nuestro consumo cultural. No hay fenómeno literario que tenga tantos textos e interpretaciones como Mad Men. Imagino que, por cada sesenta artículos sobre el desenlace de la serie de Weiner, quizás ha habido uno dedicado a The Goldfinch, de Donna Tartt, por poner como ejemplo una novela compleja, bien escrita y muy exitosa. A las series, como a la literatura, no les podemos exigir que nos satisfagan. Como las grandes novelas, The Sopranos, The Wirey Mad Men no fueron creadas para gustar (ese verbo tan nocivo, y tan actual).

En ese sentido, pedirle lo mismo a Game of Thrones, una serie producida por HBO, es terquedad. Estamos tan acostumbrados a que las historias fantásticas acaben en una victoria positiva, sin medias tintas, como Harry Potter, que tal vez por eso suponemos que la saga escrita por George R.R. Martin también nos regalará un desenlace de esa índole. A pesar, por supuesto, de que Game of Thrones ha sido más clara que el agua: abandonen toda esperanza aquellos que entren aquí.

Game of Thrones es un producto inédito en la cultura popular. Incesantemente cruel, la serie parece hecha para disgustar, y no deja de ser fascinante que tenga un éxito tan inmenso en la era de los likes, los favs y la gratificación instantánea. A juzgar por las reacciones de la gente, y por los textos que semana con semana se publican sobre ella, los televidentes insistimos en ver a Game of Thrones como algo más profundo y complejo de lo que realmente es: incómoda y sensacionalista, a veces aburrida, con un desarrollo narrativo difuso, donde nada se acumula, se gana o se aprende que no pueda resumirse en una frase: El mundo es una mierda.

¿Pero de qué mundo hablamos? La cantidad de artículos dedicados a este tema lo confirma: creemos (o queremos creer) que Westeros es una suerte de reflejo torcido de la Tierra. Martin, y D.B. Weiss y David Benioff, los creadores del programa, claramente le sacan jugo a este malentendido: sus civilizaciones mezclan distintas culturas para asegurarnos que nuestras sospechas son ciertas. Sí, claro que es un reflejo de nosotros: ahí está el coliseo romano, el Coloso de Rodas, las pirámides egipcias y la muralla de Adriano. ¿Qué importa si aquí nunca hubo dragones, zombis armados o brujas capaces de parir sombras asesinas? Martin es un tipo listo: sabe que mientras más aleje su fantasía de nuestra realidad, menos estaremos dispuestos a caer en la trampa y confiar en su dizque lección de historia. Por eso repite la misma fórmula: crear una situación más o menos paralela con nuestro mundo para darle peso a sus disparates. Tolkien sabía que, en la fantasía, las parábolas son un recurso barato: si esa secta loca en King´s Landing es un reflejo de nuestro fervor religioso, entonces los dragones de Daenerys también son una metáfora del medio ambiente o del calentamiento global o qué se yo. Todo en Westeros es otra cosa, pero apenas una cosa en sí misma. Mientras tanto, insistimos en justificar nuestra obsesión pensando que algo estamos aprendiendo. Que sufrimos, sí, pero sufrimos con un propósito.

Vaya anhelo humano, y triste. En el capítulo de ayer, el último de la quinta temporada, Game of Thrones confirmó su vocación torturadora: las historias que hemos seguido por años no llegarán a nada, todos los personajes que queremos acabaran muertos o humillados y el bien (si el bien existe en Westeros) nunca vencerá. He escuchado a muchísimos fans decir que ven la serie por morbo. Francamente lo dudo. Vemos Game of Thrones por optimistas: porque seguimos esperando que George R.R. Martin nos dé “like”. Después de la muerte de Jon Snow (y de esa nefasta secuencia donde Cersei camina desnuda entre una multitud) pensar que a Martin le interesa satisfacernos es iluso. Apuesto a que Ramsay violará a Daenerys, el nuevo monstruo de Frankenstein pisará a Tyrion y Sansa terminará convertida en White Walker.

El problema con Game of Thrones se intensifica cuando nos detenemos a analizar qué ha ocurrido en la serie. Siendo justos, ¿ha habido progresión dramática? ¿Jon Snow consiguió algo meritorio a lo largo de cinco temporadas? Julio César murió en el senado, a traición, después de cambiar la faz del imperio romano para siempre. En la vida real, los grandes héroes y villanos mueren (claro), pero algo cambian. En Game of Thrones, la muerte enfurece al espectador pero no cambia prácticamente nada: no va en detrimento de nosotros pero en beneficio de la historia, sino en detrimento de nuestro estado de ánimo, y punto. Si los White Walkers arrasan con todo Westeros, ¿para qué vimos cincuenta horas de esto? (¿Y por qué no nos contaron su historia?). Si Daenerys nunca llega a Westeros, ¿para qué la seguimos? Afirmar que el mal siempre gana no es sabiduría sino simplificación. Y en todo caso, si vemos Game of Thrones para obtener lecciones, la muerte de Robb Stark me enseñó que, si llego a prometerle a un señor feudal que me voy a casar con una de sus hijas, lo mejor es cumplir esa promesa y no casarme con otra mujer. Muy útil.

Decir que vemos Game of Thrones por la sofisticación de sus diálogos y sus personajes es como afirmar que compramos Playboy por los artículos. ¿Qué ha iluminado de la condición humana la historia de Arya Stark en el templo del dios de mil caras? ¿Cuál conversación se ha quedado en nuestro subconsciente? A botepronto, puedo citar veinte diálogos memorables de Mad Men pero a fe mía no recuerdo uno solo de Game of Thrones que no sea el lema de una casa (sí, ya sé que los Lannister siempre pagan sus deudas).

“Es que así era la vida en el medioevo”, dirán algunos, en vez de abrir un libro sobre el siglo XV.

Ningún argumento que empiece con “es que así fue” me convence. Así no fue nada, porque Westeros solo existe en la mente de sus tres creadores. King´s Landing no es más real que Hogwarts. Ni el mundo, ni la historia de la Tierra, obligó a Weiss y a Benioff a filmar a Cersei por diez… larguísimos… humillantes… innecesarios minutos mientras caminaba del templo a su casa y la multitud le escupía y le arrojaba orines a su cuerpo desnudo. Ellos decidieron filmar esa secuencia con el ojo lascivo de una porno snuff, cortando a vergas de pordioseros y al torso desnudo de Lena Headey, una… y otra… y otra… vez. Toda la secuencia podría haber sido filmada en una larga toma desde la espalda de Cersei. Pero no lo hicieron así. Por primera vez en mi vida sentí que una escena no humillaba al personaje sino a la actriz en turno. La tragedia no es parte orgánica del programa sino diseño de su creador. Shakespeare no sería fan.

Los libros de Martin y la serie son crueles porque deciden serlo. No están obligados por las circunstancias, porque las circunstancias son obra suya. Incluso si estuviera basado en la realidad, si todos nosotros viviéramos en lo que antes era Westeros, Weiss y Benioff podrían decidir qué mostrar y qué no, a quién seguir y a quién no. Su impulso parece ser agredirnos. Quizás suene ñoño, pero me parece que el arte no debe aspirar a molestar a la audiencia.

Como obra fantástica, Game of Thrones es llamativa, tanto como World of Warcraft es llamativo. ¿A quién no le gustan los dragones? ¿Quién no quiere ver pelear a un gigante contra zombis de hielo? Y, vaya, qué bonitos esos paisajes y esos castillos; cuánta belleza hay entre tanta muerte (aquí, como en otras muchas cosas, Westeros no se parece un carajo a la vida real. Denle clic). Lo que sí vale la pena poner sobre la mesa es por qué seguimos viendo esta serie. En la era de la pornografía inmediata, me niego a creer que los desnudos tienen algún peso con el género masculino. Quizás necesitábamos una historia pesimista, porque sospechamos que en la Tierra, como en Westeros, nada se resuelve. Y en eso sí se parece la fantasía de Martin a nuestro mundo. Pero no necesito que él me lo diga en siete mil páginas. Aquí tengo el periódico de hoy.

LETRAS LIBRES






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