viernes, 21 de julio de 2017

García Márquez / La mujer que escribió un diccionario

La mujer que escribió un diccionario


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
10 FEB 1981


Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años.María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.
María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero". De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner's Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablan do del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de febrero de 1981
EL PAÍS

García Márquez / Un diccionario de la vida real


Un diccionario de la vida real



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

18 NOV 1981

Hace cuatro años fue llevado a París el cuerpo momificado del faraón egipcio Ramsés II para ser sometido a un examen médico que determinara la naturaleza y el remedio de una floración parasitaria que amenazaba con destruirlo. Puesto que era el cadáver del monarca de un país con el que Francia tiene buenas relaciones, el presidente de entonces, Valéry Giscard d'Estaing, lo recibió en el aeropuerto con honores militares. Pero no fue ese el problema más difícil que planteó el examen del cuerpo, sino otro menos convencional y tal vez sin solución: las vísceras estaban rellenas con una especie de aserrín de diversas materias vegetales, y entre ellas, picadura de hojas de tabaco. Aquel descubrimiento parecía un disparate histórico. En efecto, Ramsés II murió en 1235 antes de Cristo. Es decir, hace 3.000 años, y es una verdad aceptada por todo el mundo que el tabaco fue descubierto por Cristóbal Colón y llevado por él a Europa después del descubrimiento de América. El hecho de que un faraón milenario lo tuviera en las vísceras, sin embargo, ha puesto a pensar en la posibilidad de que los egipcios conocieran el tabaco, pero no para fumarlo, sino para usos medicinales, y muy en concreto para embalsamar a esos faraones que creían seguir vivos mientras se conservara su cuerpo.
Esta información sorprendente, que no recuerdo haber leído en la Prensa, la he encontrado en un diccionario a la vez curioso y divertido que compré hace poco por casualidad. Se llama ¿Desde cuándo?y, es el catálogo del origen de ochocientos objetos y costumbres de la vida cotidiana, escrito por el francés Pierre Germa. Alguna vez oí decir que Aldous Huxley había leído hoja por hoja los casi treinta volúmenes de la enciclopedia británica, y durante años soñé con repetir esa proeza agotadora y fructífera. Ahora he tenido un premio de consolación: en una noche he leído este diccionario de la vida diaria con la misma tensión y el mismo placer con que se lee una novela de misterio.
En la escuela primaria me llamaba la atención que los maestros atribuían a los chinos la invención de las cosas más fantásticas, además de la pólvora y la brújula. He vuelto a recordarlo porque los sabios que estudiaron la momia de Ramsés II supieron que tal vez el tabaco había llegado a Egipto desde China, y que fue de allí de donde pasó a nuestras Américas. En cambio, el diccionario de orígenes dice que los cristales para corregir los defectos de la visión fueron enunciados en el año 990 por el físico árabe Ibn al Haytam, pero que no fueron tallados para anteojos hasta 1285 por los vidrieros italianos. Sin embargo -y tal vez por una deformación inculcada por mis maestros de la escuela primaria- yo estaba convencido de que también los anteojos habían sido inventados en China. No tengo a la mano El libro de las maravillas del mundo, de Marco Polo, pero me parece que era él quien lo decía, y su viaje de veinte años por el Oriente remoto terminó en 1292.
Los datos más interesantes se refieren al progreso de la ciencia, y sobre todo de la medicina. Es bueno saber que Juno, la esposa de Júpiter, en su Olimpo fue la primera protagonista de un parto sin dolor, gracias a las virtudes narcóticas de la lechuga. También es bueno recordar una vez más que la operación de cesárea no se llama así por Cayo Julio César, como tantas veces se ha dicho sin fundamento. En realidad, se practicaba desde tiempos inmemoriales en mujeres que morían cuando estaban a punto de dar a luz, y de ese modo se salvaba la vida del hijo. La primera cesárea en una mujer viva la hizo en el año 1500 un castrador de cerdos de Shiegerhasen, en Thurgovia, suizo, después de que los médicos y parteras del lugar declararon que el parto de su esposa era imposible. El hombre, que se llamaba Jaeques Nufer, le abrió el vientre con su cuchillo de castrador, la remendó con hilos de coser, sin ninguna clase de anestesia y, tanto ella como el hijo vivieron muchos años.
En 1667 -cuenta este diccionario alegre- el colegio de medicina de Londres le pagó veinte chelines a un loco para que se dejara hacer una transfusión de sangre de cordero. No era la primera vez que se intentaba, pero las transfusiones habían sido prohibidas pocos años antes en Inglaterra, porque eran muy pocos quienes sobrevivían. Sin embargo, el loco no sólo asimiló muy bien la sangre del cordero, sino que un testigo de la época declaró que la transfusión le había transformado en un hombre diferente.
Uno de los artículos más notables es el de los métodos anticonceptivos. Se habla allí de una receta encontrada en un papiro egipcio, que es un emplasto a base de caca de cocodrilo y goma arábiga, y cuya eficacia era absoluta si se le colocaba bien en el fondo de la vagina. Este método me recordó al más primitivo que encontré cuando tuve que ponerlo al servicio de un personaje de novela. Eran unas cataplasmas de mostaza cuyos vapores debían ser recibidos en la vagina poco antes de hacer el amor, y que al parecer se usaban más de lo que uno se cree en América Latina por los tiempos de las guerras civiles del coronel Aureliano Buendía, cuatro siglos después de que el anatomista italiano Falopio perfeccionó el preservativo con tripas de cordero. También leyendo esto recordé un cuento que circuló en Cuba por la década de los sesenta, y cuya veracidad no he logrado comprobar en mis frecuentes viajes a ese país. Se dice que Cuba le compró a China varios millones de preservativos, pero que éstos eran tan pequeños que los cubanos se los ponían muertos de risa en el dedo meñique. Al parecer, muy pronto fueron retirados del comercio, y por último los pintaron de colores y los usaron inflados como globos para las fiestas de carnaval.
En fin, el diccionario de orígenes nos cuenta con precisión y gracia quién inventó la máquina de lavar, dónde se construyó el primer faro, en qué mar navegó el primer petrolero, desde cuándo se usa el aceite de ricino, quién fue el primer hombre que se lanzó en paracaídas, y tantas cosas más que apenas caben en su orden alfabético. A los escritores les gustará saber, por ejemplo, que una de las máquinas de escribir construidas en el siglo pasado se llamaba "el piano de escribir", y que su cliente más entusiasta fue el escritor Mark Twain. Se preguntarán sin duda -porque el diccionario no lo dice- qué se hizo de la máquina de escribir en chino, que según se dijo hace muchos años había sido inventada por el escritor americanizado Lin Yutang. Les gustará saber que el corsé de varillas de acero fue muy popular en el siglo XIX, a pesar de que era tan incómodo y peligroso que en algunos casos podía causar la muerte. Pero hay que decir -señala el diccionario- que las mujeres de Estados Unidos no dejaron de usarlo por ese riesgo, sino como respuesta a un llamado que les hizo el Gobierno en 1917 para que contribuyeran con sus varillas metálicas al esfuerzo patriótico de la primera guerra mundial. De ese modo se recuperaron 28.000 toneladas de acero, que alcanzaron para construir dos acorazados de la época.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de noviembre de 1981


García Márquez / La vaina de los diccionarios



La vaina de los diccionarios


Uno de los placeres de la vida es encontrar las imbecilidades de los diccionarios. Para mí, en especial, constituyen una cierta forma de venganza contra el destino, porque mi abuelo el coronel me enseñó desde muy niño que los diccionarios no sólo lo sabían todo, sino que además no se equivocaban nunca. El suyo, que era un mamotreto muy viejo y ya a punto de desencuadernarse, tenía pintado en el lomo un Atlas corpulento con la bola del mundo sobre los hombros. "Esto quiere decir que el diccionario tiene que cargar con el mundo entero", me decía mi abuelo, a quien, sin duda, no se le ocurrió nunca buscar la nota sobre Atlas en el propio diccionario. De haberlo hecho, se habría dado cuenta de que ese dibujo era un error muy grave. Atlas, en efecto, era uno de los titanes de la mitología griega que provocó una guerra contra los dioses, por lo cual lo condenó Zeus a sostener el firmamento sobre sus espaldas.El firmamento, por supuesto, y no el mundo, como estaba dibujado en el lomo del diccionario, porque ni el propio Zeus sabía en sus tiempos que la Tierra era redonda como una naranja.
En todo caso, el hábito de mi abuelo de consultar para todo el diccionario se me quedó a mí para siempre, y debieron pasar muchos años antes de que descubriera con mi propia alma que no sólo los diccionarios no lo saben todo, sino que además cometen equivocaciones, casi siempre muy divertidas. Con el tiempo he terminado por confiar más en mi instinto del idioma, tal como se oye en la calle, y en las leyes infalibles del sentido común. De todos modos, consulto siempre el diccionario, pero no antes de escribir, sino después, para comprobar si estamos de acuerdo.
El otro día, después de decidir, por mi cuenta y riesgo, que se puede decir pitoniso cuando el vidente es un hombre, descubrí que ningún diccionario incluye la palabra, aunque ninguno la prohíbe. El de la Real Academia la define así: "Sacerdotisa de Apolo que daba los oráculos en el templo de Delfos, sentada en el trípode". Una pizca de sentido común permitía pensar que la palabra no existe en masculino, porque eran mujeres quienes hacían en el templo de Delfas el hermoso oficio de adivinas, pero que nada se oponía a que se les llamara pitonisos si hubieran sido hombres, como los hay tantos en nuestro tiempo y, sobre todo, en nuestros medios de la Prensa.
En cambio, hay errores imperdonables en los diccionarios. El más escandaloso de ellos me parece el de la inolvidable María Moliner, en su Diccionario de uso del español, cuando define la palabra día: "Espacio de tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra". En primer término, siempre me ha resultado incómodo que se diga espacio de tiempo. No; o es espacio o es tiempo, porque, aunque sean magnitudes conjugadas, son dos cosas bien distintas. Pero lo que ahora me interesa no es eso, sino la barbaridad de que sea el Sol el que da la vuelta completa alrededor de la Tierra, y no ésta sobre sí misma, como nos enseñaron en la escuela. El error, al parecer, tiene su origen en el diccionario de la Real Academia Española, que define el día de este modo: "Tiempo que el Sol emplea en dar, aparentemente, una vuelta a la Tierra". La precaución del aparentemente no resuelve el enigma, porque no queda claro si los reales académicos quisieron decir que la cosa parece así, aunque en realidad no lo sea, o si quisieron decir que ellos no lo saben a ciencia cierta. De todos modos, el modesto Petit Larousse, que no se da ínfulas de nada, trae una deflinición diáfana: "Tiempo que tarda la Tierra en dar la vuelta sobre sí misma".
A veces, los diccionarios se dan cuenta de que han hecho el ridículo, y lo corrigen en una edición posterior. Eso le ocurrió al de la Real Academia con la famosa e inefable definición de perro: "Mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, pero siempre con la cola de menor longitud que las patas posteriores, una de las cuales levanta el macho para orinar". Se prestó a tantas burlas esta precisión excesiva -y entre ellas una muy feroz e inteligente de Guillermo Cabrera Infante en su novela Tres tristes tigres-, que en las ediciones más recientes del diccionario de la Real Academia ya los perros no levantan la pata posterior para orinar, aunque sigan haciéndolo en la vida real.
Otra cosa que me inquietó siempre del diccionario de la Real Academia es la definición de los colores. Amarillo: "Del color semejante al del oro, el limón, la flor de la retama, etcétera". A mi modo de ver las cosas desde la América Latina, el oro era dorado, no conocía las, flores de la retama, y el limión no era amarillo, sino verde. Desde antes me había llamado la atención el romance de García Lorca: "En la mitad del camino cortó limones redondos,/ y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro".
Necesité muchos años para viajar a Europa y darme cuenta de que el diccionario tenía razón, porque, en realidad, los limones europeos son amarillos.
Sin embargo, me parece justo decir que, en medio de tantos tropiezos, hay un gran escritor escondido en la Real Academia, y es el que ha escrito las definiciones de las plantas. Todas son excelentes, de una andadura elegante, pero, en especial, la de una planta con la cual tengo un pleito pendiente desde la infancia, porque me la daban en ayunas como vermífugo. Me refiero al paico, pazote o epazote, que viene definido así en el diccionario de la Real Academia: "Planta herbácea anual, de la familia de las quenopodiáceas, cuyo tallo, asurcado y muy ramoso, levanta hasta un metro de altura, tiene las hojas lanceoladas, algo dentadas y de color verde oscuro; las flores, aglomeradas en racimos laxos y sencillos, y, las semillas, nítidas y de margen obtusa. Toda la planta despide un olor aromático, y se toman en infusión, a manera de té, las flores y las hojas. Oriunda de América, se ha extendido mucho por el Mediodía y el centro de Europa, donde se encuentra como si fuese espontánea entre los escombros de los edificios".
Hay, por supuesto, una dimensión de las palabras que los diccionarios no pueden establecer, y es la de su significado subjetivo. Hace algunos meses, mi amigo Argos, en su columna inclemente de El Espectador, de Bogotá, se preguntaba qué diferencia hay entre un barco y un buque. El diccionario de la Academia describe el buque de este modo: "Barco con cubierta que por su tamaño, solidez y fuerza, es adecuado para navegaciones o empresas marítimas de importancia". Esto permite preguntarse, en primer término, qué empresas marítimas puede acometer un buque sin tener que navegar, puesto que las dos funciones las establece el diccionario como diferentes. Y permite pensar, en segundo término, que un buque no sirve para empresas fluviales, porque sólo se dice que sirve para empresas marítimas. Pero lo importante está dicho, y es que un barco es un buque. Sin embargo, para mí hay una diferencia subjetiva que me obliga a utilizar ambas palabras con un sentido diferente. En casa de los abuelos, los barcos eran sólo los de mar, como los que transportaban el banano desde Santa Marta hasta Nueva Orleans. En cambio, los buques eran los del río Magdalena, con dos chimeneas, alimentados con leña e impulsados con una rueda de madera en la popa. Para ambos, de todos modos, había un nombre genérico: vapor.
Otra cosa que se preguntaba Argos, el otro día, era el significado exacto del verbo perecer, a propósito de un herido a puñaladas que, según se dijo, pereció unas horas después en el hospital. A Argos no le parecía correcto, pero no sabía por qué, y a mí tampoco me parece, y yo tampoco sé por qué. Hay un instinto del idioma que indica, sin lugar a dudas, que los enfermos de los hospitales no perecen, sino que se mueren, cualquiera sea el motivo, a menos que les caiga el techo encima. En cambio, una persona puede haber perecido en una catástrofe aérea, si fue esa la causa de su muerte, aunque ésta haya ocurrido, en realidad, varios días después en el hospital. Casi me atrevería a decir que el acto de perecer puede no ser simultáneo con el de morir, aunque el uno tiene que ser consecuencia del otro. Pero, por fortuna, yo no soy diccionario para atreverme a decir tanto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de mayo de 1982

jueves, 20 de julio de 2017

García Márquez / Mi Hemingway personal

Ernest Hemingway

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


MI HEMINGWAY PERSONAL


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
29 JUL 1981


Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda el hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir. Por una fracción de segundo -como me ha ocurrido siempre me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de Prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante. sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooos, amigo». Fue la única vez que lo vi.

García Márquez / Hemingway en Cuba

Hemingway

Hemingway en Cuba


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
27 OCT 1982


Ernest Miller Hemingway llegó por primera vez a La Habana en abril de 1928, a bordo del vapor francés Orita, que lo llevó de Le Havre a Cayo Hueso en una travesía de dos semanas. Lo acompañaba su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, con quien se había casado apenas diez meses antes, y ni él ni ella debían tener por aquella ciudad del Caribe un interés mayor que el de una escala tropical de dos días después del vasto océano y el bravo invierno de Francia. Hemingway tenía treinta años, había sido corresponsal de Prensa en Europa y chófer de ambulancias en la primera guerra mundial, y había publicado, con un cierto éxito, su primera novela. Pero todavía estaba lejos de ser un escritor famoso, y seguía necesitando un oficio secundario para comer y no tenía una casa estable en ninguna parte del mundo. Pauline, en cambio, era lo que entonces se llamaba una mujer de sociedad. Sobrina de un magnate norteamericano de los cosméticos, que la mimaba como a una nieta, lo tenía todo en la vida, inclusive la belleza estelar y el humor incierto de la esposa de Francis Macomber. Pero aquél no era su mejor abril. Estaba encinta y aburrida del mar, y el único deseo de ambos era llegar cuanto antes a Cayo Hueso, donde iban a instalarse para que Hemingway terminara su segunda novela: Adiós a las armas. De esas 48 horas de Hemingway en La Habana no quedó ninguna huella en su obra. Es verdad que en sus artículos de Prensa él solía hacer revelaciones muy inteligentes sobre los lugares que visitaba y la gente que conocía, pero entonces se había impuesto un receso como periodista para consagrarse por completo a escribir novelas. Sin embargo, seis años después escribió su primer artículo de reincidente, y era sobre un tema cubano. A partir de entonces escribió una media docena sobre su estancia en Cuba, pero en ninguno de ellos hizo revelaciones útiles para la reconstitución de su vida privada, pues se referían de un modo general a su pasión dominante en aquella época: la pesca mayor. "Esta pesca", escribió en 1956, "era en otro tiempo lo que nos llevaba a Cuba". La frase permite pensar que en el momento de escribirla, cuando ya Hemingway llevaba veinte años viviendo en La Habana, los motivos de su residencia eran más hondos o al menos más variados que el placer simple de pescar.

García Márquez / Un hombre ha muerto de muerte natural


Gabriel García Márquez

Un hombre ha muerto de muerte natural


En enero de 1983, sólo un mes después de haber recibido en Estocolmo el Premio Nobel, Gabriel García Márquez escribió una remembranza de su primera llegada a Ciudad de México, el 2 de julio de 1961. Allí, entre otras cosas, decía: "La fecha no se me olvidará nunca, porque al día siguiente muy temprano un amigo me despertó por teléfono y me dijo que Hemingway había muerto". De inmediato, el Nobel colombiano escribió una nota sobre la muerte, la vida y la obra de Hemingway, la cual apareció una semana más tarde en una revista mexicana. Titulada Un hombre ha muerto de muerte natural, la nota no volvió a aparecer en prensa periódica ni en libro, hasta ahora, con motivo del centenario de Hemingway que se celebra este mes.

miércoles, 19 de julio de 2017

García Márquez / Literatura sin dolor


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ



Literatura sin dolor


Hace poco incurrí en la frivolidad de decirle a un grupo de estudiantes que la literatura universal se aprende en una tarde. Una muchacha del grupo -fanática de las bellas letras y autora de versos clandestinos- me concretó de inmediato: "¿Cuándo podemos venir para que nos enseñe?". De modo que vinieron el viernes siguiente a las tres de la tarde y hablamos de literatura hasta las seis, pero no pudimos pasar del romanticismo alemán, porque también ellos incurrieron en la frivolidad de irse para una boda. Les dije, por supuesto, que una de las condiciones para aprender toda la literatura en una tarde era no aceptar al mismo tiempo una invitación para una boda, pues para casarse y ser felices hay mucho más tiempo disponible que para conocer la poesía. Todo había empezado y continuado y terminado en broma, pero al final yo quedé con la misma impresión que ellos: si bien no habíamos aprendido la literatura en tres horas, por lo menos nos habíamos formado una noción bastante aceptable sin necesidad de leer a Jean Paul Sartre. Cuando uno escucha un disco o lee un libro que le deslumbra, el impulso natural es buscar a quién contárselo. Esto me sucedió cuando descubrí por casualidad el Quinteto para cuarteto de cuerdas y piano, de Bela Bartok, que entonces no era muy conocido, y me volvió a suceder cuando escuché en la radio del automóvil el muy bello y raro Concierto gregoriano para violín y orquesta, de Ottorino Respighi. Ambos eran muy difíciles de encontrar, y mis amigos melómanos más cercanos no tenían noticias de ellos, de modo que recorrí medio mundo tratando de conseguirlos para escucharlos con alguien. Algo similar me está sucediendo desde hace muchos años con la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, de la cual creo haber agotado ya una edición entera sólo por tener siempre ejemplares disponibles para que se los lleven los amigos. La única condición es que nos volvamos a encontrar lo más pronto posible para hablar de aquel libro entrañable.
Por supuesto, lo primero que les expliqué a mis buenos estudiantes de literatura fue la idea, tal vez demasiado personal y simplista, que tengo de su enseñanza. En efecto, siempre he creído que un buen curso de literatura no debe ser más que una guía de los buenos libros que se deben leer. Cada época no tiene tantos libros esenciales como dicen los maestros que se complacen en aterrorizar a sus alumnos, y de todos ellos se puede hablar en una tarde, siempre que no se tenga un compromiso ineludible para una boda. Leer estos libros esenciales con placer y con juicio es ya un asunto distinto para muchas tardes de la vida, pero si los alumnos tienen la suerte de poder hacerlo terminarán por saber tanto de literatura como el más sabio de sus maestros. El paso siguiente es algo más temible: la especialización. Y un paso más adelante es lo más detestable que puede hacer en este mundo: la erudición. Pero si lo que desean los alumnos es lucirse en las visitas, no tienen que pasar por ninguno de esos tres purgatorios, sino comprar los dos tomos de una obra providencial que se llama Milibros. La escribieron Luis Nueda y don Antonio Espina, allá por 1940, y allí están resumidos por orden alfabético más de un millar de libros básicos de la literatura universal, con su argumento y su interpretación, y con noticias impresionantes de sus autores y su época. Son muchos más libros, desde luego, de los que harían falta para el curso de una tarde, pero tienen sobre éstos la ventaja de que no hay que leerlos. Ni tampoco hay que avergonzarse: yo tengo estos dos tomos salvadores en la mesa donde escribo, los tengo desde hace muchos años, y me han sacado de graves apuros en el paraíso de los intelectuales, y por tenerlos y conocerlos puedo asegurar que también los tienen y los usan muchos de los pontífices de las fiestas sociales y las columnas de periódicos.
Por fortuna, los libros de la vida no son tantos. Hace poco, la revista Pluma, de Bogotá, le preguntó a un grupo de escritores cuáles habían sido los libros más significativos para ellos. Sólo decían citarse cinco, sin incluir a los de lectura obvia, como La Biblia, La Odisea o El Quijote. Mi lista final fue ésta: Las mil y una noches; Edipo rey, de Sófocles; Moby Dick, de Melville; Floresta de la lírica española, que es una antología de don José María Blecua que se lee como una novela policíaca, y un Diccionario de la lengua castellana que no sea, desde luego, el de la Real Academia. La lista es discutible, por supuesto, como todas las listas, y ofrece tema para hablar muchas horas, pero mis razones son simples y sinceras: si sólo hubiera leído esos cinco libros -además de los obvios, desde luego-, con ellos me habría bastado para escribir lo que he escrito. Es decir, es una lista de carácter profesional. Sin embargo, no llegué a Moby Dick por un camino fácil. Al principio había puesto en su lugar a El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, que, a mi juicio, es una novela perfecta, pero sólo por razones estructurales, y este aspecto ya estaba más satisfecho por Edipo rey. Más tarde pensé en La guerra y la paz, de Tolstoi, que, en mi opinión, es la mejor novela que se ha escrito en la historia del género, pero en realidad lo es tanto que me pareció justo omitirla como uno de los libros obvios. Moby Dick, en cambio, cuya estructura anárquica es uno de los más bellos desastres de la literatura, me infundió un aliento mítico que sin duda me habría hecho falta para escribir.
En todo caso, tanto el curso de literatura en una tarde como la encuesta de los cinco libros conducen a pensar, una vez más, en tantas obras inolvidables que las nuevas generaciones han olvidado. Tres de ellas, hace poco más de veinte años, eran de primera línea: La montaña mágica, de Thomas Mann; La historia de San Michel, de Axel Munthe, y El gran Meaulnes, de Alain Fournier. Me pregunto cuántos estudiantes de literatura de hoy, aun los más acuciosos, se han tomado siquiera el trabajo de preguntarse qué puede haber dentro de estos tres libros marginados. Uno tiene la impresión de que tuvieron un destino hermoso, pero momentáneo, como algunos de Ela de Queiroz y de Anatole France, y, como contrapunto, de Aldous Huxley, que fue una especie de sarampión de nuestros años azules; o como El hombrecillo de los gansos, de Jacobo Wassermann, que tal vez le deba más a la nostalgia que a la poesía; o como Los monederos falsos,de André Gide, que acaso fueran más falsos de lo que pensó su propio autor. Sólo hay un caso sorprendente en este asilo de libros jubilados, y es el de Herman Hesse, que fue una especie de explosión deslumbrante cuando le concedieron el Premio Nobel en 1946, y luego se precipitó en el olvido. Pero en estos últimos años sus libros han sido rescatados con tanta fuerza como antaño por una generación que tal vez encuentra en ellos una metafísica que coincide con sus propias dudas.
Claro que todo esto no es preocupante sino como enigma de salón. La verdad es que no debe haber libros obligatorios, libros de penitencia, y que el método saludable es renunciar a la lectura en la página en que se vuelva insoportable. Sin embargo, para los masoquistas que prefieran seguir adelante a pesar de todo hay una fórmula certera: poner los libros ilegibles en el retrete. Tal vez con varios años de buena digestión puedan llegar al término feliz de El paraíso perdido, de Milton.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de diciembre de 1982





García Márquez / Historias perdidas


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


HISTORIAS PERDIDAS

Un joven de Checoslovaquia abandonó su país con el ánimo de hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, casado y rico, volvió a su pueblo natal, donde su madre y su hermana tenían un hotel. Sólo por hacerles una broma, el viajero dejó a su esposa en otro hotel del poblado y tomó una habitación en el hotel de la madre y la hermana, quienes no le reconocieron después de tantos años de separación. Su propósito, al parecer, era identificarse al día siguiente durante el desayuno. Pero a media noche, mientras dormía, la madre y la hermana lo asesinaron para robarle el dinero.

García Márquez / Pasternak, 22 años después


Boris Pasternak
Poster by T.A.

Pasternak, 22 años despues


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
19 OCT 1983


Se ha publicado por estos días la noticia de que, en Moscú se celebró un acto que puede considerarse como un homenaje casi oficial al escritor Boris Pasternak, premio Nobel de Literatura de 1958 y quien dos años después murió en una especie de exilio interior. El acto consistió en la lectura de algunos poemas suyos ante unas 500 personas, y la agencia de Prensa europea que dio la noticia precisó que había sido anunciado en los periódicos y en carteles murales, y que la mayoría de los asistentes eran jóvenes. La noticia -al contrario de muchas otras de índole semejante que las agencias occidentales nos mandan de aquellos mundos- merecía la atención que le fue prestada, pero faltó advertir que este aparente deshielo en tomo del gran poeta y novelista no es nada nuevo en la Unión Soviética, y que hace mucho tiempo que su nombre y su obra no son tan misteriosos ni conflictivos como en efecto lo fueron alguna vez. Hace ya varios años que un gran poeta de la generación penúltima -Andrei Voznessensky- publicó algunos de los poemas póstumos de Pasternak en una revista literaria, que como todas las de la Unión Soviética, por supuesto, era una revista oficial, y escribió para ellos una presentación en la cual se hablaba de sus virtudes sin la menor reticencia. También en esa ocasión las agencias de Prensa occidentales registraron el hecho como algo extraordinario, y también como si fuera el primero después del escándalo de su Premio Nobel.