martes, 29 de enero de 2008

Alejandro González Inárritu / No le tengo miedo al dolor

Alejandro González Inárritu

"No le tengo miedo al dolor"



A Alejandro González Iñárritu no le da miedo el dolor. Lo mira de frente y casi sin pestañear. Quizá porque el dolor más terrible, la pérdida de un hijo, ya lo ha vivido. Su trilogía como realizador -Amores perros, 21 gramos y Babel- es un poderoso testigo de ello. "El dolor es parte del proceso de la vida. En las sociedades occidentales, al tratar de evitar el dolor constantemente se está también evitando la alegría, la posibilidad de placer, la capacidad del gozo. Si le tememos tanto al dolor le estamos también negando la posibilidad al otro lado del dolor que es la capacidad de gozar. Yo no le tengo miedo al dolor. Es más, las películas que contienen unas ciertas dosis de dolor me gustan porque me parece que son más vitales", aseguraba el director mexicano en el último Festival de Cine de San Sebastián, donde presentó Babel, su último largometraje, que se estrena hoy en España y con el que ya ha conseguido situarse como uno de los favoritos de los Globos de Oro, con siete candidaturas.

"Me gusta jugar a la posibilidad de fallar, y eso fue lo que me gustó de Brad Pitt"
Rodado en el transcurso de un año en Marruecos, Japón y la frontera entre México y Estados Unidos y en cuatro idiomas, Babel narra cómo un incidente trágico que sufre una pareja de ciudadanos norteamericanos en Marruecos desencadena una serie de acontecimientos que afectan a cuatro familias en diferentes países.
Protagonizado, entre otros, por Brad Pitt, Cate Blanchett y Gael García Bernal, el filme repite de nuevo, al igual que los dos filmes anteriores de González Iñárritu, el esquema de historias cruzadas. "Si el cine, a diferencia del teatro, te ofrece la posibilidad de explorar dimensiones distintas simultáneamente y fragmentadas, hay que sacar provecho de ello", defiende el realizador.


Tiene 43 años y llegó al cine tarde -empezó con 21 en la radio en México, donde durante cinco años lideró con éxito un programa de tres horas al día con música, entrevistas, historias y entretenimiento-, aprendiendo solo, "en la calle", como él mismo dice. "Yo iba al océano y me distraje en muchos ríos", explica sobre su salto al cine. "Ser cineasta es como ser torero, es muy duro, una forma de vida, una actitud. Se requiere de una fortaleza muy especial, emocional, intelectual, física. El cine, para mí, es la vida. Considero que mis películas son un testimonio de mi experiencia vital, con mis infinitas limitaciones y mis pocas virtudes. El cine que yo hago es una extensión de mí mismo. No es un proceso científico o intelectual, nace de lo que me quema en el estómago. Yo hago cine de pedazos de vida. Es una necesidad vital y no un proyecto calculado, racional, científico, metodológico", explica este ex locutor de radio, hablador y brillante, que con sólo tres largometrajes es ya una referencia en el panorama cinematográfico internacional y a quien Cannes, el gran festival de festivales, premió en la última edición con el galardón al mejor director por Babel.
Iñárritu asegura que "cada cineasta tiene una sombra y en cada proyecto aparece esa sombra". Su sombra la dejó en México DF pero la proyectará allá donde vaya durante toda su vida -"mi perspectiva y mi vida en la Ciudad de México nunca se desprenderá". Por eso, Babel,dice Iñárritu, sería muy diferente si la hubiera hecho un "primermundista". "Mi mirada siempre será desde una latitud, pero no geográfica, sino de experiencia vital", explica. Esa sombra extraordinaria la ha trasladado ahora a Los Ángeles, ciudad a la que se mudó cuatro días antes del 11-S. "Ahorita todo suena bien bonito, pero en esos días el país cambió, nos sacaron todas las banderas norteamericanas y a mí me veían con cara de turco. Fue bien difícil para mí y para mis hijos", recuerda este realizador que entonces se encontraba en pleno proceso de desarrollo del guión de 21 gramos.

Es consciente de que ha perdido muchas cosas con su traslado a Estados Unidos, pero también de que ha encontrado la incomodidad, muy diferente de la mexicana, que le es tan necesaria para crear. "En Los Ángeles he encontrado vulnerabilidad, me ha despertado, me ha cuestionado, me ha puesto en perspectiva, me ha sacado de una zona de confort, de mi área segura, me he sumergido en una sociedad diversa, compleja, contradictoria que, aunque no es fácil como persona, como artista es un caldo lleno de posibilidades que te despierta, te estimula y te incomoda. A mí, Babel no se me ocurre cuando voy al bosque o estoy bajo el sol, ahí no necesito pensar o crear. El acto de crear proviene de una necesidad de escapar de una realidad. Por eso, la Ciudad de México era tan rica para crear, porque yo creo lo mejor en medio del estrés, en medio de un tráfico espantoso, fumando un cigarro con un calor de las dos de la tarde y con el de al lado echándome humo y la gente gritando a mi alrededor. Ahí es donde yo tengo algo que hacer", añade.
Iñárritu se permitió un capricho. El capricho de incluir en el reparto deBabel al actor Brad Pitt, quien, junto a Cate Blanchett, interpretan a un matrimonio norteamericano de viaje en las lejanas arenas del desierto de Marruecos. "Sabía que iba en contra de las expectativas generadas con mis dos anteriores filmes, que me iban a criticar por contratarle, que dirían que ya me había vendido al glamour de Hollywood. Pero es que a mí me gusta hacer el casting en contra de lo que todo el mundo espera. Me gusta jugar a la posibilidad de fallar y eso fue lo que más me gustó de Brad. Todo esto iba a favor de lo que se habla en la película que son los prejuicios. Mezclar a un actor como Brad Pitt con gente corriente fue muy difícil en el sentido de que era como plantar una palmera en un bosque de pinos y hacer que esa palmera no pareciera palmera".



domingo, 6 de enero de 2008

Donald Barthelme / Estar de vuelta

Donald Barthelme



EL EXTRANJERO › FLYING TO AMERICA: 
45 MORE STORIES, DE DONALD BARTHELME
Estar de vuelta
Difícil de encontrar sus libros editados en castellano, acaban de aparecer en inglés 45 More Stories de Donald Barthelme, el escritor muerto en 1989 que sigue siendo el rey de la literatura posmoderna norteamericana.

Flying to America: 45 More Stories

Donald Barthelme

Edición de Kim Herzinger
Shoemaker Hoard, 2007
331 páginas

DOMINGO, 6 DE ENERO DE 2008

Una de las frases más felices –y tristes, y certeras– de William Burroughs es “Se le dice a algo experimental cuando el experimento salió mal”.
Donald Barthelme soportó con resignada entereza que se lo calificara como experimental hasta su prematura muerte en 1989 a los cincuenta y ocho años de edad. Tampoco le gustaba eso de “posmoderno” pero –en una entrevista– reconocía que “es menos feo y más descriptivo que ‘metaficción’ o ‘superficción’, supongo...”
Aquí y ahora, con la perspectiva de los años, poco y nada cuesta calificar al perverso y polimorfo Barthelme (hasta su apellido podría soportar la hipótesis de varios orígenes diferentes y atención a su efecto en tándem, tan barthelmeano, junto al infantil y plumífero Donald como nombre de pila) como un clásico diferente. Un “absurdista” que –como Kurt Vonnegut y Richard Brautigan– hacía realismo desde coordenadas alternativas pero tan precisas como las de cualquier otro. De ahí que Barthelme –quien se sentía “encandilado por Beckett igual que Beckett se sentía encandilado por Joyce”– no vacilara en también declarar su admiración por colegas como John Cheever, Ann Beattie y John Updike luego de afirmar que lo suyo era, sí, “el fragmento como único formato confiable” y “el no saber” a dónde se llegaría cuando se empezaba a escribir siempre amparado por lo que él consideraba la herramienta más genial jamás desarrollada por el hombre: el rubber cement.
Y cuesta –y fascina– pensar que alguna vez, desde mediados de los ’60 hasta bien entrados los ’70, Barthelme no solo fue cabeza de canon sino también colaborador estrella de The New Yorker publicando allí sketches y relatos poco ortodoxos que no parecían corresponderse con el frente y perfil de hasta entonces tan narrativamente conservadora publicación. Los historiadores aseguran que el reinado popular de Barthelme (y de sus caballeros de irregular mesa redonda Robert Coover, John Barth y William Gaddis y William Gass entre otros, quienes depuesto su monarca se vieron obligados a marchar al exilio académico; de todos eso apenas la publicación de una nueva novela de Thomas Pynchon continúa hoy siendo considerada un acontecimiento literario) aconteció con la llegada del campesino Raymond Carver y sus escuderos del minimalismo. Puede ser, pero es una versión demasiado fácil. En cualquier caso, con el advenimiento de la siguiente dinastía –compuesta por Dave Eggers, George Saunders, Donald Antrim, Rick Moody, Aimee Bender, David Foster Wallace, el Douglas Coupland de La vida después de Dios, Shelley Jackson, el gran Ben Marcus y las canciones de They Migth Be Giants, por citar sólo a algunos– ha quedado demostrado que todavía arden los fuegos del Camelot de Donald I (y tal vez no sea casual que The King, novela póstuma de Barthelme de 1990, reimaginara el mito arturiano en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial).
Ahora, este Flying to America: 45 More Stories cierra el proyecto totalizador del abnegado súbdito Kim Herzinger quien ya había recopilado The Teachings of Don B: Satires, Parodies, Fables, Illustrated Stories and Plays (1992) y Not-Knowing: The Essays and Interviews (1997) –ambos a reeditarse a principios del 2008– complementando las antologías Sixty Stories (1982) y Forty Stories (1987), incluidas en el 2003 en la consagratoria colección Penguin Classics con respectivos prólogos del realista David Gates y el ya mencionados irrealista Dave Eggers unidos aquí por el incondicional humor de un talento tan irrepetible como el de Lawrence Sterne o Herman Melville.
Un gran deformador que –además de divertirse escribiendo– divertía mucho a quien lo leía y, como bien afirma Eggers, “continúa produciendo unas impostergables ganas de sentarse a crear como si enviara sobre tu cerebro toda una jungla de animales, de todas las especies y colores, gritando y defecando y fornicando”.
Dicho esto –considerados sus efectos– cabe pensar qué tipo de criatura era Barthelme. Se lo suele a arrimar a Kakfa (ahí está su cumbre novelística titulada The Dead Father, de 1975, y a la que podría calificarse como kafkiana pero à la Barthelme), a Borges (con sus juegos literarios y su manía referencial cut & paste como forma de apropiación) y a los parodistas como S. J. Perelman (imposible no mencionar su burla al primer Bret Easton Ellis, titulada “More Zero” y arrancando con un “Me estoy haciendo una raya de cocaína en el espejo retrovisor del BMW mientras Ashley conduce y no es fácil”). Pero no, en serio, Barthelme parece empezar y terminar en sí mismo sin que esto signifique renunciar a su alto poder radiactivo. Alguien que, cuando una vez le reprocharon su falta de orden narrativo, escribió: “Pidieron más estructura así que fuimos al galpón del fondo y sacamos un enorme cuadrúpedo peludo y lo dejamos sujeto en la puerta a fuerza de clavos de ferrocarril y golpes de martillo”.
Y allí está todavía.
Flying to America: 45 More Stories (con 30 de los cuentos que Barthelme no consideró dignos de su Top 60 o de su Top 40 pero que, igualmente, son muy buenos, más 12 jamás reunidos en forma de libro y tres inéditos) completa el círculo y concluye el largo viaje de piezas breves. Y permite asomarse (no es fácil hacerlo en nuestro idioma, los libros que en su momento editó Anagrama hoy son inhallables y la valiente edición en el 2004 de 40 relatos que hizo Reverso fue recibida sin bombos ni platillos; lo que hace pensar que no tiene demasiado sentido esperar la llegada de los 60 relatos) a una inteligencia diferente haciendo lo que Barthelme hizo como ninguno. El raro placer de un vanguardista que –como los verdaderos innovadores– parece sonreír en la retaguardia mientras los demás salen al encuentro del fuego amigo y poco amigo enarbolando las banderas de la más legal de las transgresiones. Porque pocas cosas hay menos revulsivas que andar haciéndose el loco. Hacerse el Barthelme, en cambio, es mucho más difícil porque hay que escribir desde el extremo más lejano e inalcanzable de la cordura absoluta, bajo el control total de lo impredecible. De ahí que Barthelme haya uno solo.
A principios del 2007, la patológicamente cool revista/libro McSweeney’s le dedicaba todo un número –invocando uno de sus títulos más famosos– con un Come back, Donald Barthelme.
Deseo concedido: Barhelme está de vuelta. Siempre lo estuvo
Aquí se incluye “Pages from the Annual Report”, lo primero que publicó bajo el seudónimo de David Reiner en 1989, y “Tickets”, lo último que publicó en vida en The New Yorker.
Aquí –en “Florence Green is 81”, el relato que abría el primero de los libros del autor– se nos confía que “Oh, no hay nada mejor que la conversación inteligente con la excepción de revolcarse en la cama con una chica desnuda o la tipografía Egmont Light Italic”.
Aquí –en el inconcluso “Pandemonium”, cuento en el que Barthelme trabajaba justo antes de morir– dos voces completan lo que quiere decir la otra sin llegar a ninguna parte.
Aquí, para el connoiseur, se asiste al revelador modo en que Barthelme canibalizaba sus propios textos y la manera magistral en que utilizaba la primera persona del plural como artefacto narrativo.
Aquí está, otra vez, la obra de aquel que –cuando le preguntaron por qué escribía así– repondió “Escribo así porque Samuel Beckett ya estaba escribiendo como él escribe cuando yo empecé a escribir”.
Aquí está el que dictaminó que “El objetivo de toda literatura es la creación de un extraño objeto cubierto con piel que te rompa el corazón”.
Algunos descorazonados dirán que Flying to America: 45 More Stories se trata de aquello que queda y se encuentra al fondo del barril.
De acuerdo: pero es un barril sin fondo.