domingo, 23 de julio de 2017

Los mejores libros en español de los últimos 25 años

Roberto Bolaño

Los mejores libros en español de los últimos 25 años

50 críticos, escritores y libreros de ambos lados del Atlántico eligen los hitos del último cuarto de siglo


28 OCT 2016 - 17:19 CDT




1. 2666 (2004) Roberto Bolaño escribió esta novela cuando se sabía sentenciado a muerte y se publicó un año después de su fallecimiento. Salvo quizá su enigmático titulo —el numeral de un año tan distante—, nada revela aquella brega; todo en este relato es la expresión jubilosa de una imaginación en estado de gracia: múltiple, rápida, nítida, juega con ecos de la literatura universal y otros de la propia vida. Es una cumbre de las letras posmodernas —aunque el adjetivo huela ya a puchero de enfermo—, pero lo cierto es que Bolaño es también un post del llamado boom latinoamericano. Su americanidad es quizá menos intensa pero más extensa, más universal: buena parte de su obra es un irónico diálogo con sus grandes antecesores. Las novelas buscan poner orden, pero el Orden es, en el fondo, un reconocimiento y hasta un tributo a la superioridad estética y epistemológica del Desorden y del Caos. '2666' se divide en cinco “partes” que se complementan y que convergen. Un apunte manuscrito (que se reproduce en la más reciente edición) enumera lo que llama las “líneas, puntos de fuga, folletones” que la vertebran. Como 'Los detectives salvajes', '2666' comienza como una 'quest' colectiva en la que vivir y leer se entrelazan; cuatro jóvenes y desorientados filólogos quieren saber más de un misterioso escritor alemán, Benno von Archimboldi, del que nadie sabe nada. Pero, a vueltas de sus erráticos pasos por el campus global, acaban por llegar (como al final de Los detectives…) al Estado mexicano de Sonora: a una ciudad que, bajo el nombre de Santa Teresa, oculta a Ciudad Juárez. En las dos “partes” siguientes rinden viaje en el mismo paraje un exiliado chileno, Óscar Amalfitano, profesor de filosofía al borde de la locura, y un periodista afroamericano, Oscar Fate, cuyo relato es el perfecto remedo de una novela negra clásica. El “folletón” final del libro cuenta la vida de aquel que todos buscan, el escritor Archimboldi, que es un animado cuento de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Que también desemboca en Santa Teresa porque su sobrino es quizá uno de los asesinos. Y en medio, ‘La parte de los crímenes’, narración escueta y sobrecogedora de los feminicidios que desde 1993 hicieron tristemente célebre el nombre de Ciudad Juárez. Ese volcán de horrores es el centro de convergencia de líneas, fugas y folletones. Y estas 400 páginas (de las que ningún lector sale indemne) dan sentido a las otras 800. Un personaje de '2666' dice que prefiere las obras breves a las desmesuradas (cita a Billy Budd frente a Moby Dick, hablando de Melville); Bolaño lo escribe porque, en su caso, pensaba lo contrario. No cabe duda de que es el relato más admirable del último cuarto de siglo. Quizá también lo sea del inmediatamente anterior y es muy posible que lo haya de ser del siguiente. / JOSÉ-CARLOS MAINER



2. La fiesta del chivo (2000) Los años han dado un lugar distinguido a 'La Fiesta del Chivo' en la obra de Mario Vargas Llosa. Junto a sus primeras novelas, clásicos de lectura obligada en la literatura del 'boom' latinoamericano de los años sesenta y setenta, esta novela, que inaugura su obra en el nuevo siglo, es una de las más vendidas hasta hoy, por encima de las posteriores. Y se ha ganado ese favor gracias a una estructura perfectamente engarzada, donde el desarrollo de las tres líneas argumentales se refuerza sostenidamente a un ritmo apasionante de 'thrille'r político e intriga dramática. El eje de esta ficción histórica gira en torno al cruel y endiosado “dueño” de un país sometido a sus antojos durante tres décadas. El general Rafael Leónidas Trujillo gobernó y esquilmó República Dominicana, donde se estima su responsabilidad en cerca de 50.000 muertes. 'La Fiesta del Chivo' se desarrolla a lo largo del último día de la vida del tirano –el 30 de mayo de 1961- y en paralelo relata en detalle las interioridades del complot definitivo para asesinarlo, combinado con la historia de Urania Cabral, víctima de abusos sexuales por parte del dictador. Pero es el conjunto, como patético retrato de un personaje despiadado en la tradición de novelas sobre dictadores latinoamericanos y el universo de rastreras fidelidades, ciega complicidad y codicia de los que se rodeó para ejercer el poder, lo que da ese perdurable interés a esta documentada obra sobre la llamada Era de Trujillo. / FIETTA JARQUE



3. Los detectives salvajes (1998) Puede decirse que 'Los detectives salvajes' es la más importante novela latinoamericana “total” que se ha escrito después del Boom, y posiblemente la última, su canto de cisne, pero es justo añadir también que para lograr eso hay que romper el rótulo “latinoamericano” y cambiarlo por universal. El tema de la novela (y de ahí el guiño policial del título) es tan universal y trascendente como la búsqueda. Arturo Belano y Ulises Lima son tan “detectives” como podrían serlo Edipo o Hamlet. Buscan una verdad. Solo que la verdad de estos detectives literarios no es una vuelta al orden, sino una verdad “salvaje”. Quieren encontrar el principio de todas las rupturas y todas las vanguardias, es decir el principio mismo de la pulsión poética, encarnada en una poeta casi analfabeta llamada Cesárea Tinajero. En esa poeta desconocida anida el fuego inextinguible de la poesía, que es la ruptura. Por tanto, para encontrarla no se necesita romper solo el lenguaje y aplicarse en la vanguardia (el tema central de la primera parte de la novela, el diario de García Madero) sino también sacrificar la vida misma, como lo hizo Rimbaud, pues no hay hallazgo sin extravío. Así, la segunda parte de la novela busca reconstruir, de manera coral y cual sofisticado rompecabezas, los años perdidos de Belano y Lima. Para eso reconstruye los diferentes dialectos latinoamericanos de decenas de personajes secundarios, un carrusel de lenguaje y destreza narrativa que sin duda es lo mejor que se ha escrito en castellano en las últimas décadas. / IVÁN THAYS


4. Tu rostro mañana (2002) Releída ahora, aún asombra más (si cabe) la torrencial fuerza narrativa de 'Tu rostro mañana': desde el deslumbrante arranque que perfila el conflicto del narrador y protagonista, a los sucesivos círculos en que se despliega la novela y que incluyen episodios históricos poco transitados. Jacobo Deza se incorpora a un grupo ya residual que en su día formó parte del servicio de espionaje británico MI6 y tiene como tarea mirar para informar y contar, averiguar lo que aún no es y darle un sentido, buscar reflejos, huellas lejanas, de lo que la gente "entrevistada" llegará a ser: "conocer hoy sus rostros", saber de qué serán capaces. Deza será un intérprete de personas, un traductor de vidas, un anticipador de historias. Esta tarea obliga a una reflexión moral y propicia una indagación en torno al hecho de contar, aparejada a una meditación sobre el tiempo y sus contenidos. Y todo ello, sumado a la admirable y libérrima orquestación compositiva, y a una narración poliédrica, que quiebra de continuo la línea argumental a base de rodeos y desvíos, digresiones, pausas reflexivas, incisos y encadenamientos, reminiscencias o anticipaciones, muy bien resueltas literariamente, convierten Tu rostro mañana en lo que es: una ficción que perdura. / ANA RODRÍGUEZ FISCHER


5. Bartleby y compañía (2000) 'Bartelby y Co. es el equivalente literario de 'Esto no es una pipa', de Magritte. Bajo la apariencia de una elegante ficción narrada por un jorobado lector sin éxito con las mujeres, el libro de Vila-Matas es una extendida y sutil meditación sobre el propósito de la literatura, elaborada a través de autores que se negaron (tal el Bartelby de Melville) al acto de escribir. Como el 'Pierre Menard, autor del Quijote', de Borges y 'Rayuela', de Cortázar, 'Bartelby y Co'. marca una nueva victoria en la prolongada guerra contra la tradicional autoridad del escritor. / ALBERTO MANGUEL


6. La novela luminosa (2005) Levrero escribe sobre la escritura como frustración, cotidianidad, peldaño hacia la luz, práctica religiosa, conjuro frente a la muerte, dolencia, grafomanía… Libro dentro del libro, La novela luminosa es el resultado del 'Diario de la beca': la primera es un breve ángel de Chagall con varices y el segundo el entrenamiento de un deportista. Levrero habla del auténtico escritor disolviendo el límite entre autobiografía y ficciones con misticismo, símbolos de pájaro y humor. La autocontemplación hipocondriaca de Levrero aborda con reverencia e irreverencia simultáneas el discurso literario. Se solidifica la escritura de un devoto que cuestiona a Dios, y sabe que el letraherido se parece al enfermo. Que los enfermos disfrutamos de la fiebre. / MARTA SANZ


7. Soldados de Salamina (2001) Recuerdo a Carlos Castilla del Pino comentar, a los pocos días de publicarse la novela: “Este libro será un best seller”. Y, efectivamente, lo fue: un millón de ejemplares vendidos da mucho que pensar. ¿Por qué? Porque Javier Cercas inauguraba una nueva forma de novelar la guerra civil española no solo ahondando en la humanidad sufriente de los soldados, de uno y otro bando, que no tuvieron a nadie que los recordara después de muertos, sino construyendo su relato como una búsqueda de la verdad, prescindiendo de los apriorismos ideológicos. Un soldado republicano pudo matar a un militar fascista, pero no lo hizo. Cercas, a ese soldado que tiene un gesto de piedad lo erige en héroe. Y los lectores hicieron lo mismo. / ANNA CABALLÉ


8. Borges (2006) "Come en casa Borges", la entrada más repetida de sus 1663 páginas, se convirtió en talismán para devotos y detractores de este libro único. Crónica de una de las amistades literarias más prolíficas del siglo XX (la que unió a los Premios Cervantes Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares entre 1931 y 1987), 'Borges' es, a la vez, una biografía atípica surgida de sobremesas casi taquigrafiadas y la edición posterior de los diarios que Bioy llevó por más de medio siglo, el fresco de una época y un texto de oralidad inolvidable, que aquilata ocurrencias de uno de los autores más geniales que dio el castellano. Sus diálogos destilan agudeza, malicia y cotilleos, erudición y sobre todo, pasión por la escritura. Vale releerlo al azar, como quien consulta el I Ching. / RAQUEL GARZÓN


9. Corazón tan blanco (1992) 'Corazón tan blanco' es una novela sobre el secreto, o, dicho con palabras menos elusivas, sobre la necesidad del engaño y la mentira en las relaciones sentimentales. Y es una novela, como todas las de Marías, sobre el modo en el que el azar o la fatalidad –“no he querido saber, pero he sabido”, dice en el prodigioso arranque del libro– construyen nuestra vida. En Corazón tan blanco toma forma ya definitiva esa escritura imantada, de ritmo esférico, con la que Javier Marías le corta la huida al lector y le presenta sin descanso conflictos morales o existenciales siempre irresolubles. Una obra maestra que creó escuela. / LUISGÉ MARTÍN


10. Rabos de lagartija (2000) La gran novela del último Marsé. De nuevo en el territorio de la inmediata posguerra, de nuevo bajo la mirada adolescente, de nuevo pintando con una sensibilidad y exigencia extremas que muestran los tristes y sucios colores de la pobreza, del miedo, de la represión y las gentes sometidas y maltratadas, Marsé acude a la luz de la imaginación y de la fantasía para iluminar el dolor de unas vidas truncadas con una intensidad, una compasión y una lucidez implacables. Utilizando una mezcla de tiempos atrás y adelante que van montando las escenas en la imaginación del lector y con una arriesgada apuesta por las voces narradoras resuelta con pulso maestro, el autor acude una vez más a su cita con la realidad de la esperanza violentamente arrebatada a los sentimientos y las ilusiones de unos personajes criados en la imperdonable charca del nacionalcatolicismo. / JOSÉ MARÍA GUELBENZU


11. La grande (2005) Esta novela inconclusa muestra que Saer concebía su tarea como asedio del arte. Inesperada obra autobiográfica, la escribió mientras enfermaba y moría. Leída hoy, casi se asiste al despliegue de la escritura como mecanismo de recuperación de la infancia. Un personaje retorna y emergen el padre sirio, el campo de los inmigrantes, la juventud de los otros, los cadáveres vivientes de amigos y amores. / NORA CATELLI


12. Anatomía de un instante (2009) Primero se ganó el favor de los lectores, después se alzó con el Premio Nacional de Narrativa 2010. 'Anatomía de un instante', la novedosa aproximación de Javier Cercas al golpe de Estado del 23-F, es un juego magistral entre realidad y ficción que mantiene a los lectores en vilo hasta el final con un hecho histórico de desenlace archiconocido. Una conquista solo al alcance de la mejor literatura. / M. M.


13. El desierto y su semilla (1998) En 'El desierto y su semilla', Baron Biza ha logrado extraer belleza de algo ante lo que cualquier otro solo podría sentir espanto: la reconstrucción del rostro de la madre del narrador, desfigurado por un chorro de ácido lanzado por su marido. Se instala una nueva lógica y hay que aprender su idioma: este es el principal mensaje que se nos transmite en la novela, con un tono desprovisto de sentimentalismo y a la vez dotado de una sensibilidad extrema. / MERCEDES CEBRIÁN



14. Crematorio (2007) Si las últimas novelas de Rafael Chirbes son una síntesis entre literatura social y literatura experimental, 'Crematorio' es el retrato perfecto de la España del pelotazo inmobiliario. Un año después de su publicación llegó la crisis. / J. RODRÍGUEZ MARCOS
15 Tinísima (1992) México es el principio y el fin de la literatura de Elena Poniatowska. Todo cabe bajo su cielo. Mujeres rotas y enteras. La muerte, el arte y la revolución. Eso son los puntos cardinales de la autora mexicana y todos ellos están en Tinísima, la desbordante reconstrucción de la vida de la fotógrafa y revolucionaria Tina Modotti (1896-1942). / JAN MARTÍNEZ AHRENS


16. La noche de los tiempos (2009) 'La noche de los tiempos' figura entre las grandes obras de Antonio Muñoz Molina y entre las fundamentales para entender la Guerra Civil. Apareció en mitad de los calores de debate sobre la memoria histórica. El autor realiza un muy honesto y cabal examen de conciencia republicano. En ese sentido, la obra es valiente y moralmente tan lúcida como irreprochable. No andaban los ánimos calmados entonces como para entenderla en toda su profundidad. Pero pasan los años y se consolida como uno de los referentes más sólidos de la literatura española contemporánea. / JESÚS RUIZ MANTILLA


17. El desbarrancadero (2001) Fernando Vallejo confiesa que no es novelista de tercera persona. “No sé qué piensan mis personajes”, dice. Por eso, cuando contó en esta novela la agonía de su hermano, enfermo de sida, y el desprecio hacia una madre a la que llama La Loca, los colombianos encontraron en estos personajes un epitafio para su país. / ANA MARCOS


18. La pesquisa (1994) Juan José Saer maduró largamente escribir una novela policial que no fuera de 'género'. Durante un viaje al litoral fluvial argentino, Pichón Garay, que vive en París, cuenta a sus amigos el caso del inspector Morvan. Una novela dentro de otra, una obra maestra. / EDGARDO DOBRY


19. Son memorias (2008) En Argentina, donde existe verdadera pasión por la historia del país, Tulio Halperin fue el historiador más admirado. En 'Son memorias' evocó sus años de infancia y juventud entre 1920 y 1955 mezclándolos con los acontecimientos más relevantes en ese periodo. / FRANCISCO PEREGIL


20. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993) Los pecios de Ferlosio contienen lo que queda de un largo trasiego ­entre las palabras y las cosas. ­Iluminaciones, guiños, hachazos… abren un surco para que penetre el veneno del conocimiento. / JOSÉ ANDRÉS ROJO


21. Fragmentos de un libro futuro (2000) Viaje al interior de las sombras para encontrar la luz, 'Fragmentos de un libro de futuro' se cerró con la muerte de su autor y quedó como testamento literario de Valente. Un libro atravesado por la muerte y los colores del otoño que recoge la cima de su canto. / JORGE MORLA


22 . Jamás el fuego nunca (2007) 'Jamás el fuego nunca' es el 'Pedro Páramo' de este siglo. Rulfo escribió el responso del orden patriarcal. Eltit escribe la elegía de la última pareja rebelde y fantasmática, cuya fe en el cambio se apaga entre el mercado y sus policías. / JULIO ORTEGA


23. Nubosidad variable (1992) Carmen Martín Gaite trata en '­Nubosidad variable' de uno de sus temas favoritos: la supervivencia a través de la escritura. Con esta ­novela, como con 'Usos amorosos de la posguerra española', conectó con el gran público. Su castellano es ­espléndido. / R. M.


24. Santa Evita (1995) 'Santa Evita' inventó la ficción mezclada con la realidad con tal potencia que ya no se sabe si la genial creación de Eloy Martínez es menos verdad que la realidad protagonizada por Eva Perón. Leerla es una lección para quienes buscan la raíz de las literaturas. / JUAN CRUZ


25. El día del Watusi (2002-2003) Tobogán entre el esperpento y la piedad, la fábula y el retrato social de la Barcelona de 1975 a 1995, tiempo para patear los barrios populares, los sueños juveniles cercenados por la droga, las falsas esperanzas de la turbia Transición o los cambalaches preolímpicos. Puro desencanto entre personajes de carácter de un narrador que desapareció prematuro. / CARLES GELI



sábado, 22 de julio de 2017

García Márquez / El mar de mis cuentos perdidos


EI mar de mis cuentos perdidos



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

25 AGO 1982


Durante muchos años quise escribir el cuento del hombre que se extraviaba para siempre en los sueños. El hombre soñaba que estaba durmiendo en un cuarto igual a aquel en que dormía en la realidad, y también en ese segundo sueño soñaba que estaba durmiendo, y soñando el mismo sueño en un tercer cuarto igual a los dos anteriores. En aquel instante sonaba el despertador en la mesa de noche de la realidad, y el dormido empezaba a despertar. Para lograrlo, por supuesto, tenía que despertar del tercer sueño al segundo, pero lo hizo con tanta cautela, que cuando despertó en el cuarto de la realidad había dejado de sonar el despertador. Entonces, despierto por completo, tuvo el instante de duda de su perdición: el cuarto era tan parecido a los otros de los sueños superpuestos, que no pudo encontrar ningún motivo para no poner en duda que también aquél era un sueño soñado. Para su gran infortunio, cometió por eso el error de dormirse otra vez, ansioso de explorar el cuarto del segundo sueño para ver si allí encontraba un indicio más cierto de la realidad, y como no lo encontró, se durmió a su vez dentro del sueño segundo para buscar la realidad en el tercero, y luego en el cuarto y en el quinto. De allí -ya con los primeros latidos de terror- empezó a despertar de nuevo hacia atrás, del quinto sueño al cuarto, y del cuarto al tercero, y del tercero al segundo, y en su impulso desatinado perdió la cuenta de los sueños superpuestos y pasó de largo por la realidad. De modo que siguió despertando hacia atrás, en los sueños de otros cuartos que ya no estaban delante, sino detrás de la realidad. Perdido en la galería sin término de cuartos iguales, se quedó dormido para siempre, paseándose de un extremo al otro de los sueños incontables sin encontrar la puerta de salida a la vida real, y la muerte fue su alivio en un cuarto de número inconcebible que jamás se pudo establecer a ciencia cierta. Durante mucho tiempo pensé que no había escrito este cuento de horror porque su parentesco con Luis Borges era demasiado evidente, pero además inferior a todos sus cuentos. Sin embargo, ahora que lo recuerdo y lo escribo, he caído en la cuenta de que el cuarto en que lo hago -con la máquina de escribir frente a una ventana por donde se mete sin permiso todo el mar Caribe- es un cuarto igual al que siempre quise para el sueño del cuento: cuadrado justo y de paredes lisas y sin color, con una sola puerta y una sola ventana, y ningún otro mueble distinto de la cama simple y la mesa de noche con un despertador que había de repetirse sin respiro en cada uno de los cuartos soñados, pero que había que soñar en el cuarto real. Ahora que lo veo en la realidad me he dado cuenta de que no era de Borges este cuento, sino de la estirpe más antigua y sobrecogedora de Franz Kafka. En todo caso, nunca lo escribí, y tal vez ése sea su mérito mayor.
No es el único que se quedó sin escribir, ni fue tampoco una excepción en el mundo de la literatura; la vida de los escritores está llena de las obras que nunca escribieron, y que tal vez en muchos casos hubieran sido mejores que las que se escribieron. Pero lo curioso es que ese reguero casi interminable de historias concebidas jamás nacidas constituyen para los escritores una parte invisible e importante de su obra: la parte que nunca verán en sus obras completas. También durante muchos años, y en una época posterior a la del cuento del hombre que se perdió en los sueños, soñé con escribir un cuento del cual sólo tenía el título: Eahogado que nos traía caracoles. Recuerdo que se lo dije a Alvaro Cepeda Samudio en una fragosa noche de la casa de amores de Pilar Ternera, y él me dijo: "Ese título es tan bueno que ya ni siquiera hay que escribir el cuento". Casi cuarenta años después me sorprendo de comprobar cuán certera fue aquella réplica. En efecto, la imagen del hombre inmenso y empapado que debía de llegar en la noche con un puñado de caracoles para los niños se quedó para siempre en el desván de los cuentos sin escribir. En cambio, perdí mucho tiempo tratando de escribir una vez y otra vez el cuento del hombre que descomponía las máquinas.
En cierto modo, éste era una nueva variación del asunto que más me ha obsesionado de un modo ineludible: las pestes. El hombre había llegado caminando a un pueblo de artesanos y había preguntado por alguien a un hombre que laboraba con un tractor. Sin remedio: el tractor no volvió a funcionar. Lo mismo ocurrió a la máquina de coser de la costurera a quien hizo la misma pregunta poco después, y a todas las máquinas de oficios diversos con cuyos propietarios tuvo algo que ver. Hice muchas versiones antes de que el ángel de la guarda, que tan mal se ocupa de los escritores tercos, me convenció de que no insistiera más, por la razón más simple del mundo: era un cuento muy malo.
Siempre creí, en cambio, que era muy bueno otro de los que tampoco pude escribir. Me refiero al que concebí en una enloquecedora tarde de tramontana en Cadaqués, el pueblo más hermoso y mejor conservado de la Costa Brava. Al cabo de tres días de aquel viento inclemente tuve de pronto la revelación deslumbrante de que jamás volvería a ese pueblo porque había de costarme la vida. El personaje de mi cuento debía padecer la misma obsesión durante muchos años, hasta que una noche de fiesta se la reveló a un grupo de amigos en Barcelona. Los amigos, con buena intención de aplicarle a su miedo una cura de burro, lo metieron a la fuerza en un automóvil y se lo llevaron esa misma noche a Cadaqués. El hombre hizo el viaje paralizado por la superstición, y cuando, por fin, vio las luces del pueblo desde la última curva de la montaña, logró zafarse de los amigos y se desbarrancó por un precipicio, incapaz de soportar el terror del regreso.
En ese estado se quedó para siempre el cuento de la muchacha que buscó durante muchos años al desconocido que la violó en un parque, hasta que ella misma descubrió que sólo quería encontrarlo porque no podía vivir sin él. Y el cuento de los niños que conspiraron para matar al rey y al fin lo consiguieron con un caramelo envenenado, y el cuento de los niños que mataron al compañero que lo sabía todo porque no podían soportar que supiera tanto. Hubo uno que terminé: el del hombre que se metió en una armadura de acero para asustar a sus amigos en una fiesta y nunca más pudo salir de ella, de modo que siguió viviendo en ella durante muchos años y se murió dentro de ella de una buena vejez. Estaba a punto de publicarlo cuando lo leyó un amigo providencial, y me hizo caer en la cuenta de que las armaduras de los guerreros no eran una pieza integral -como yo lo creía hasta entonces-, sino que se iban poniendo sobre el cuerpo pieza por pieza, como los trajes de luces de los toreros-. De modo que, como tantos otros, también este cuento naufragó para siempre, y con toda justicia, en el mar de los cuentos perdidos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de agosto de 1982





García Márquez / El amargo encanto de la máquina de escribir



El amargo encanto 

de la máquina de escribir


Los escritores que escriben a mano, y que son más de lo que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo. Ambos argumentos, desde luego, son de orden subjetivo. La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra. Se ha hecho mucha literatura barata sobre las diferencias entre un texto escrito a mano y otro escrito a máquina. Lo único cierto, sin embargo, es que la diferencia se nota al leerlos, aunque no creo que nadie pueda explicarlo. Alejo Carpentier, que era escritor a máquina, me contó alguna vez que en el curso de la escritura tropezaba con párrafos de una dificultad especial, que sólo lograba resolver escribiéndolos a mano. También esto es tan comprensible como inexplicable, y sólo podrá admitirse como uno más de los tantos misterios del arte de escribir. En general, yo pienso que los escritores iniciados en el periodismo conservan para siempre la adicción a la máquina de escribir, mientras quienes no lo fueron permanecen fieles a la buena costumbre escolar de escribir despacio y con buena letra. Los franceses, en general, pertenecen a ese género. Hasta los periodistas: hace poco, en Cancún, me llamó la atención encontrar al director del Nouvel Observateur, Jean Daniel, escribiendo a mano su nota editorial con una caligrafía perfecta. El famoso café Flore, de París, llegó a ser uno de los más conocidos de su tiempo porque allí iba Jean Paul Sartre todas las tardes a escribir las obras que todos esperábamos con ansiedad en el mundo entero. Se sentaba muchas horas con su cuaderno de escolar y su estilógrafo rupestre, que muy poco tenía que envidiar a la pluma de ganso de Voltaire, y tal vez no era consciente de que el café se iba llenando poco a poco de los turistas de todas partes que habían atravesado los océanos sólo por venir a verle escribir. Sin embargo, no había necesidad de verlo para saber que era una obra escrita a mano.
En cambio, es difícil imaginar a un norteamericano que no escriba a máquina. Hemingway, hasta donde lo sabemos por sus confesiones y las infidencias de sus biógrafos, usaba los dos sistemas -como Carpentier-, y ambos del modo más extraño: de pie. En su casa de La Habana se había hecho construir un facistol especial en el que escribía con lápices de escuela primaria, a los cuales sacaba punta a cada instante con una navaja de afeitar. Su letra era redonda y clara, un poco dibujada, y de su oficio original de periodista le había quedado la costumbre de no contar por páginas el rendimiento de su trabajo, sino por el número de palabras. A su lado, en una mesa tan alta como el facistol, tenía una máquina de escribir portátil y, al parecer, en un estado más bien deplorable, de la cual se servía cuando dejaba de escribir a mano. Lo que no se ha podido establecer es cuándo y por qué usaba a veces un sistema y a veces el otro. En cuanto a la rara costumbre de escribir de pie, él mismo da una explicación muy suya, pero que no parece satisfactoria: "Las cosas importantes se hacen de pie", dijo, "como boxear". Hay el rumor de que sufría de alguna dolencia sin importancia pero que le impedía permanecer sentado durante mucho tiempo. En todo caso, lo envidiable no era sólo que pudiera escribir lo mismo a mano o a máquina, sino que pudiera hacerlo en cualquier parte y, al parecer, en cualquier circunstancia. Se sabe que alguna vez, en el curso de un combate, se fue a la retaguardia a escribir un despacho de Prensa sentado en el suelo y con el cuaderno apoyado en las rodillas. En su hermoso libro París era una fiesta, nos contó una radiante tarde de otoño en que estuvo en la librería de Silvia Beach esperando a que regresara James Joyce, y nos contó cómo caminó después hasta la brasería Lip y cómo permaneció allí escribiendo en una mesa apartada hasta que se hizo la noche, y el local se llenó, y ya no le fue posible escribir más.
No es frecuente que los escritores que escriben a máquina lo hagan con todas las reglas de la mecanografía, que es algo tan difícil. como tocar bien el piano. El único que yo he conocido capaz de escribir con todos los dedos y sin mirar el teclado, era el inolvidable Eduardo Zalamea Borda, en la redacción de El Espectador, en Bogotá, quien, además, podía contestar preguntas sin alterar el ritmo de su digitación virtuosa. El extremo contrario es el de Carlos Fuentes, que escribe sólo con el índice de la mano derecha. Cuando fumaba, escribía con una mano y sostenía el cigarrillo con la otra, pero ahora que no fuma no se sabe a ciencia cierta qué hace con la mano sobrante. Uno se pregunta asombrado cómo su dedo índice pudo sobrevivir indemne a las casi 2.000 páginas de su novela Terra nostra.
En general, los escritores a máquina lo hacemos con los dos índices, y algunos buscando la letra en el teclado, igual que las gallinas escarban el patio buscando las lombrices ocultas. Sus originales suelen estar plagados de enmiendas y tachaduras, y en un tiempo fueron el horror de los linotipistas, que tantos y tan útiles secretos del oficio nos enseñaron en la juventud, y que hoy han sido reemplazados por las hermosas mecanógrafas de la composición fotográfica, que ojalá nos enseñaran también otros tantos y apetitosos secretos de la vejez. Algunos originales eran tan difíciles de descifrar, que muchos escritores tenían que ser encomendados siempre a un linotipista de cabecera que conociera a fondo sus jeroglíficos personales. Yo era uno de aquellos escritores, pero no por lo intrincado de mis originales, sino por mis desastres ortográficos, de los cuales no estoy a salvo todavía en estos tiempos de gloria.
Lo peor es que cuando uno se vuelve mecanógrafo esencial ya resulta imposible escribir de otro modo, y la escritura mecánica termina por ser nuestra verdadera caligrafía. Hasta el punto de que hace falta la ciencia para interpretar el carácter de un escritor por las alternativas de la presión que ejerce sobre el teclado. En mis tiempos de reportero juvenil escribía a cualquier hora y en cualquiera de las máquinas paleolíticas de la redacción de los periódicos, y en las cuartillas de un metro que cortaban del papel sobrante en la rotativa. La mitad de mi primera novela la escribí en ese papel en las madrugadas ardientes y olorosas a miel de imprenta del periódico El Universal, de Cartagena, pero luego lo continué en el dorso de unos boletines de aduana que estaban impresos en un papel áspero y de mucho cuerpo. Ese fue el primer error: desde entonces, sólo puedo escribir en un papel como ese: blanco, áspero y de 36 gramos. Después tuve la desdicha de conocer una máquina eléctrica que no sólo era más fluida, sino que parecía ayudarme a pensar; ya no pude usar nunca más una máquina convencional.
El tiempo agravó las cosas: ahora sólo puedo escribir en máquina eléctrica, siempre de la misma marca, con el tipo de la misma medida, y sin un solo tropiezo, porque hasta el mínimo error de mecanografía me duele en el alma como un error de creación. No es raro, pues, que el único cuadro que tengo frente al escritorio donde escribo sea el afiche de una máquina de escribir destrozada por un camión en medio de la carretera. ¡Qué dicha!
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 1982

García Márquez / ¿Qué libro estás leyendo?

Marcel Proust


¿Qué libro estás leyendo?



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
20 JUL 1983



Hay una pregunta muy frecuente entre escritores: ¿qué estás leyendo? Primero, porque es raro que un escritor le pregunte a otro qué está escribiendo, y segundo, porque se supone que el escritor, por una necesidad propia del oficio, debe estar siempre leyendo algún libro que merece ser recomendado. La respuesta es casi siempre evasiva, porque a partir de una cierta edad uno no sabe muy bien qué libro está leyendo a ciencia cierta, ofuscado un poco por la sensación desoladora de que todo lo que valía la pena ya fue leído en otro tiempo, y las horas que antes se dedicaban a la lectura se nos van ahora en picotear por aquí y por allá, con la esperanza de encontrarse por fin con una nueva e intempestiva revelación. Se ha dicho mucho -y se ha dicho bien- que el hábito de la lectura se adquiere muy joven o no se adquiere nunca. También se dice, quién sabe con cuánta razón, que es necesario inculcárselo a los niños. Parece más probable que se adquiera por contagio: en general, los hijos de buenos lectores suelen serlo también. De modo que el hábito de leer suele ser de la familia entera, Algo semejante ocurre con el gusto por la música. Sólo que en ambos casos la presión de los adultos puede tener efectos contrarios: la aversión a la lectura y a la música. Alguna vez le oí decir a un gran profesor de música que a los niños no se les debía forzar a aprender el piano con aquellas prácticas cotidianas que de veras parecían sesiones de tortura. Su fórmula era más humana: hay que tener el piano en la casa para que los niños jueguen con él.
Parece que los poetas son los lectores más ávidos y perseverantes. De los novelistas, en cambio, se dice que sólo leen para saber cómo están escritas las novelas de los otros escritores, y descubrir en ellas hasta los tornillos más ocultos del oficio. Algo así como desmontar todas las piezas de un reloj para descubrir cómo está hecho y armarlo de nuevo, de manera que los otros no tengan secretos artesanales que uno no esté en condiciones de aprovechar. Sin embargo, tanto los poetas como los novelistas, como quizá todos los lectores habituales, se encuentran de pronto en una esquina de la vida en que ya no hallan nada nuevo que leer, y optan por lo más frecuente, que es leer de nuevo sus libros favoritos de siempre, rendidos ante la evidencia de que ya no se escriben libros como los de antes. Es entonces cuando surge la pregunta desoladora: ¿que estás leyendo? Y no es raro que le contesten: nada.
En primer término, como todos los hábitos, también el de la lectura se extingue. Pero tal vez no sea por cansancio ni porque llegue a su término el interés por la literatura. La razón podría ser más simple. En los primeros años, cuando acabamos de contraer el sarampión de la lectura, uno tiene a su disposición para leer, en el orden que quiera y a la hora que pueda, una cantidad incalculable de libros escritos en 10.000 años. Puede empezarse por casualidad: un ejemplar descuadernado de Las mil y una noches que se descubre por puro azar, entre muchos trastos viejos y papeles de archivo, dentro de un baúl olvidado. Pero si hubiera que empezar en orden -después de los cuentos infantiles y la media tonelada de historietas gráficas-, el libro más aconsejable sería la Biblia. En nuestros tiempos jóvenes había el inconveniente grave de la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Varela, cuyo lenguaje era el mismo del viejo Padrenuestro, y la partición incansable en versículos numerados que más bien parecían versos mal medidos y peor rimados.
Más tarde, cuando uno lee la inolvidable trilogía de Thomas Mann -El Joven José, José y sus hermanos y José en Egipto-, uno se pregunta por qué toda la Biblia no está escrita así, como un relato intenso de doscientos tomos, cuya lectura podría durar toda la vida. Otro obstáculo serio era que nuestros muy católicos abuelos -nos inculcaban el pavor metafisico de la que ellos llamaban la Biblia protestante -que es la que se encuentra en la mesa de noche de casi todos los hoteles del mundo, con la intención inequívoca de que el huésped se la robe-, y trataban de meternos a la fuerza por el mal camino de la Biblia católica comentada, en la cual las cosas no debían decir lo que en realidad querían decir, sino otra muy diferente, ordenada por el comentarista marginal, cuyas notas eran más largas que el texto mismo. Era así como el hermoso y cachondo Cantar de los cantares no debía leerse como lo que es, sino como una metáfora lunática del matrimonio de Cristo con la Iglesia. Dentro de ese orden pueril, uno se preguntaba qué diablos quería decir entonces aquel verso apasionado: "Hay miel y leche debajo de tu lengua, hermana".
Sólo para leer los libros indispensables se le iría a uno la mitad de la vida. Pero la otra mitad se le iría en preguntar lo mismo: ¿qué estás leyendo? Y la única respuesta de alguien que ha sido un buen lector tal vez sea siempre la misma: ya no leo, releo. El poeta Álvaro Mutis hace cada cierto tiempo lo que él llama "los festivales Proust" que consisten en una relectura de páginas selectas del gran novelista francés, y hace unos tres años se volvió a despachar, casi sin un respiro, las novelas completas de Balzac. Más vale no hacerle nunca la pregunta consabida, porque se corre el riesgo de ser mandado a releer todo Conrad. En cambio, al viejo maestro catalán don Ramon Vinyes le preguntaba uno qué debía leer, y la respuesta estaba casi siempre condicionada por el estado de su humor, pero cuando éste era el mejor, contestaba sin vacilar: "Lo más seguro en estos tiempos es no leer nada".

El gran peligro de la relectura es la desilusión. Autores que nos deslumbraron en su momento podrían -y casi siempre pueden- resultar insoportables. Es algo como lo que sucede con la novia de colegio, siempre que uno no haya tenido la precaución de casarse con ella y envejecer con ella, intercambiando arrugas y virtudes. Como lector, en mi caso, hay pasiones juveniles que han sobrevivido a todo, y los tres más importantes son Herman Melville, Robert Luis Stevenson y Alejandro Dumas. En cambio, el maestro William Faulkner, sin cuyas lecciones escritas tal vez no hubiera aprendido los mejores recursos del oficio, no me parece fácil de leer en estos tiempos. En cierto modo, lo había previsto. Hacia 1949, le solté a don Ramón Vinyes mi temor de que Faulkner no fuera sino un retórico que años después resultara insoportable, y el viejo sabio contestó con una frase que hoy me parece mucho más enigmática que entonces: "No te preocupes, que si Faulkner estuviera aquí, estaría sentado en esta mesa".


Hay, sin duda, un factor contra el hábito de la lectura, y es que los últimos libreros bien orientados y buenos orientadores se murieron hace tiempo, y las librerías son cada vez menos lugares de tertulias vespertinas. Uno tenía su librero personal, como tenía su médico de familia y su cepillo de dientes. Ese librero profesional, que atendía en persona su negocio como el dentista atendía su gabinete, sabía con sólo leer los catálogos qué libros le interesaban a cada uno de sus clientes, y muy pocas veces se equivocaba. De modo que uno llegaba a la tertulia de las seis y encontraba ya reservado un paquete de novedades que alcanzaban para un mes de trasnochos placenteros. Hoy, las librerías son grandes y vistosos mercados de libros de actualidad, fabricados a propósito para vender de un solo golpe y leerlos para pasar el tiempo y tirarlos después en el cajón de la basura. Hasta el placer de la relectura es difícil, porque uno va a la librería a comprar un libro que se conoció hace dos años, y nadie le da razón de él. Así es: si hay un lugar donde se aprecia cuánto ha cambiado el mundo no es una base de lanzamiento de satélites espaciales, sino en la librería de la esquina. Si es que todavía existe. Con razón, un excelente escritor contemporáneo y activo, a quien le preguntaron por teléfono, la semana pasada, qué libro estaba leyendo, contestó sin pensarlo dos veces: "Ya no leo sino la revista Time".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de julio de 1983